La obra se inscribe en el universo singular de Nothomb, una de las voces más reconocibles de la literatura europea contemporánea. Escritora belga nacida en Japón, marcada por una infancia errante y por una relación problemática con el cuerpo, el lenguaje y las estructuras de poder, Nothomb ha construido una trayectoria literaria atravesada por la ironía, la concisión y una ética narrativa que emerge, casi siempre, desde la incomodidad. Su escritura, de apariencia ligera y filo constante, convierte lo extraño en herramienta de pensamiento y la autoficción en un espacio de interrogación moral.
Esa poética de la brevedad y la intensidad encuentra en Una forma de vida (2010) una de sus expresiones más nítidas. La novela —y ahora la obra teatral— adopta la forma de un intercambio epistolar entre la propia Nothomb, convertida en personaje, y Melvin Mapple, un soldado estadounidense destinado en la guerra de Irak. A través de cartas, se construye una relación sin contacto físico, sostenida únicamente por la palabra, donde la identidad se vuelve maleable y el relato comienza a erosionar la frontera entre lo verdadero y lo ficticio.
La adaptación escénica explota precisamente ese territorio inestable. ¿Dónde termina la realidad cuando el cuerpo no media en la relación? ¿En qué momento la ficción comienza a socavar la veracidad del relato? La propuesta sitúa al espectador en un espacio dominado por la palabra, por el “cuento” del soldado Melvin, que —a la manera de una Sherezade contemporánea— seduce, fascina y confronta con el exceso. Frente a él, emerge una Amélie ambigua y escurridiza, atrapada en su impulso compulsivo de responder a cada lector, desgranando una identidad líquida que se construye y se deshace en la correspondencia.
El detonante del vínculo es una frase tan simple como devastadora: «Deseo existir para usted». A partir de ahí, la autora se adentra en el universo de Melvin Mapple, quien le confiesa la relación extrema que mantiene con su propio cuerpo. En Irak, como antes en Vietnam, la guerra genera sus propias adicciones. Si en una contienda fue el opio, en esta lo fue la comida: la obesidad llegó a ser considerada la enfermedad del conflicto. Melvin ha engordado cien kilos desde su llegada a Bagdad y cada noche, tras regresar del campo de batalla, intenta llenar un vacío interior devorando cantidades ingentes de comida basura. Su cuerpo se convierte en un acto de resistencia y, al mismo tiempo, en su obra personal: su creación es su propia grasa.
En este punto, el cuerpo se erige como el gran protagonista de una relación que nunca se materializa físicamente. La corporalidad monstruosa de Melvin, siempre narrada y nunca vista, introduce una dimensión casi fantasmática que remite a una relectura singular del mito de Frankenstein. La obra plantea un juego de espejos, una mise en abîme donde escritura y carne, realidad y ficción, deseo y muerte se reflejan y se contaminan mutuamente. El cuerpo aparece como territorio político, pero también como espacio de sentido, como último refugio frente al absurdo de la existencia.
La adaptación de Stoffel y Ceacero no busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir grietas. A través de la ironía, el autocastigo, la obsesión y la huida de uno mismo, el personaje de Amélie se convierte a la vez en narradora, relato y creadora. La escena se transforma así en un laboratorio donde se expone la naturaleza del proceso creativo y la necesidad —a menudo desesperada— de una misión, de una mirada ajena que legitime la propia existencia.
Una forma de vida llega a La Abadía como una propuesta que apela tanto a la inteligencia como a la incomodidad del espectador. Un diálogo sobre el cuerpo y la palabra, sobre la ficción como refugio y como trampa, y sobre la monstruosidad íntima que todos habitamos cuando necesitamos, por encima de todo, ser vistos.









