Las piezas reunidas pertenecen a más de un centenar de autores, entre los que figuran nombres imprescindibles: Ramón Masats, Alberto García-Alix, Cristina García Rodero, Javier Vallhonrat, Carmela García, Bleda y Rosa o Tanit Plana, por citar algunos. No se trata de un simple despliegue de obras maestras, sino de un ejercicio de memoria institucional que rastrea cómo el medio fotográfico se ha ido incorporando al patrimonio colectivo y, al mismo tiempo, ha dialogado con los ojos de millones de espectadores.
La muestra se articula en cuatro ejes temáticos: Madrid como escenario, la fotografía española de los años noventa, el cuestionamiento del propio lenguaje fotográfico y, finalmente, los cuerpos que lo atraviesan. Cada apartado traza un doble itinerario: el de la institucionalización —la creación de políticas culturales que respaldan y legitiman el medio— y el de la popularización, en el que los siete millones de habitantes de la región son a la vez custodios y público activo de este legado.
La exposición es, en sí misma, un homenaje a la labor patrimonial que la Comunidad de Madrid ha desarrollado durante cuatro décadas, consolidando a la Sala Canal de Isabel II como uno de los primeros espacios en España especializados en fotografía y como un punto de referencia ineludible en el panorama nacional.
Desde 1993, cuando la primera imagen ingresó en el acervo, la colección se ha expandido de manera orgánica, en paralelo al programa expositivo de la propia Sala Canal. La muestra pone en evidencia que la colección no nació de un plan único ni de una línea ideológica fija, sino de una sedimentación en la que confluyeron distintas políticas culturales, apuestas curatoriales, premios, publicaciones y exposiciones. En este proceso, tanto las iniciativas institucionales como las miradas de fotógrafos y público han dejado huella.
En la planta baja, la mirada se dirige a Madrid, con escenas que retratan habitantes anónimos, barrios en transformación, descampados o rincones marginales, conformando un retrato poliédrico de la ciudad. El espacio central acoge los quince fotolibros galardonados desde 2017, convertidos en testimonio de la vitalidad editorial contemporánea. En el primer piso, la atención se centra en la efervescencia de los noventa y los primeros años del nuevo milenio, rescatando fragmentos de exposiciones colectivas que marcaron época y recordando el proyecto experimental Canal Abierto.
En el siguiente nivel, la muestra se adentra en el territorio del propio medio fotográfico: sus contradicciones, sus trampas y su capacidad para reinventarse. Allí, la ficción y el humor irrumpen en géneros clásicos —paisajes, interiores, bodegones— para tensionar la frontera entre documento y artificio. Finalmente, en la última planta, la mirada se posa sobre los cuerpos. No solo los retratos y desnudos tradicionales, sino nuevas corporalidades marcadas por la precariedad social, los recuerdos íntimos o las presencias espectrales. Se trata de representaciones que dialogan con identidades múltiples y atravesadas por el pensamiento crítico contemporáneo. Este último apartado incorpora algunas de las adquisiciones más recientes, evidenciando la vigencia y la capacidad expansiva de la colección.
“14 millones de ojos” no solo es una exposición, sino también un dispositivo de preguntas. ¿Qué narraría la colección si pudiera expresarse? ¿Qué diría de las políticas que la moldearon, de los artistas que la nutrieron, de los espectadores que la interpelaron? ¿Cómo se interpretaría a sí misma en un presente marcado por la sobreabundancia de imágenes?
En esas preguntas late la verdadera apuesta de la muestra: hacer visible que una colección pública no es un conjunto estático, sino un organismo vivo donde se cruzan intereses políticos, sociales y culturales, y en el que la fotografía —a la vez documento y ficción— se convierte en espejo de la comunidad que la sustenta.









