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Relic, de Eurípides Laskaridis, la pieza escénica que caricaturiza y resignifica la propia escena.

Los próximos días 1 y 2 de febrero Conde Duque ofrece RELIC, dirigida, escrita y protagonizada por Eurípides Laskaridis; La exploración de la ridiculez humana en Laskaridis coge elementos prestados del burlesque y el cabaret, pero no se decanta por ser ninguno de los dos.

En una habitación atiborrada de objetos cotidianos inútiles, donde un busto escultórico cumple la función de váter, y los numerosos cables conducen a luces y lámparas que, obstinadamente, son encendidas y apagadas, vive esta cosa. ¿Es humano o humana? ¿Es una escultura a medio terminar o es un ente orgánico de otro mundo? ¿O es una señora a la que le salió mal una operación estética? ¿Es gordo o musculado? No asusta. Tampoco da asco. Solo inquieta. En cualquiera de los casos, se tiene una única certeza: sea lo que sea, es ridículo.  Debajo de los artificios de esta criatura grotesca, de nalgas gordas y tetas flácidas, se oculta Eurípides Laskaridis, el autor y único protagonista de Relic, este unipersonal breve y contundente, a medio camino entre la oda y la crítica a la ridiculez, que fue estrenado por el ascendente creador griego en Barcelona en 2015, cuando estaba en proceso de construcción esa estética de lo grotesco que ha caracterizado todo su trabajo posterior, incluida Titans, su pieza más conocida y representativa.

La exageración marca el tono en Relic. La exploración de la ridiculez humana en Laskaridis coge elementos prestados del burlesque y el cabaret, pero no se decanta por ser ninguno de los dos. Algo de clown, desde luego, también hay, pero no en el sentido del payaso tradicional y convencional sino en una especie de deformación monstruosa del modelo conocido. Hay alusiones, claras y directas, a las problemáticas de género e identidad, y también guiños al travestismo con esos tacones desestabilizadores. En este contexto inclasificable, hay lugar también para la transformación, el otro tema que ha demostrado ser obsesión de este creador, que ha elaborado un imaginario propio que nada tiene que ver con el universo estético de calculada belleza homo-erótica de Dimitris Papaioannou, famoso coreógrafo griego para quien Laskaridis bailó durante un tiempo. 

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En este sentido, asistimos a varias transformaciones del grotesco personaje que, en no pocas ocasiones, se disfraza sobre el disfraz que quiere vendernos como su auténtico yo, transmutándose así en señorona burguesa de collar de perlas, galerista engreído o rockero bigotudo.

Todo es delirante y desconcertante en el universo Laskaridis. Nada parece estar en su sitio ni cumplir una función, como ese famélico árbol de Navidad sin adornos que destaca triste entre los cachivaches que pueblan el escenario. No obstante, al final de la peripecia, descubrimos finalmente al humano que hay debajo de toda esta carne de atrezzo. Entonces, sorprendidos, entendemos que desde el inicio ha estado hablando de nosotros, de lo que somos, de cómo nos comportamos…

 

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Patricia Donn explora nuevos lenguajes del flamenco en ‘A cuerda y tacón’

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Conciencia Afro celebra diez años de reivindicación cultural bajo el lema ‘El futuro es afro’

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Jan Martens y los límites de la perfección

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La distancia respecto de ‘Bailar’ , su trabajo anterior, ayuda a entender el nuevo punto de partida. Allí había una dramaturgia más explícita, atravesada por la inmigración, el desplazamiento y los sacrificios asociados a una vida dedicada a la danza. En ‘Quitar lo superfluo’ , en cambio, Matías retira buena parte de ese andamiaje y deja que el propio flamenco ocupe el centro. «Quiero bailar, quieren cantar, quieren tocar». La frase resume una decisión artística: no imponer un relato previo, no cerrar el sentido antes de que empiece la función, permitir que la escena produzca sus propias asociaciones y que el público encuentre las suyas.
En conversación con Urban Beat, el bailaor habla de la tradición sin nostalgia, del duende como una aparición que no se puede fabricar pero sí propiciar, del trabajo como disciplina y de los premios como estímulos que nunca deberían confundirse con una medida definitiva del valor. Pero la noción de lo superfluo termina saliendo del escenario y entrando en la vida. Matías la relaciona con las inseguridades, con el ruido exterior, con aquello a lo que concedemos una importancia desproporcionada mientras olvidamos que el tiempo se agota. Ahí, la idea que da título al espectáculo adquiere su sentido más amplio: quitar lo que distrae para volver a mirar lo esencial.

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Durante más de dos décadas Nito Serrano ha ido forjando su trabajo artesano como músico de sesión y de gira, productor y arreglista junto a artistas nacionales e internacionales, además de recorrer escenarios de distintos países. Después de desarrollar esas facetas, decidió regresar a una inquietud presente desde sus comienzos: componer su propia música. De ahí nació Lapurasangre, un proyecto que empezó a tomar forma en México durante una gira de 2019 en la que Serrano abrió los conciertos de Marwán.
Su primera materialización fue ‘Salvaje’, publicada en 2021, una propuesta musical y literaria que encontró en el folclore americano un territorio fértil. Sus canciones recorren una geografía sonora que se extiende desde el sur de Estados Unidos hasta Argentina, con ecos de México, los Andes y el Caribe. Ese desplazamiento no funciona como catálogo de estilos, sino como una manera de entender la raíz desde el intercambio y la transformación.
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‘CAUTÍN’: cartografía de un territorio disputado

Un río puede ser muchas cosas a la vez: cauce, frontera, archivo, territorio disputado o espacio sagrado. En la cosmovisión mapuche, además, el agua no existe separada de la tierra ni de quienes la habitan. Esa condición múltiple vertebra ‘CAUTÍN’, la primera exposición individual en Europa de Seba Calfuqueo, que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y la Fundación TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary presentan como resultado de más de dos años de investigación artística y documental. La muestra podrá visitarse del 6 de octubre de 2026 al 17 de enero de 2027.

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