Blanco articula su propuesta a partir de una intuición tan simple como inquietante: la mentira no es solo un recurso narrativo, sino una estructura de poder. Desde esa premisa, el espectáculo indaga en su dimensión política y social, cuestionando su legitimidad fuera del espacio protegido de la ficción. La dramaturga reconoce que el germen de la obra nace tanto de su propia biografía como de una percepción compartida: la erosión de la inocencia colectiva en una era atravesada por la inteligencia artificial, la proliferación de noticias falsas y la revelación constante de verdades que, por su propia naturaleza, parecen inverosímiles.
Lejos de plantear una condena unívoca, Blanco introduce una tensión central: si en la vida cotidiana la mentira puede operar como una forma de dominación —un mecanismo que despoja al otro de su capacidad de decidir—, en el teatro se transforma en una herramienta lúdica, casi liberadora. Sobre el escenario, el engaño deja de ser violencia para convertirse en código compartido. La ficción, entonces, no oculta la mentira: la celebra, la expone y la multiplica. Confusión, ironía, juegos de identidad o revelaciones inesperadas —la clásica anagnórisis— se convierten en dispositivos que invitan al espectador no solo a observar, sino a participar activamente en ese pacto de fingimiento.
El punto de partida narrativo sitúa al público en un espacio reconocible: el salón de actos de un centro cultural madrileño, donde una conferenciante se dispone a abordar un tema científico. Desde esa aparente normalidad se despliega una estructura fragmentaria que encadena situaciones diversas, todas ellas atravesadas por la fragilidad de lo verdadero. La obra se convierte así en un sistema de capas superpuestas donde intérpretes, personajes y espectadores coexisten en un mismo plano inestable, en el que las fronteras entre realidad y ficción se diluyen deliberadamente.
En esta arquitectura de ambigüedades, el humor emerge como eje vertebrador. No como alivio, sino como estrategia. Las digresiones, lejos de dispersar el discurso, construyen un hilo invisible que sostiene la pieza y permite que el espectador transite por múltiples niveles de lectura sin perderse del todo. Es en esa aparente contradicción —la dispersión que ordena— donde la propuesta encuentra una de sus mayores virtudes.
El montaje supone además el reencuentro creativo de Blanco con Óscar Bueno Rodríguez y Anto Rodríguez, con quienes ya colaboró en Pequeño cúmulo de abismos (2023). En esta ocasión, la escritura y dirección recaen en la propia Blanco, mientras que la dramaturgia se construye de manera compartida. Sobre el escenario, ocho intérpretes encarnan este universo atravesado por la incertidumbre: la propia Cris Blanco, junto a Óscar Bueno Rodríguez, Nuria Crespo, Gloria March, Norberto Llopis, Espe López, Alberto José Lucena y Julia Romero.
El dispositivo escénico refuerza esa lógica de multiplicidad. La escenografía de Pablo Chaves apuesta por la sostenibilidad mediante la reutilización de elementos de producciones anteriores del Dramático, configurando un espacio elevado que permite el juego de distintos niveles de representación. La iluminación, diseñada por CUBE BZ (María de la Cámara y Gabriel Paré), dialoga con esta estructura para subrayar los cambios de plano, mientras que el vestuario de Marta Orozco Villarrubia y la música original de Óscar Bueno Rodríguez contribuyen a construir una atmósfera en constante mutación. El diseño sonoro de Felipe Lara Pardo y el trabajo de movimiento de María Cabeza de Vaca completan un engranaje donde cada elemento parece conspirar en favor de la ambigüedad. Anto Rodríguez, además, asume el rol de dramaturgista, afinando las capas conceptuales de la propuesta.
Casi ninguna verdad no pretende desmontar la mentira, sino observarla de cerca, casi con fascinación, para entender sus mecanismos. En un contexto saturado de discursos, donde la verdad compite con versiones, algoritmos y relatos interesados, la obra de Cris Blanco propone una experiencia incómoda pero necesaria: aceptar que quizá la ficción no es el problema, sino el espejo más honesto de nuestras propias estrategias para sobrevivir a la incertidumbre.









