En el centro del dispositivo escénico, Aitana Sánchez-Gijón encarna a Raimunda, la madre, en un gesto que desborda lo interpretativo para rozar lo biográfico: la actriz regresa al mismo texto con el que debutó en 1988, entonces como Acacia. Ese desplazamiento —de hija a madre— no es anecdótico; introduce una capa de memoria que dialoga con la propia materia de la obra, atravesada por herencias invisibles y vínculos que no terminan de resolverse.
Estrenada en 1913 y consagrada dentro del repertorio dramático español, Malquerida encuentra aquí una reformulación que no renuncia a su raíz rural, pero la depura de costumbrismo para exponer su núcleo: un conflicto sin salida donde el deseo, lejos de ser una fuerza romántica, actúa como mecanismo de destrucción. En la hacienda de Los Berrocales, lo que comienza como una pedida de mano —el compromiso entre Acacia y Faustino— deriva en una cadena de sospechas, violencia y silencios que terminarán por sellar el destino de la joven, convertida en “la malquerida”.
El triángulo oculto entre Raimunda, su esposo Esteban y la propia Acacia articula una geometría emocional que no admite equilibrio. La muerte del prometido, las acusaciones cruzadas —que apuntan al sobrino de Raimunda mientras otros intuyen su inocencia— y la presión del entorno van estrechando un cerco donde la verdad deja de ser una evidencia para convertirse en una amenaza. En ese clima enrarecido, la copla que circula por el pueblo funciona como sentencia colectiva, como si la comunidad necesitara nombrar aquello que no se atreve a mirar de frente.
Menéndez propone una lectura que sitúa el texto en una zona incómoda: entre la razón que intenta ordenar y la pasión que irrumpe sin permiso. El deseo —en su dimensión carnal, material y vital— atraviesa a los personajes con una intensidad que los desborda y los empuja hacia decisiones irreversibles. No hay redención posible, solo una acumulación de fuerzas que terminan por quebrar cualquier intento de control.
El montaje se apoya en un entramado escénico que refuerza esa tensión. La escenografía de Alfonso Barajas, la iluminación de Juan Gómez Cornejo, el vestuario de Rafa Garrigós y la composición sonora de Mariano Marín configuran un espacio sensorial donde lo popular y lo trágico no se oponen, sino que se contaminan. La música y el humor —lejos de aliviar— subrayan el carácter fatalista de la historia, como si cada respiro anticipara el golpe.
El reparto —con Juan Carlos Vellido, Lucía Juárez, Goizalde Núñez, José Luis Alcobendas, Dani Pérez Prada, Álex Mola y Antonio Hernández Fimia— sostiene un equilibrio delicado entre contención y desborde, evitando caer en la caricatura de lo rural para habitar un territorio más áspero, donde los afectos se vuelven inestables.
Producida por ProduccionesOff esta Malquerida no se limita a recuperar un clásico: lo expone. Lo deja a la intemperie para que revele hasta qué punto sus conflictos siguen activos. Porque, más de un siglo después, la pregunta que atraviesa la obra permanece intacta: qué ocurre cuando lo que deseamos no puede ser dicho sin destruirlo todo.
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