Marina de Tavira es una de las actrices más sólidas y respetadas de la escena contemporánea mexicana, con una trayectoria marcada por el rigor teatral, la densidad ética de sus elecciones artísticas y una proyección internacional construida sin estridencias.
Formada principalmente en el teatro, de Tavira ha desarrollado una carrera profundamente ligada a la escena, donde ha trabajado de manera continuada como actriz, directora y productora. Es miembro fundadora de Incidente Teatro, compañía desde la que ha impulsado proyectos escénicos de fuerte calado político y literario, apostando por textos complejos y miradas críticas sobre la realidad social.
Su salto definitivo al reconocimiento internacional llegó con el cine. En 2018 fue nominada al Óscar a Mejor Actriz de Reparto por su interpretación en Roma, de Alfonso Cuarón, convirtiéndose en una de las pocas actrices mexicanas en alcanzar esa distinción. El papel consolidó su presencia en el panorama audiovisual global sin desplazar su compromiso con el teatro, que sigue siendo el eje vertebrador de su carrera.
En televisión ha participado en series de prestigio como Narcos: México y La Ingobernable, ampliando su registro interpretativo y su alcance internacional.
En los últimos años, Marina de Tavira ha reafirmado su perfil como intérprete comprometida, interesada en proyectos donde el arte funciona como espacio de pensamiento, memoria y resistencia. Su trabajo con Antígona González confirma una línea coherente: un teatro que no busca consolar, sino interpelar.
¿Cómo se desarrollaron tus inicios en el mundo de las artes escénicas?
Creo que desde la primera vez que vi teatro —a muy temprana edad— me enamoré profundamente de ese fenómeno y supe que quería dedicarme a ello. Crecí muy cerca del mundo del teatro y, desde que tomé la decisión de estudiarlo, no he dejado de hacerlo.
Esta es la primera vez que traigo un trabajo a España, y eso me emociona mucho. Mis raíces nacen aquí: tengo familia española que, de algún modo, migró a México. Así que venir a España y presentar esta obra en particular —de la que ahora hablaremos— es algo muy importante para mí, porque es una historia que necesitaba contar fuera de mi país. Es un momento muy especial.
Recientemente has estrenado la obra Antígona Gonzáles en Contemporánea Condeduque de Madrid. ¿Cómo se gestó dicho proyecto?
Es un texto de la poeta mexicana Sara Uribe. Se trata de un poema escénico basado en la figura mítica de Antígona, reinterpretada desde una perspectiva social profundamente vinculada a lo que yo llamaría una tragedia nacional en México: la desaparición forzada.
Antígona es ese personaje que quiere enterrar a su hermano y que, ante la prohibición del Estado —que lo considera un enemigo— decide hacerlo igualmente porque encuentra en ese acto un valor ético irrenunciable. Al colocar a Antígona en un país que vive una crisis de cuerpos que no pueden ser sepultados, de miles de familias que buscan a sus seres queridos sin poder enterrarlos, la figura adquiere una relevancia brutal. Es una reinterpretación dolorosísima, pero absolutamente urgente.
El texto de Sara Uribe articula distintas voces de las Antígonas que se han escrito a lo largo de la historia, sobre todo en Latinoamérica, pero también en España y, por supuesto, en la tradición griega de Sófocles. A ello se suman testimonios reales de personas que buscan a sus familiares desaparecidos. El resultado es un poema concebido para ser representado: una polifonía donde conviven las Antígonas y las voces de las familias.
¿Qué hay de ti en Antígona y qué hay de Antígona en ti?
Antígona es un personaje que me obsesiona desde antes de entrar a la carrera de teatro. La leí en la preparatoria y me enamoré profundamente de ella. En el texto original es una mujer muy joven, casi una niña, que se levanta contra lo que considera injusto y que, aun sabiendo las consecuencias —la muerte—, no puede dejar de actuar. Para mí es el personaje ético por excelencia: frente a la injusticia, no puede no hacer nada.
Además, es uno de los personajes más reescritos de la historia de la literatura universal. Probablemente el que más versiones tiene. En España, por ejemplo, están la Antígona de María Zambrano o la de José Bergamín. Hay muchísimas más.
Durante años quise hacer una Antígona. Pensé mucho en el personaje hasta que llegó a mis manos el texto de Sara Uribe. Ahí me encontré con la Antígona mexicana, la más dolorosamente mexicana posible, y supe que esa era la que tenía que hacer.
Fue un recorrido vital que empezó en la adolescencia, leyendo a Sófocles, pasando por Antígonas europeas y, finalmente, descubriendo a las latinoamericanas, que tienen otra urgencia que decir, ligada a la problemática de nuestro continente. Todo ese trayecto confluyó en esta obra: mi amor por el personaje y mi necesidad de hablar de una crisis que vivimos en México, en Latinoamérica y, diría, en el mundo.
¿Cómo ha sido el trabajo con tu hermana Cecilia y con el equipo en general en la obra? ¿Cómo habéis construido la metáfora del bordado como un potente elemento simbólico que vertebra el montaje?
El bordado surgió de manera muy orgánica. Durante la investigación descubrimos que muchas personas buscadoras, sobre todo mujeres, se reúnen a bordar como una forma de expresión colectiva: para hablar, para dejar testimonio, para escribir nombres y mensajes de quienes están buscando. Es una práctica vinculada históricamente a los cuidados y al trabajo femenino.
Cuando pensamos cómo acompañar escénicamente este poema —que no da demasiadas indicaciones de puesta en escena—, el bordado apareció como un lenguaje que decía mucho, que dialogaba con el proceso de duelo y búsqueda.
Mi hermana Cecilia es artista bordadora y ha investigado profundamente el significado del bordado en la vida de quienes lo practican. Mientras buscábamos el sentido plástico del montaje, pensé en ella de inmediato.
Has abordado en ciertas ocasiones el hecho de que el arte debe apelar a lo humano, quizás debe atravesar, un poco, al sentido político. ¿Crees que el artista tiene hoy una responsabilidad ética más allá de la interpretación?
Sin duda. Para mí, la interpretación y las artes en general son un medio, no un fin. No concibo la actuación como un objetivo en sí mismo, sino como un vehículo para comunicar algo más grande, para generar un pensamiento colectivo, para mover conciencias, aunque sea desde un gesto pequeño.
El teatro tiene la capacidad de hacernos pensar, de volvernos un poco más empáticos, de llevarnos a nuestra vida cotidiana con otra mirada y quizá con la voluntad de aportar algo, por mínimo que sea, a un mundo más justo.
Tu obra aborda problemáticas locales con resonancia universal. Como mujer, ¿desde dónde denuncias?
En Antígona González el hecho de que sea una mujer es clave. Los colectivos de búsqueda están formados mayoritariamente por mujeres que no se cansan, que llegan hasta las últimas consecuencias para encontrar a quienes aman. Desde Sófocles, Antígona es la única figura femenina que se enfrenta directamente al sistema. Hoy, las personas buscadoras también se enfrentan al sistema, porque este no las reconoce ni las acompaña. Hay un paralelismo muy fuerte ahí.
Y en este punto juega un papel crucial el miedo.
Totalmente.
¿Cómo ves el teatro que se hace hoy en México y Latinoamérica respecto a Europa?
Estoy mucho más en contacto con el teatro latinoamericano, especialmente el mexicano, y creo que es un panorama vastísimo, muy potente. México es una capital teatral importante, y actualmente hay muchas puestas en escena que están intentando que el teatro sea portavoz del dolor que vivimos, especialmente en torno a la violencia y las desapariciones. Para mí, el teatro es un espacio de denuncia, sin duda.
Eres fundadora de Incidente Teatro, una productora de teatro independiente profesional en México. ¿Qué significa para ti generar tus propios espacios de creación frente a las instituciones públicas?
Incidente Teatro ha sido el vehículo que me ha permitido llevar a escena los textos que considero urgentes, necesarios, aquellos con los que me identifico. Muchas veces trabajamos de la mano de instituciones públicas, pero la independencia para elegir qué decir ha sido fundamental. Para mí, el camino en el teatro empieza siempre por el “qué”: ¿qué quiero decir?, ¿cómo?, ¿con quién? Normalmente parto del texto dramático, y es el texto el que me va mostrando el camino.
¿Qué es para Marina de Tavira el éxito?
Una de las raíces etimológicas de “éxito” tiene que ver con entregar el mensaje. Para mí, eso es lo esencial: que aquello que necesitas decir encuentre su forma, su camino y sus interlocutores.
¿Qué consejo darías a las nuevas generaciones de artistas?
Que busquen qué es lo que quieren decir. Que entiendan que la actuación, el teatro, el cine o la literatura son medios para algo más. Si el fin es solo la actuación, se vuelve algo narcisista y termina vaciándose de sentido porque ahí hay algo se pervierte, se aliena y ya no encuentra salida. Hay que ir más allá de uno mismo. No hablo del mensaje como moraleja de la vida, sino como necesidad:¿ qué quieres transmitir? ¿por qué actúas? y ¿para qué?
¿Cómo ves la relación entre teatro y nuevas tecnologías como la IA?
Todavía no lo entiendo del todo, lo confieso. Quizá por eso hago teatro: es un lenguaje ancestral que puede escapar a todo eso. Para sobrevivir, el teatro tiene que seguir siendo lo que es: presencia viva entre quienes lo hacen y quienes lo atestiguan. Es decir, para que sobreviva y para que siga siendo el mismo, tiene que no ser parte de esas nuevas formas de comunicación. Nada puede sustituir eso.
Y por eso no puede cambiar, no puede morir, porque nada lo puede sustituir, porque requiere de eso necesariamente para ser sí mismo.
¿En qué nuevos proyectos estás enfrascada de cara al futuro?
Tengo varios proyectos teatrales en mi ciudad. Voy a reestrenar dos obras que presenté el año pasado. Una es Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, que retomaré en Ciudad de México. También trabajo en La niña en el altar, de la dramaturga irlandesa Marina Carr, vinculada a La Orestíada, retomando nuevamente a los griegos para hablar de la guerra y el presente. Y, por último, quiero agradecer a Contemporánea Condeduque, de la mano de se director Jorge Volpi, por darnos la oportunidad de presentar nuestro trabajo en Madrid. Estamos muy felices de poder traer esta obra a la ciudad y ojalá quienes se sientan convocados puedan acompañarnos en próximas funciones.









