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Versonautas: “Por mucho que la tecnología avance seguiremos siendo seres frágiles y vulnerables con ganas de estar ante algo bellamente imperfecto que nos emocione”

Versonautas no es simplemente un grupo musical, ni un dúo poético, ni un proyecto escénico. Es una criatura liminal, nacida del cruce entre disciplinas y alimentada por la voluntad de convertir el arte en experiencia transformadora. Su vocación artística se sitúa en los márgenes de lo establecido, en una zona de riesgo y de apertura constante a la exploración. Ana Sanahuja (compositora, pianista y performer) y Roqui Albero (trompetista, rapsoda y compositor) —fundadores y núcleo creativo de Versonautas— entienden el arte como una forma de viaje, de desplazamiento sensorial e intelectual, y de comunión con lo esencial.
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Su impulso no parte del deseo de entretener ni de lucimiento técnico, sino de una urgencia poética. La vocación de Versonautas es chamánica: invocan, transmutan, convocan. Son médiums de una experiencia que trasciende lo escénico. Su arte es un acto de resistencia al vértigo del mundo contemporáneo, a la velocidad sin alma, a la saturación de estímulos. Es un intento, profundamente político en el sentido más amplio y humano, de recuperar el tiempo, de redescubrir la escucha, de devolverle a la palabra y al sonido su capacidad de tocar lo invisible.

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El concepto de Versonautas se sostiene sobre una síntesis que podría parecer paradójica: la fusión entre la palabra y la música no para que una ilustre a la otra, sino para que ambas se erosionen, se contaminen, se fecunden mutuamente. No se trata de poemas recitados con acompañamiento, ni de canciones con letras líricas. Es un “spoken song”, una suerte de canto hablado donde el ritmo, el timbre, la prosodia, el silencio y la repetición funcionan como vectores sonoros que crean texturas más que discursos cerrados.

Musicalmente, el grupo se mueve entre la electrónica minimalista, el jazz libre, la canción contemporánea, el ambient, e incluso ciertos impulsos de la música sacra o ritual. El piano no siempre acompaña: a veces golpea, a veces suspende, a veces respira. La trompeta no imita melodías reconocibles: se convierte en voz, en grito, en sombra. La electrónica no busca saturar, sino expandir los márgenes del sonido, sostener el espacio donde la palabra se vuelve eco o mantra.

Los textos —escritos o seleccionados por ellos— no son mensajes directos sino atmósferas semánticas. Apelan a lo emocional y lo intuitivo más que a la lógica del discurso. Hay algo hipnótico en la estructura de sus piezas, que tienden a la circularidad, a la acumulación sutil, al crescendo emocional que no siempre culmina en un clímax tradicional, sino en una especie de catarsis introspectiva.

El mensaje de Versonautas no se predica, se encarna. Y si hay un eje que atraviesa su propuesta es la reivindicación de la lentitud como forma de resistencia. En un mundo que premia la velocidad, la productividad y la eficacia, su música-poesía invita a la suspensión, a la espera, al detenimiento. No desde la nostalgia, sino desde la necesidad de repensar nuestras formas de habitar el presente.

Sus obras invitan al público a entrar en un estado de percepción expandida, donde lo mínimo adquiere un peso específico inusitado: un susurro puede valer más que una frase cerrada; una pausa más que un solo. Esa ética estética se convierte, sin proclamas, en un posicionamiento político: lo que importa no es gritar más fuerte, sino decir desde un lugar auténtico. Y ese lugar suele ser vulnerable, íntimo, abierto.

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El mensaje de Versonautas es también un canto a la escucha: no solo como acto físico, sino como disposición vital. Escuchar al otro, al mundo, al silencio. Escuchar el dolor que subyace a lo cotidiano, la belleza inadvertida de lo aparentemente insignificante. Es un arte que no exige comprensión inmediata, sino presencia. En ese sentido, se alinean con tradiciones filosóficas y espirituales que entienden la atención plena como forma de conocimiento y de sanación.

Versonautas no se deja encasillar porque ha nacido precisamente del deseo de habitar los intersticios. Su arte, lejos de ofrecer respuestas o fórmulas, abre preguntas, abre umbrales. En un tiempo donde la cultura tiende a la homogeneización y el consumo rápido, ellos defienden una poética del cuidado, de la lentitud, de la transformación sutil. Son más que un grupo: son un gesto, una forma de estar en el mundo, una invitación al viaje interior. Escucharlos es dejarse atravesar por lo que aún no tiene nombre. Es recordar que la palabra, cuando se dice desde el abismo, puede todavía salvar.

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Cuéntanos acerca del nacimiento de Versonautas y cómo se ha de  desarrollado vuestro proyecto innovador y vanguardista hasta el día de hoy, ¿Qué balance hacéis de todos estos años de incasable labor artística?

Versonautas nació casi por azar. Una pulsión hacia la poesía y hacia el querer entender nuestra vocación musical desde otro lugar nos fue guiando de forma intuitiva. Ambos veníamos de lugares distintos, de experiencias en ciudades como La Habana, Nueva York, Buenos Aires, Barcelona, y nos encontramos en Valencia en una encrucijada personal y artística; a partir de ahí fuimos probando, buscando, enamorados de algo todavía desconocido, todavía por nacer. Todo se fue gestando hasta que nos vimos preparados para hacer una ceremonia, ese fue el momento culminante. Esa primera ceremonia convertida en un espectáculo y en un disco se llamó Astro Azul. Fue un canto a la idea de inicio, de metamorfosis, del latido como punto de partida, de aquello que nace desde el vacío.

Después de crear dos espectáculos más, Preludio a la lentitud y Recitare Religare, además de otros proyectos y colaboraciones con el mundo del teatro, la poesía o el cine, de haber tenido el honor de actuar en salas y festivales que tanto admiramos, sentimos que ha sido un regalo adentrarnos en ese bosque desconocido, en este lenguaje que hemos ido esculpiendo, en este proyecto de vida.

¿Cómo definirías vuestro trabajo si pudieses alejaros de las etiquetas?

 Definirse entendemos que es un protocolo necesario, es un bello engaño. Sabemos que en realidad somos todos ambiguos y esa es precisamente nuestra maravilla, hay una disimilitud ante tanta similitud. Este proyecto ha ido, precisamente y de forma deliberada, hacia lo indefinible, hacia el misterio.  Somos músicos que hablan a través de su música, estamos siempre merodeando entre el teatro, la música y la poesía, pero nos nutrimos del cine, la pintura o la filosofía.

Las propuestas escénicas de Versonautas compaginan el performance poético con la música en sus distintas vertientes dentro de una puesta escénica onírica y asistir a vuestros montajes es un viaje mágico hacia muchos mundos ¿Cómo se interrelacionan los distintos elementos escénicos y cómo se construye ese viaje desde el inicio de una idea creativa hasta la culminación de un proyecto tan bien estructurado? ¿Cuál es el secreto de vuestra alquimia sonora?

Todo empieza desde una idea central, una llama que enciende todo el proceso.

Para crear nuestros espectáculos damos una presencia importante a la música que, de algún modo, es nuestra formación más profunda, pero esta siempre va de la mano de la poesía, de nuestras propias inquietudes e intuiciones, del estar en diálogo con personas que tienen esa fe en lo intangible, seres que han volcado todo su amor y belleza en nuestros trabajos, como Teresa Juan, Pablo Rosal o Ximo Rojo. Una obra es un engranaje orgánico en el que todo es vital… cada conversación, cada idea, cada estímulo, cada presencia…

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¿Cómo fue ese bautismo maravilloso de la mano del legendario Jorge Drexler que dio origen a vuestro nombre artístico: Versonautas?

 Eso viene de lejos, Roqui estuvo en dos giras con sus dos discos, tocando con Jorge Drexler y recitando poesía en sus conciertos. Fueron años maravillosos dando la vuelta a América. En uno de los conciertos hicimos el pregón del carnaval de Cádiz y él creó una dramaturgia poética en la que era el capitán de una nave que, con sus Versonautas, había aterrizado en mitad de la plaza. Al cabo de poco empezó nuestra aventura y le pedimos que nos prestara ese nombre; su respuesta fue : “Es todo vuestro, reprodúzcanse amados Versonautas!”

Hemos tenido el privilegio de asistir en CondeDuque Madrid  a vuestra última obra Preludio a la lentitud ¿Cómo fue el proceso de germinación de dicho proyecto? ¿Cuál es su vigencia en este mundo de emociones efímeras y ultra-aceleradas?

 Esta pieza se gestó durante los meses de pandemia, que pasamos en plena montaña con nuestro hijo, que en ese momento tenía solo 3 años. Veíamos como crecía y aprendía día a día, a la vez que observábamos  la evolución lenta de nuestro huerto. Ahí empezó a gestarse todo, del simple hecho de observar y ver que todo proceso profundo que se precie requiere lentitud. Esta palabra nos conecta con la parte más humana de nosotros mismos, es algo que nos inserta en una dimensión más espiritual, es dejar de estar ausentes.

Quedamos impresionados y conmovidos con la maestría de Ana Sanahuja a la hora de convertir su piano en un universo sonoro rompedor y vanguardista donde todo es posible ¿Podrías explicarnos Ana, como es el proceso creativo con tu maravilloso instrumento?

Todo empezó gracias al espacio donde nació la pieza, una floristería del barrio de Ruzafa, en Valencia, donde estrenamos Preludio a la lentitud en el Festival de otoño de artes escénicas. En dicha floristería había un piano antiguo, una reliquia de finales del siglo XIX que viajó en barco desde Nueva York a Valencia, en algún momento del siglo pasado. Cuando lo tocaba, aparte del sonido envejecido, sonaban los martillos frotándose los unos con los otros y, a la vez, todo el mecanismo iba añadiendo pequeños ruidos. De alguna manera, nos interesaba la imperfección y lo salvaje como elemento sonoro y dramático. Este piano lo abrimos totalmente y, además de su uso “convencional”, hicimos un trabajo con su arpa, interpretada con diferentes baquetas y herramientas como cepillos, filtros, hierros y escamas para crear otras texturas sonoras. Cuando la pieza salió de la floristería, reproducimos en los diferentes pianos que nos han ido acompañando, la propuesta surgida de aquella experiencia.

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¿Qué valoración hacéis de la industria musical en España? ¿A qué desafíos se enfrentan los nuevos talentos que quieren abrirse camino?

La verdad es que, por el formato de nuestros espectáculos, no nos sentimos muy dentro de la llamada industria musical. Nuestro circuito es variado y tanto actuamos en salas de teatro, como en  festivales de poesía, de artes vivas, de arte sonoro o también de música.  Preferimos pensar en que somos todos meros servidores de algo que nos trasciende, que hay que perseverar y creer, entender lo escénico como algo sagrado. En cuanto a los desafíos, nos parece que con la velocidad a la que va todo, estos son muchos y cambiantes, pero también vemos que hay cosas perennes que no deberíamos perder nunca de vista. Precisamente el cineasta Andrei Tarkovsky lo describió muy bien en su libro “Esculpir en el tiempo”. Él decía que lo más valioso en toda trayectoria artística es: “La fe en uno mismo, la disposición de servir y la falta de compromisos externos”.

En 2023 habéis obtenido el premio a la Mejor Composición Musical en el marco de los Premios de las Artes Escénicas  Valencianas ¿Qué significa para vosotros ser profetas en vuestra tierra? ¿Cómo influyen los distintos entornos culturales e idiosincrásicos en vuestras creaciones? 

Para nosotros fue una sorpresa maravillosa, dado que en nuestro proceso no hay mucha diferencia entre texto, puesta en escena y música, ya que todo se gesta a la vez; por eso, nos lo tomamos como un reconocimiento a nuestro trabajo en general. Ese mismo trabajo fue también nominado a los Premios Carles Santos como mejor disco de música contemporánea y experimental y a los Premios Max como mejor espectáculo musical. Fue un año increíble, estamos muy agradecidos por todos esos reconocimientos.

Y, tal y como dices, Valencia ha sido parte crucial en nuestra trayectoria. Aquí hemos podido siempre presentar nuestros trabajos en teatros como el TEM, el Centre del Carme Cultura Contemporánea, el IVAM, la sala Carme Teatre o el festival Sagunt a Escena, entre otros espacios. Nos sentimos queridos en una ciudad que es ya nuestra casa, Valencia fue una elección totalmente voluntaria.

En cuanto al entorno cultural, dado que ahora estamos en esta especie de aldea global en la que todo nos llega por múltiples vías, nos sentimos demasiado interpelados y afectados por lo social. A veces nos parece que estamos sumergidos en informaciones irrelevantes y que es necesario empezar a ignorar para focalizarse en lo esencial. Por ello, nos gusta tratar de buscar qué es lo que más nos acerca y nos encuentra como seres humanos.

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¿Qué ha variado desde vuestro primer disco Astro Azul hasta el actual Preludio a la lentitud? ¿Cómo se retroalimentan ambas propuestas?

 El primero fue más electrónico, con una poesía más sintética, breve. En algún tema acuñamos las ideas de versopsicodelia o spoken song, una suerte de poema hecho de frases cortas, como una canción hablada o recitada. Ya en Preludio a la lentitud, trabajamos con una novela inédita -El arte de no escaparse- de nuestro querido y admirado Pablo Rosal. En el proceso de escritura, tomamos textos que fuimos poetizando, los mezclamos con otras ideas nuestras y acabamos creando una dramaturgia poética. Al final surgió una suerte de poema único que partía de la nada, del silencio, del estar y, poco a poco, nos iba llevando por diferentes estadios.

Astro Azul fue nuestro primer espectáculo entendido este, como una ceremonia, como una idea conjunta. A raíz de este nueva manera de trabajar, siguió  Preludio su estela, pero yendo este, más lejos en lo performático y en la creación sonora.

Es muy interesante descubrir que Preludio a la Lentitud solo está disponible en formato vinilo, con un enlace digital, ¿Cómo se entiende esa maravillosa vuelta al pasado en una era híper-digitalizada?

Entendemos el disco como una pieza estética, como un objeto de valor en sí mismo. Además, ahora, con la irrupción de lo digital, con más motivo hemos decidido  lanzarnos más al acto romántico de darle ese lugar casi mitológico. Puesto a elegir, preferimos ese tamaño del vinilo, que te permite ahondar más en la belleza del diseño, en la obra de arte.

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¿Qué desafíos enfrenta el mundo de la música en el ámbito de la inteligencia artificial?

Imaginamos que los desafíos son infinitos, que viene un mundo nuevo a gran velocidad. Pero en este nuevo paradigma, queremos pensar en que lo vivo, lo físico, lo humano y lo espiritual tendrán un renacimiento. Por mucho que la tecnología avance seguiremos siendo seres frágiles y vulnerables con ganas de estar ante algo bellamente imperfecto que nos emocione. No somos, para nada tecnófobos, pero tampoco tecnófilos. Sentimos la necesidad de, ante tanto progreso, invocar un cierto regreso.

Sois muy activos en el desarrollo de proyectos educativos como: Spoken Song, Cabaret Voltaire y El banquete de las palabras, ¿Podríais darnos pinceladas de estos proyectos que integran una vertiente profesional tan necesaria en nuestros días? 

 Hemos ido creando, desde nuestros inicios, diversos proyectos educativos en los que invitamos al alumnado a interaccionar con el sonido entendido como paisaje sonoro y con la voz hablada. Además, nuestro primer espectáculo, El banquete de las palabras fue un recorrido por textos relacionados con la gastronomía. Lo presentamos con algunos chefs de Barcelona y Valencia creando una experiencia que de forma simultánea, invitaba a la audiencia a gozar de una experiencia multi sensorial.. Lo presentamos, entre otros espacios, en el IVAM de Valencia junto a La Sucursal. En lo que respecta al Cabaret Voltaire, fue una idea que tuvimos, en la que invitamos a gente de la música, la pintura, la danza y la poesía a participar en una especie de “Jam Session” de las artes. Fue una experiencia inolvidable que tuvo muy buena acogida en Valencia.

¿Cuáles son los proyectos de Versonautas para el futuro?

Justo ahora acabamos de estrenar nuestra tercera pieza: Recitare Religare. Hemos estado dos años leyendo y pensando en esta nueva propuesta escénica.

El texto es, como dice el propio título, un recitar, un volver a citar, a repetir citas. Este contiene fragmentos de grandes voces como CM. Eckhart, Simone Weill, Clarice Lispector, Jean Genet, Fyodor Tyutchev, Rilke, Novalis, San Agustín de Hipona, Giacomo Leopardi, Kathleen Raine, Farid ud-Din Attar o W. Blake, y de textos propios.

Vemos como la sociedad actual ha ido alejándose de su dimensión espiritual para entregarse plenamente a un mundo gobernado por lo palpable, por lo material. Hay una creciente adoración ciega a la tecnología y a la ciencia. De algún modo, el secularismo contemporáneo es también una religión a la que le falta el misterio. Las religiones, entendidas como fuentes de sabiduría ancestral, son poseedoras de un legado filosófico inmenso al que le estamos dando la espalda. Quizás sea a causa de las instituciones religiosas, las cuales en realidad nos han apartado de ese misterio mostrándonos, como diría Blake ya a finales del siglo XVIII: “el Dios de la ley moral que se adora en nuestros tiempos”. La palabra religión se sospecha que viene de religar, volver a unir. Y eso es lo que anhelamos, crear esa misa escénica con el saber eterno, inmutable que nos habla de lo más humano y nos inserta en la esfera de la vida, esa que contiene su lado visible así como también su lado invisible.

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Urbanbeat Julio 2024
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