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El crepúsculo del poder mundial: los patriarcas del siglo XXI

No hay civilización con sentido común que no haya encumbrado y tenido como faro de experiencia y amor incondicional, a sus abuelos que, en definitiva, conforman el poder mundial del siglo XXI. Urban Beat se aleja del “edadismo”, porque entiende que la sabiduría envejece bien, pero el poder no, al contrario, se llena de un moho tóxico y nefasto cuyas esporas contaminan a su vez, a los nuevos retoños que quieran reverdecer en este mundo hostil en el cual nos hemos acomodado dentro de nuestras minúsculas existencias. Esto debe quedar diáfano entes de seguir leyendo este artículo. Trump tiene 79 años, Putin y Xi 72, Netanyahu 75, el ayatolá Jameneí 86; Fidel Castro se aferró al poder como un animal belicoso insensato hasta los 90 años.

Menciono estos personajes no por capricho, sino por un entendimiento del “ajedrez del poder mundial envejecido dentro de dialécticas obsoletas que dan jaque mate a la justicia social y universal”. Reitero, no es la edad, sino la coincidencia “edadística”. Todos ellos, de pie sobre los escombros y el mar de flores marchitas del siglo XXI que no acaba de zarpar hacia una voluntad común de respeto y dignidad humana, representan la última resistencia del cuerpo ante la muerte y del poder empecinado en perdurar ante la historia cambiante y reflexiva. La  longevidad política de estos héroes es un espejo de nuestro planeta minúsculo dentro escenarios económicos neoliberales: una humanidad envejecida, asustada de su propio relevo, gobernada por espectros que confunden la memoria petrificada monetizada con la visión progresista insurrecta, que se autodestruye con conceptos absolutos ante una necesidad de un relevo que dé aire fresco y asuma responsabilidades dentro de esta “dudosa” Nueva Era. Es obvio que la edad no tiene nada que ver, como también es obvio que se repite un patrón porque la juventud que necesitamos solo se dedica a no hacerse respetar en sus disímiles maneras de entender el mundo, sin la seriedad que precisa la política. Los nietos: “instagramers cobardes insensatos apáticos”, los abuelos: intransigentes dueños de una verdad monolítica hasta límites insospechados que entendemos por cierto, que nos llevan al abismo de sus propias elucubraciones honestas, dentro de sus encuentros con micrófonos abiertos donde presumen de su longevidad séptica, cuando se reúnen como la nueva mafia mundial en escenarios internacionales. El mal está hecho, la bondad proscrita.

Hay algo supuestamente bíblico en la obstinación de estos hombres por manejar el poder mundial a toda costa. Los rodea un aire de eternidad fingida, como si el tiempo, por reverencia impostada o miedo insurrecto, se detuviera ante ellos. En sus discursos se advierte el temblor de los profetas cansados: cada frase parece una oración mal traducida del pasado, un eco que resuena en un teatro sin público. Pero lo que los sostiene no es la fe, sino la inercia: el aparato del poder los mantiene vivos, igual que una máquina de soporte vital sostiene un cuerpo que ya no respira por sí mismo.

Trump ansioso del poder mundial, con su energía grotesca y su carisma de carnaval americano elegido de manera democrática, es el showman que convirtió la senilidad en espectáculo, no porque sea senil sino porque eso le da liderazgo dentro de una necesidad menospreciada de un relevo que no acepta. Trump no es un irresponsable por ser viejo, es simplemente amigo de Putin, el exespía endurecido por la geografía hostil y los fantasmas del KGB. Putin es la petrificación de una Rusia que no sabe envejecer sin imperio y por tanto lanza bombas como caramelos a los niños de Ucrania. Xi Jinping, más sutil con una censura férrea con los disidentes amantes de la libertad de expresión, ha hecho de la longevidad una política de Estado: una continuidad sin rostro, una permanencia que asfixia el relevo con una fina filosofía oriental censora  hecha a medida. Netanyahu parece un personaje de la Torá reencarnado en político: astuto, fatigado de tanto masacrar niños palestinos, aún con la lengua afilada del superviviente que justifica su victimismo histórico, asesinando y asesinando en un bucle interminable. Y el ayatolá Jamenei, con sus 86 años, es casi un símbolo teológico de lo que ocurre cuando el poder se confunde con la eternidad: un hombre convertido en dogma, y un dogma convertido en régimen. Un régimen convertido en muerte.

Lo inquietante no es la edad de estos líderes, sino la adolescencia de las sociedades que los sostienen dándoles todo el poder. Nos hemos acostumbrado a delegar el futuro en quienes ya viven en el ocaso. Hay un pacto tácito entre el miedo y la decrepitud: nosotros tememos cambiar, ellos temen morir. Y entre ambos temores se construye un sistema que repite, como un mantra senil, la palabra estabilidad.

El siglo XXI debía ser el siglo de los jóvenes que deberían tomar el poder mundial con valor y responsabilidad. Tomar el poder mundial de la inteligencia artificial, de la revolución verde, de la disidencia climática, de las nuevas éticas necesarias. Pero los tronos siguen ocupados por quienes nacieron en el ruido de la Guerra Fría cuyos ecos resuenan con fuerza en un mundo en colapso. La cronología es la misma, pero la mente de los poderosos parece haberse quedado anclada en los años setenta: piensan en fronteras, no en redes; en enemigos, no en ecosistemas; en control, no en cooperación. El mundo que gobiernan ya no existe, pero nadie se atreve a decírselo.

La vejez, en su sentido más noble, debería ser una forma de claridad. Quien ha visto tanto debería saber cuándo retirarse, cuándo dejar que otros armen su propio caos. Sin embargo, nuestros líderes ancianos parecen haber extraviado la lucidez y conservar solo la obstinación. No hay sabiduría en su permanencia: solo miedo al vacío, miedo a la irrelevancia, miedo al espejo. Su perpetuación es un gesto de pánico.

Y aun así, hay que respetarlos. No como figuras de poder, sino como seres humanos atrapados en su propio mito. En la mirada vidriosa de Jamenei o en la sonrisa endurecida de Putin se percibe algo que no es maldad pura, sino una forma de ceguera: la imposibilidad de imaginar un mundo que no los necesite. Son, en cierto modo, los últimos hombres modernos. Herederos de la disciplina, del sacrificio, de la política como vocación total. Y es precisamente esa virtud —convertida en adicción— lo que los condena.

La pregunta, entonces, no es por qué siguen ahí, sino por qué los seguimos eligiendo. ¿Por qué la humanidad —tan llena de jóvenes, de algoritmos, de pulsos veloces— confía su destino a figuras que ya han vivido más de lo que podrán ver? Tal vez porque el vértigo del presente nos ha hecho buscar refugio en lo viejo conocido. Tal vez porque el siglo XXI, con toda su tecnología, no ha producido todavía una forma de autoridad que no sea paternal. Nos da miedo la juventud cuando no tiene un padre al mando.

Cada una de estas figuras —Trump, Putin, Xi, Netanyahu, Jamenei— encarna, en distinta lengua y tradición, una misma idea: que el tiempo puede ser vencido por la voluntad. Pero la historia, como el cuerpo, no se deja engañar mucho tiempo. El temblor de las manos, la lentitud en las palabras, los silencios estratégicos disfrazados de pausa: son signos, no de debilidad, sino de que el ciclo está agotado.

Y quizás la verdadera revolución consista en aceptar que el poder también debe morir para que la política renazca. Que gobernar no es resistir la muerte, sino preparar el relevo. Que el liderazgo más sabio no es el que dura, sino el que enseña a continuar sin él.

El siglo de los viejos líderes se extingue lentamente. Lo que viene después, aún no tiene rostro. Pero en el fondo, toda civilización comienza en el momento en que se atreve a mirar al anciano y decirle, con ternura y con firmeza: gracias, pero ya es hora.

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Urbanbeat Julio 2024
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