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La exposición “Manuel Mendive: Con el nuevo día el sol brilla y nos guía” pone en valor la obra del genial pintor cubano

Manuel Mendive (La Habana, 1944), ha construido a lo largo de seis décadas una obra en la que la pintura dialoga sin concesiones con la escultura, la máscara y la acción pública. Su obra funciona como un dispositivo ritual que invoca genealogías africanas, restituye memorias y despliega en el espacio público una estética profundamente ligada a la vida cotidiana de su isla natal. Esta exposición explora el compromiso continuo de Mendive con la espiritualidad, la cosmología yoruba y la relación humana con la naturaleza y lo divino con obras creadas entre 2023 y 2025, junto con una selección curada de importantes piezas anteriores. Su nueva obra, llena de color luminoso, figuras y gestos simbólicos, y una narrativa poética, refleja una meditación personal y universal sobre la renovación, la guía y la sabiduría. “Manuel Mendive: Con el nuevo día el sol brilla y nos guía” podrá apreciarse hasta el 30 de agosto en la galería Latin Art Core, en Miami, Estados Unidos.

Manuel Mendive se formó en la Academia San Alejandro durante los años sesenta. Heredó de la enseñanza formal la disciplina del dibujo y la talla, pero pronto orientó esas herramientas hacia un proyecto personal que buscaba recuperar y poner en primer plano las cosmologías africanas que estructuran la vida religiosa y simbólica en Cuba. Lejos de apropiarse de motivos tradicionales como ornamento exótico, su obra incorpora la Santería —la Regla de Ocha— como matriz conceptual: orishas, patakis y rituales no son sólo motivos pictóricos, sino estructuras narrativas que articulan sentido y experiencia.

Esa condición híbrida —entre lo sacro y lo plástico— se aprecia en la materialidad de sus piezas. Mendive trabaja la superficie como si fuera un terreno vivo: inserta arena, plumas, fibras, pelo humano, maderas talladas y restos orgánicos para convertir la pintura en un objeto que remite simultáneamente al altar, al relicario y a la escultura primitiva. La textura deja de ser un recurso pictórico para devenir vehículo de presencia; la incisión, el collage y el relieve introducen una corporalidad táctil que obliga al espectador a aproximarse con otra actitud, más próxima al ritual que a la mera contemplación estética.

Formalmente, su paleta responde a una economía de contrastes: colores intensos que remiten al trópico —ocres, rojos, azules densos— se combinan con áreas de silencio matérico, con planos trabajados por la herramienta y la quemadura. En su obra temprana predominan composiciones densas, casi claustrofóbicas, donde la figura emerge como ensoñación mítica; con el tiempo, su lenguaje evolucionó hacia una mayor apertura gestual y hacia la integración de la acción performativa como parte inseparable de la obra. Así, una pintura puede prolongarse fuera del taller en una procesión, en una ceremonia urbana, en una acción donde la música, la danza y la comunidad activan lo construido.

El subtexto espiritual de Mendive no es simple alegoría. En sus obras, lo sagrado funciona como forma de conocimiento y como estrategia de resistencia simbólica. Las cosmologías yoruba, lejos de presentarse como patrimonio folclórico, se vuelven mapas de identidad frente a la marginalización y los silencios de la historia oficial. El agua, la tierra, las raíces y las constelaciones de los cuerpos aparecen como interlocutores: no son fondos, sino agentes que dialogan con el pintor y con el público. La restitución de voces ancestrales es tanto un gesto estético como una ética de memoria.

Ese puente entre lo íntimo y lo colectivo explica la potente dimensión pública de su obra. Mendive ha convertido muchas de sus piezas en acontecimiento: procesiones que ocupan plazas, intervenciones callejeras y performances donde el espectador deja de ser un receptor pasivo para transformarse en testigo o en partícipe. Estas acciones no son meras escenificaciones; son, en su lógica, actos litúrgicos que buscan reconstruir vínculos sociales erosionados por el olvido y la violencia histórica. La ciudad, en sus propuestas, se erige en templo improvisado.

El reconocimiento institucional y crítico que ha recibido Mendive en Cuba y en el extranjero no ha borrado la raíz performativa y comunitaria de su trabajo. Retrospectivas que reúnen pintura, escultura, máscara y documentación de acciones públicas han servido para evidenciar la coherencia de una trayectoria que articula tradición y modernidad. Su presencia en colecciones y exposiciones internacionales confirma que, más allá de la crítica identitaria, existe una valoración estética de la manera en que su obra rehace los límites del campo plástico.

No obstante, hablar de Mendive exige evitar dos tentaciones: exoticizar su iconografía y reducir su obra a un mero objeto de antropología visual. La fuerza de su práctica reside en que transforma motivos religiosos en problemas estéticos y políticos; cada orisha pintado es también una pregunta sobre la pertenencia, la historia y la posibilidad de supervivencia cultural. De ahí que su trabajo sea, igualmente, una reflexión sobre el acto creador: la pintura como ofrenda, la forma como pacto con la comunidad.

En términos de evolución, Mendive ha sabido conservar un núcleo ritual que atraviesa toda su producción mientras experimenta con soportes y formatos. Del lienzo al relieve, de la máscara al performance, su obra se ha ido complejizando sin perder la intensidad simbólica de sus comienzos. Esa continuidad le ha permitido ser contemporáneo sin renunciar a la genealogía que lo nutre: la técnica académica y la poética popular conviven en sus piezas como dos caras de una misma moneda.

Hoy, al mirar su trayectoria desde la distancia, se percibe a un artista que ha hecho de la pintura un umbral entre lo humano y lo ancestral. Su obra reclama una forma de lectura que combine el ojo crítico con la disposición a ser convocado: no se trata solo de ver, sino de escuchar y de participar. En la Cuba de Mendive, el arte no es escapatoria ni exotismo; es un modo de restituir sentidos, de convocar memorias y de reafirmar la presencia de una cultura que resistió intentos de borrado.

Manuel Mendive ha hecho de su práctica un proyecto de restitución y de celebración. Que su obra sobreviva en museos y en plazas —en el formato estable y en el gesto efímero— es prueba de que la pintura, cuando se piensa como rito, puede convertirse en herramienta de supervivencia colectiva. Y esa, quizá, es la mayor lección que ofrece su larga trayectoria: el arte como puente entre tiempos, voces y formas de vida.

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