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On my way: la estética choni como última barricada de autenticidad en Malasaña

La calle del Pez huele a café orgánico, a pan de masa madre y a negocio inmobiliario secuestrado por la voracidad de Airbnb. Las fachadas están cuidadosamente desconchadas —la estética de lo decadente, curada al detalle— y los portales llevan códigos numéricos como si fuesen apartamentos en Ámsterdam. El barrio ha cambiado, claro. Lo dice cualquiera. Pero Kiara no lo dice: lo encarna. Es un cuerpo incómodo en un espacio que ha sido higienizado hasta la náusea. Su andar por Malasaña no es una coreografía: es una intervención. Una performance involuntaria de memoria y disidencia.
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Kiara no tiene marca propia, pero tiene estilo. Y el estilo es más subversivo que cualquier logo. Su look es un collage vivo: trenzas que aprendió a hacerse con su prima en Santo Domingo, un pantalón Adidas rescatado de un mercadillo en Usera, una chaqueta de su primo grafitero, y un top blanco que cortó una noche de insomnio con tijeras de cocina.

—A mí nadie me viste. Yo me visto con lo que tengo. Y lo que tengo es historia.

En su cuerpo conviven la bachata y el punk, los salmos de la abuela y el trap de Tokischa. No es ni “una cosa ni la otra”: es todas a la vez. El mestizaje no como marketing, sino como supervivencia.

Y de eso se nutre  el barrio Instagram: la existencia impura, cruda, que no cabe en un reel.

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Hubo un tiempo —no tan lejano— en que ser “choni” era casi un delito estético. Llevabas gigantescos aros dorados, uñas de gel desproporcionadas, cejas tatuadas al extremo,  pantalones de vinilo, y automáticamente te caía encima la sentencia del buen gusto de los que se apropian de este concepto: “mal gusto”, “hortera”, “poligonera”. El cuerpo choni era el cuerpo de la excesiva, la vulgar, la que no pedía perdón. Y eso, claro, el sistema no lo toleraba.

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Ahora, basta darse un paseo por la Calle del Pez para ver cómo esos códigos han sido resucitados, depurados, esterilizados y vendidos en tiendas con nombres cool. Lo choni ha sido domesticado. Otra vez. Pero en el fondo, lo choni nunca se fue. Solo que no cabía en las stories con filtro beige.

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Lo que el mundo hipster nunca entendió —o prefirió no entender— es que la estética choni no era una moda, sino una estrategia de supervivencia. Era brillo frente a la invisibilidad, exceso frente al silencio, tanga asomando como bandera de territorio conquistado. Era mestizaje cultural sin teoría, sin museo. Era la estética de quienes no tenían patrimonio, pero sí cuerpo. Un cuerpo que hablaba alto y claro: estoy aquí, y me voy a hacer notar.

¿Resultado? Marginación, burla, memes clasistas. Y después, claro, apropiación. Porque lo choni tenía algo que el normcore y el minimalismo no: carácter.

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La generación Z ha destilado en su estética algo que las anteriores apenas insinuaban: la fusión irreverente de lo cómodo, lo callejero, lo no-binario y lo simbólicamente potente. El oversize no oculta el cuerpo, lo expande; ya no es solo una tendencia: es la negativa a reducirlo. El top no seduce, afirma. Las trenzas no son solo moda, son herencia, trinchera y estilo.

La generación Z no solo ha reinventado el vestir: lo ha convertido en lenguaje. Cada combinación es un código, una ironía, una denuncia o un poema visual. El chándal es el uniforme de una calle que se niega a ser convertida en parque temático.

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El recorrido continúa por la calle del Pez. Cada esquina es un collage: gorras retro, botas de plataforma, piercings como constelaciones. Kiara se detiene en una tienda de vinilos. Entra, saluda al dueño por su nombre. Su imagen disruptiva se funde con la ciudad, no la invade. Es parte del tejido urbano, Kiara es una musa involuntaria del Madrid mutante.

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En esta estética Z, la moda no redime sola. Es la actitud, la historia, la herida, la risa y la decisión lo que convierte a una chica como Kiara en símbolo. Su camino por la calle del Pez y la Plaza de la Luna no es solo un paseo: es una procesión laica de poder, belleza y desafío.

Desde la calle del Pez, Kiara baja hasta la Plaza de la Luna. A su alrededor, grupos de jóvenes racializados beben cerveza sentados en el suelo. Skaters cruzan entre runners de oficina. Una chica en plataforma rosa chicle y abrigo de peluche camina junto a un chico trans con falda escocesa y cadenas en el cuello.

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Cada cuerpo es una consigna andante. Hay un desfile de estilos imposibles: chicos con faldas plisadas y labios pintados de negro, chicas con pantalones de camuflaje y ojos delineados como si fueran estrellas del siglo XXI. Una joven lleva un abrigo peludo rosa sobre un bikini de red. Otro vende brownies cannábicos envueltos en papel de arroz. Lo urbano aquí es laboratorio, teatro y campo de batalla.

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La moda aquí no viene de escaparates sino de trayectorias vitales. Ropa reciclada, reconfigurada, reapropiada. Lo urbano se vuelve arte textil. “No tenemos dinero para grandes marcas, pero tenemos memoria. Y calle”, resume Kiara.

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La estética choni, esa que durante años fue ridiculizada desde los púlpitos del buen gusto, regresa no domesticada sino más feroz, como un espejo sucio pero honesto de una generación que no tiene herencias ni futuro, pero sí estilo, memoria y uñas largas. En un Malasaña convertido en plató de Instagram y laboratorio de la hipocresía cool, el brillo barato y el oro falso siguen diciendo más verdad que cualquier prenda de edición limitada.

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Porque lo choni no es nostalgia ni tendencia: es una respuesta visceral al desarraigo, a la precariedad, al clasismo estético que lo invade todo. Y es también una forma de mestizaje sin pedir perdón, sin pasar por filtros editoriales ni curadurías blancas.

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Mientras la ciudad se vacía de alma y se llena de apartamentos turísticos con wifi rápido y carteles feministas, los cuerpos que no encajan siguen caminando. A veces por la calle del Pez, a veces por la Plaza de la Luna, siempre con la cabeza alta y el eyeliner intacto.

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Y aunque ya no esperen redención, se visten cada día como si la rabia pudiera llevarse como se lleva un pendiente dorado XXL: con orgullo y con toda la intención de que se note. Porque si no se puede tener el barrio, al menos que no te quiten el brillo.

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Fotógrafo: Dito Oter

Modelo: Teresa Caricol

Estilista: Natalia Lasheras

Maquillaje: MUAH Diego Vitaller

Chaqueta de Urban Outfiters y de Adidas: https://www.urbanoutfitters.com/es-es/whats-new

https://www.adidas.es/mujer

Falda de Diesel:  https://es.diesel.com/es/mujer/

Zapatillas de Stradivarius:  https://www.stradivarius.com/es/mujer/accesorios-n1882

Gafas y collares de Bershka y de Bimba y Lola:

https://www.bershka.com/es/h-woman.html

https://www.bimbaylola.com/es_es/

Camiseta de la mano de Desigual:

https://www.desigual.com/es_ES/moda-mujer/

Bermudas gracias a Zara: https://www.zara.com/es/

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1 comentario en “On my way: la estética choni como última barricada de autenticidad en Malasaña”

  1. La estetica Choni no tiene nada que ver con eso; las fotos parecen sacadas de una portada de Vanity Fair, una foto de alguien con estilo Choni debe parecer sacada del Tuenti,por no hablar de la ropa, no he visto nada rosa mezclado con tonos dorados,no veo pendientes gigantes de colores chillones, ah, y lo mas importante, no hay ni un solo estampado de leopardo.

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