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El régimen genocida de Israel allana la casa del director de cine palestino Basel Adra, ganador de un Oscar por “No other Land”

El ejército de Israel ha allanado la casa del director de cine Bassel Adra en Cisjordania mientras colonos invadían su aldea y familiares cercanos resultaban heridos. Los militares interrogaron a su esposa y revisaron su teléfono ante la inocencia atónita de su hija de nueve meses. El estado genocida de Benjamín Netanyahu le persigue para capturarlo y acallar de manera violenta su voz valiente y su corazón comprometido con la causa palestina. El cine, en manos de Basel Adra, se convierte en un territorio donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan, donde la herida se transforma en relato y la injusticia deja de ser silencio para volverse memoria. Este joven cineasta palestino, nacido en 1992 en el pequeño pueblo de Masafer Yatta, al sur de Hebrón, nunca imaginó que su camino acabaría iluminado por la estatuilla dorada de Hollywood. Y sin embargo, con "No Other Land" —documental que retrata la lucha de su comunidad frente a la amenaza de desalojo por parte del ejército israelí— logró lo impensable: llevar el eco de una tierra arrasada hasta el escenario de los Oscar 2025, donde obtuvo el premio a Mejor Documental.
Basel Adra y Yuval Abraham posan con el Oscar al Mejor Largometraje Documental por "No Other Land" en el Governors Ball tras la gala de los Oscars en la 97ª edición de los Premios de la Academia en Hollywood, Los Ángeles, California, EEUU

El triunfo, más allá de la alfombra roja, tiene un trasfondo que desborda lo cinematográfico. Basel Adra no llegó a este punto persiguiendo la gloria ni el prestigio internacional. Llegó porque en su vida cotidiana filmar fue la única manera de resistir. Desde adolescente entendió que registrar la demolición de casas, la humillación constante de su gente y la dignidad obstinada de quienes se negaban a irse era un deber ético más que una aspiración artística. La cámara se volvió su escudo, su cuaderno de bitácora y su arma no violenta en un conflicto que lo marcó desde la infancia.

Un cine nacido de la urgencia

La trayectoria de Basel Adra está inseparablemente ligada a la vida en Masafer Yatta. A lo largo de los años, documentó con paciencia la devastación provocada por las autoridades israelíes en esa región del sur de Cisjordania, declarada “zona de tiro” por el ejército. Sus primeras grabaciones, realizadas con medios precarios, fueron compartidas en redes sociales y en medios alternativos, con la esperanza de que alguien, en algún lugar, mirara más allá de la estadística fría de los informes. En esos fragmentos iniciales ya se percibía lo que más tarde definiría su estilo: una mirada que no busca la neutralidad impostada del periodismo, sino la cercanía visceral con quienes resisten.

La colaboración con otros cineastas y activistas internacionales consolidó su voz. Así nació No Other Land, codirigida junto a Yuval Abraham, Rachel Szor y Hamdan Ballal. La película articula una narrativa de contrastes: de un lado, el sufrimiento y la resiliencia palestina; del otro, la complicidad y el silencio de gran parte de la comunidad internacional. Adra no recurre a la grandilocuencia ni a la manipulación sentimental. Su método es otro: dejar que la vida cotidiana, con sus gestos más mínimos —un niño recogiendo juguetes entre los escombros, una anciana que se niega a abandonar su hogar derruido— revele lo inaceptable de una injusticia persistente.

Estilo cinematográfico: entre la crudeza y la poesía

Lo que distingue a Basel Adra no es solo el contenido político de su obra, sino la manera en que su lenguaje cinematográfico rehúye lo panfletario. Su cine es directo, pero no reduccionista. Registra la violencia con frialdad documental y, al mismo tiempo, encuentra resquicios para la poesía visual: la luz dorada sobre las colinas de Hebrón, los silencios entre un derrumbe y otro, la fragilidad de una sonrisa en medio de la devastación.

En sus películas la cámara no se limita a observar: se compromete. No hay distancia estética que lo aparte de su propio dolor ni de la rabia contenida en la voz de sus vecinos. Él mismo ha dicho en varias entrevistas que filmar es, en su caso, una extensión de la vida diaria, un modo de sobrevivir a la impotencia. La crudeza no excluye la ternura, y esa fusión convierte su cine en un testimonio que trasciende la denuncia para instalarse en el terreno de lo humano.

El compromiso ético como brújula

Ganar un Oscar no lo ha convertido en un director que busque la consagración en los circuitos comerciales. Basel Adra insiste en que su compromiso es con su pueblo, no con la industria. En su discurso en Los Ángeles, lejos de agradecer con solemnidad de manual, aprovechó los segundos de gloria para recordar que, mientras él hablaba, las demoliciones continuaban en Cisjordania. Ese gesto sintetiza su brújula ética: la cámara debe servir para amplificar las voces silenciadas, no para engrosar currículos.

Su cine se opone frontalmente a la deshumanización. Mientras gran parte del mundo consume titulares fugaces sobre el conflicto, Adra insiste en devolver nombres, rostros y relatos individuales a quienes suelen quedar reducidos a cifras. Su obra busca restituir la dignidad de los desplazados y recordar que detrás de cada demolición hay una vida truncada. Esa insistencia en la memoria cotidiana es, quizás, su mayor aporte ético: filmar como quien siembra.

Más allá del Oscar

El reconocimiento de la Academia le otorgó visibilidad mundial, pero también abrió un debate incómodo: ¿qué significa premiar una película que denuncia una realidad que sigue sucediendo a diario? Adra ha respondido con franqueza: los premios no detendrán las topadoras ni cambiarán la política internacional, pero pueden ofrecer un resquicio de atención global. Esa atención, por efímera que sea, es una herramienta que él no está dispuesto a desaprovechar.

Hoy su nombre circula entre festivales de cine, universidades y foros de derechos humanos. Sin embargo, Basel Adra no abandona su territorio. Regresa a Masafer Yatta, filma nuevas demoliciones, sigue documentando desalojos. Su compromiso no se disuelve en la espuma mediática; permanece atado a la tierra que lo vio nacer y que sigue siendo amenazada.

El eco de una voz necesaria

Basel Adra encarna un cine que no admite la indiferencia. Su obra nos recuerda que las imágenes pueden ser más que reflejos: pueden convertirse en grietas que desestabilicen el relato oficial, en espejos que obliguen al espectador a mirar lo que preferiría ignorar. No Other Land no es solo un documental premiado; es un recordatorio de que la dignidad es una forma de resistencia y que la cámara, en manos de alguien que la empuña con convicción, puede ser más poderosa que un ejército.

En tiempos donde la saturación de imágenes corre el riesgo de volvernos inmunes, Basel Adra ofrece lo contrario: un cine que nos despierta, que incomoda y que abre preguntas. Su trayectoria apenas comienza, pero ya ha demostrado que su camino no estará marcado por la complacencia, sino por la fidelidad a una ética inquebrantable. Y tal vez ese sea el verdadero premio: convertir su voz, y la de su pueblo, en un eco imposible de acallar.

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