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Luke Edward Hall despliega el imaginario de las Tullerías sobre la hierba en un pícnic ilustrado

La segunda temporada de «From les Tuileries with Love», presentada el 15 de junio de 2026, devuelve a Luke Edward Hall al Jardín de las Tullerías para transformar el paisaje parisino en una colección de objetos destinados al pícnic, el descanso y la creación artística, y demostrar que el patrimonio también puede abandonar momentáneamente el pedestal, sentarse sobre la hierba y participar en los pequeños rituales del verano.

La colaboración evita recurrir al repertorio más previsible del museo del Louvre. No aparecen la Mona Lisa, la Venus de Milo ni la Victoria de Samotracia convertidas en emblemas de consumo inmediato. Luke Edward Hall dirige la mirada hacia el exterior del edificio y encuentra en las Tullerías una memoria menos solemne, pero igualmente ligada a la historia del Louvre: la de un jardín entendido como arquitectura cultural, museo al aire libre y escenario cotidiano de la vida parisina.

Tras la acogida de la primera colección de pícnic inspirada en este enclave, el artista, diseñador y decorador británico prolonga su exploración poética mediante una segunda entrega que convierte los elementos reconocibles del jardín en un vocabulario visual. La célebre silla verde de las Tullerías, las cajas de madera pintada destinadas a los naranjos, la figura de Hipómenes inmovilizada en plena carrera y los primeros lirios de la primavera aparecen registrados en sus cuadernos de bocetos. El jardín deja de funcionar como fondo ornamental y comienza a comportarse como un relato.

Hall traslada esas referencias a una cesta de pícnic, servilletas, fundas de cojín, bolsas de tela, tazas, cuencos y platos de metal esmaltado. La cesta recupera el rito del almuerzo al aire libre y actúa como centro material de una colección concebida para ser desplegada sobre la hierba. Los lirios, interpretados mediante acuarela, se propagan por los tejidos con una ligereza deliberada. Parecen desprenderse de los parterres para ocupar una mesa improvisada o acompañar el descanso de quien decide contemplar los cielos de París —o imaginar los de Cornualles— desde la intimidad de las hierbas altas.

La colección amplía su territorio con una cantimplora, un sombrero canotier, un abanico, una funda para gafas de sol, una baraja de cartas, una caja de lápices de colores, un juego de Jokari y un estuche de acuarelas artesanales. La elección de estos objetos introduce una dimensión que supera el simple equipamiento para el pícnic. Dibujar, jugar, observar el paisaje o protegerse del sol participan de una misma concepción del ocio: permanecer al aire libre y recuperar cierta lentitud frente a la administración productiva del tiempo.

El interés del proyecto reside en la capacidad de Luke Edward Hall para introducir la historia dentro de los objetos sin reducirla a una reproducción literal. Su lenguaje combina romanticismo, cultura pop, mitología y fantasía. Los contrastes cromáticos, la convivencia de motivos y la fricción entre materiales construyen una alegría sosegada, alejada de la asepsia con la que cierta contemporaneidad ha pretendido identificar la sofisticación.

El jardín como extensión del museo

Las Tullerías ocupan un lugar decisivo dentro de la memoria urbana de París. El jardín perteneció al desaparecido Palacio de las Tullerías y fue creado durante el Renacimiento por Catalina de Médici sobre unos terrenos anteriormente ocupados por hornos de tejas. De aquella actividad procede el nombre del enclave, considerado el jardín público más antiguo de la capital francesa.
Creado en 1564 y remodelado posteriormente por André Le Nôtre para Luis XIV, constituye una de las expresiones fundamentales del jardín «a la francesa». Sus ejes visuales, estanques, parterres y alineaciones de árboles responden a una idea del paisaje donde la naturaleza queda sometida a una gramática de orden, perspectiva y representación del poder.
Esa herencia no convierte el espacio en una reliquia inmóvil. Adscrito administrativamente al Louvre desde 2005, el jardín actúa como prolongación exterior del museo y reúne esculturas realizadas entre los siglos XVII y XXI. El arte abandona aquí la protección de las salas para convivir con el clima, los paseantes y las variaciones de la luz.
Sus 23 hectáreas reciben aproximadamente 14 millones de visitantes cada año. En ellas crecen más de 3.000 árboles pertenecientes a más de treinta y cinco especies; los ejemplares más antiguos alcanzan los 160 años. El mantenimiento incluye más de siete kilómetros de alineaciones arbóreas sometidas a poda, 5.800 metros cuadrados de parterres florales y 45.000 bulbos plantados anualmente.
El conjunto alberga 106 estatuas y jarrones antiguos, modernos y contemporáneos. Entre sus autores figuran Louise Bourgeois, Auguste Cain, Erik Dietman, Gaston Lachaise, Paul Landowski, Henri Laurens, Germaine Richier y Giuseppe Penone. Seis estanques provistos de fuentes y surtidores introducen el agua como elemento ordenador de un paisaje atendido por quince jardineros de arte.
Declarado Monumento Histórico en 1914, el Jardín de las Tullerías está inscrito desde 1991 en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte de las «Riberas del Sena» y cuenta con el distintivo «Jardín notable». La acumulación de reconocimientos confirma su valor patrimonial, pero no explica por completo su permanencia dentro de la sensibilidad parisina. El jardín continúa siendo un espacio vivido, sometido al movimiento de los cuerpos y a la transformación de las estaciones.

Nacido en el Reino Unido en 1989, Luke Edward Hall ha desarrollado una trayectoria que se resiste a las divisiones convencionales entre arte, diseño y estilo de vida. Pintura, ilustración, moda, murales, escritura e interiorismo forman parte de una práctica donde los objetos cotidianos adquieren la capacidad de contener relatos.

Su iconografía se alimenta de la mitología grecorromana, la naturaleza, el romanticismo y lo fantástico. Rostros de apariencia clásica, cuerpos masculinos, flores y criaturas legendarias reaparecen en una obra que recupera la historia sin obedecer a su gravedad institucional. Hall no contempla el pasado como una autoridad paralizante. Lo utiliza como una reserva de imágenes que todavía pueden ser deformadas, coloreadas y devueltas al presente.

Esta facilidad para desplazarse entre disciplinas explica sus colaboraciones con el Louvre, el Victoria and Albert Museum, la Royal Academy of Arts, el Royal Ballet, Burberry, Lanvin, Diptyque y Ginori 1735. En 2020 asumió su primer gran proyecto de interiorismo y dirección artística con el Hôtel Les Deux Gares de París. Escribe para FT Weekend desde 2019 y en 2022 cofundó Chateau Orlando, firma dedicada a la moda y los objetos domésticos. Sus exposiciones individuales han llegado a Atenas, Londres, Nueva York, Patmos y Venecia.

«From les Tuileries with Love» condensa esa voluntad de disolver jerarquías. La cultura clásica entra en contacto con la cesta de pícnic, el mantel, el abanico, el cuenco esmaltado o la baraja. El museo se vuelve portátil y el jardín se transforma en una experiencia capaz de prolongarse fuera de sus límites físicos.

Sin embargo, el proyecto también revela una tensión propia de nuestro tiempo: cuando el patrimonio se convierte en experiencia, corre el riesgo de transformarse en una mercancía despojada de memoria. Hall evita parcialmente esa simplificación porque no se limita a colocar el nombre del Louvre sobre objetos intercambiables. Cada pieza procede de una lectura concreta del jardín, de sus esculturas, su mobiliario y su vegetación.

Las Tullerías sobreviven así como espacio físico, archivo histórico y fantasía doméstica. Esa es la verdadera inteligencia de la colección: recordar que el patrimonio permanece vivo cuando puede seguir siendo observado, utilizado y reinterpretado, pero también cuando conserva suficiente densidad simbólica para impedir que el mercado lo vacíe por completo.

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