Desde la Antigüedad hasta la era digital, la humanidad ha intentado definir qué significa ser bello. La filosofía quiso fijar el concepto; el arte trató de capturarlo; la ciencia continúa prometiendo nuevas fórmulas para alcanzarlo; el mercado, por su parte, multiplica productos y ansiedades alrededor de la juventud permanente. Los modelos cambian, pero la persecución permanece. Esa es una de las tesis centrales de la exposición: el atractivo físico no responde a una verdad eterna, sino a construcciones culturales mutables atravesadas por relaciones de poder.
Con más de 400 obras, documentos, objetos históricos e instalaciones contemporáneas, el recorrido propone una lectura transversal de la belleza como fenómeno político y social. Lejos de limitarse al terreno estético, la muestra analiza cómo ideas vinculadas a la moralidad, el estatus, la salud, la edad, el género o el origen étnico han modelado la percepción del cuerpo deseable.
Entre los nombres presentes figuran William Hogarth, Angélica Dass, Laura Aguilar, Juno Calypso, Zed Nelson, Shirin Fathi, Narcissister, Ismael Smith, Isidre Nonell, Josep Masana, Colita, Sandra Gamarra, Esther Ferrer, Regina José Galindo, María Alcaide, Colectivo Ayllu, Lorenza Böttner, Marina Vargas, Arvida Byström, Harriet Davey y Renaissance Goo x Baum & Leahy.
Uno de los núcleos conceptuales más incisivos de la exposición consiste en desmontar la idea de una belleza universal e inmutable. El canon clásico basado en la proporción, tantas veces presentado como medida neutral, aparece aquí como una narrativa históricamente situada.
El recorrido muestra cómo, durante siglos, la belleza fue asociada a la virtud moral y posteriormente instrumentalizada por jerarquías raciales derivadas del pensamiento colonial. El cuerpo correcto no era solo una cuestión formal: también expresaba quién debía ocupar posiciones de privilegio y quién quedaba marginado.
Desde esculturas antiguas hasta prácticas críticas contemporáneas, la exposición conecta pasado y presente. Las obras de Lorenza Böttner, las reinterpretaciones de pinturas de castas de Sandra Gamarra, los autorretratos ambiguos de Juno Calypso o la serie fotográfica de Colita sobre mujeres gitanas funcionan como contraarchivo frente a los relatos dominantes.
Otro de los grandes ejes de la muestra aborda la mercantilización de la apariencia. El siglo XX consolidó el bombardeo publicitario de lápices labiales, máscaras de pestañas y promesas cosméticas difundidas en vallas y pantallas. Sin embargo, el negocio de la belleza hunde sus raíces mucho más atrás.
El visitante encontrará desde polvoreras del Antiguo Egipto hasta cosmética china y romana, pasando por productos renacentistas vinculados a tradiciones científicas a menudo minusvaloradas. Ese trayecto histórico revela que la innovación técnica siempre ha dialogado con el deseo humano de corregirse, embellecerse o reinventarse.
Con el tiempo, diseño, farmacología y cirugía convergieron hasta formar la potente industria estética contemporánea. La exposición no lo narra como simple progreso, sino como síntoma de una relación compleja entre mercado, autoestima y presión social.
El itinerario incorpora también instalaciones que examinan las nuevas formas de representación corporal en la cultura digital. Xcessive Aesthetics recrea el baño femenino de una discoteca como espacio donde se negocian imagen, pertenencia y exposición en redes. Por su parte, María Alcaide propone un salón de manicura desde el que pensar las relaciones entre género, clase y explotación laboral. Lo cotidiano se convierte así en laboratorio crítico. La exposición culmina en una idea fértil: toda norma genera resistencia. Los cánones aspiran a fijar formas estables, pero la materia corporal permanece en movimiento. El cuerpo transforma, desborda y desobedece.
Objetos históricos como miriñaques, cotillas, zapatos o pelucas dialogan con prácticas actuales que dinamitan la uniformidad. Los retratos cromáticos de Angélica Dass cuestionan las clasificaciones raciales; Ren Buchness explora el cuerpo como depósito físico y emocional; Marina Vargas revisa críticamente el canon masculino clásico; Arvida Byström examina identidad y cultura digital mediante imaginarios artificiales.
El culto a la belleza no invita a admirar cuerpos perfectos. Invita a sospechar de ellos. El CCCB convierte la belleza en campo de estudio para recordar algo esencial: cada ideal que parecía definitivo terminó siendo reemplazado por otro. Lo que permanece no es el canon, sino la diversidad humana que siempre desbordó sus márgenes.









