Por José M. Diéguez Millán
Mientras cruzo en coche la isla de Vágar, un verde con grados de saturación y vivacidad irreales impacta mis retinas. Es el pasto que limita con el mar, recubre por completo las montañas y puebla los tejados de las casas tradicionales. Quizá fuera tal abundancia de alimento para sus ovejas y carneros lo que llevó a unos monjes ermitaños irlandeses a ser los primeros habitantes del archipiélago. Se inspiraron en san Brandán el Navegante quien, en el siglo VI, viajó durante siete años por el Atlántico Norte buscando el Paraíso Terrenal.
Atravieso uno de los kilométricos túneles submarinos que comunican casi todo el archipiélago para aparecer en la isla más grande, Streymoy, donde está la capital. Torshavn alberga más de un tercio de la población feroesa. En su casco antiguo encuentro el parlamento cuyos edificios mantienen los tejados cubiertos de hierba.
Continúo conduciendo. Necesito detenerme a menudo para disfrutar contemplando los acantilados desde cualquier recodo o fotografiar alguna de las «mil y una cascadas» que caen en las Feroe. Cruzo otro túnel de doce kilómetros donde me sorprende una rotonda iluminada casi convertida en emblema local y aparezco en Eysturoy. En esta isla se ubica Leirvik, el pueblo que habitaré durante buena parte de mi estancia en el archipiélago. Aquí encuentro algunos restos arqueológicos de la época vikinga. Comenzaba el siglo IX cuando los monjes, temerosos del pirateo normando, abandonaron las islas. Los vikingos las colonizaron y construyeron varias granjas en Leirvik cuyas ruinas aún se conservan.
Desde mi casa en Leirvik recorro el noreste del archipiélago. Exploro Múli, pueblo abandonado cuyas edificaciones de piedra sirven ahora de refugio a los carneros. Varias veces al día, una niebla imprevisible, veloz, penetra o sale de los fiordos transformando los paisajes en pocos minutos. Las rutas de senderismo suelen ser breves pero muy empinadas, dado el perfil triangular de estas islas. El ascenso por las laderas de sus montañas permite apreciar insospechadas perspectivas del archipiélago o de los despeñaderos circundantes. Estos caminos suelen terminar en algún faro siempre pintado a franjas rojas y blancas. Pero uno de ellos acaba más allá, al borde del acantilado, donde una lápida funeraria conmemora al mítico James Bond. En ella, grabada sobre el basalto, leo una cita de Jack London:
«La función propia del hombre no es existir, sino vivir».
Al suroeste de la capital descubro Kirkjubøur. Aquí hallo la inacabada catedral gótica de Magnus. Comenzado el siglo XIV, el obispo Erlendur, promotor de su construcción, se vio obligado a emigrar, pues temía que la población local, sometida a pagar los gastos de la obra, se sublevara. Hoy el templo permanece como lo dejó Erlendur. En la isla más occidental, Mykines, la población de frailecillos supera el medio millón durante el verano. Estas aves marinas solo pueblan la isla mientras anidan. Tras criar sus polluelos la abandonan y pasan el invierno flotando sobre el Atlántico de forma permanente.
Hace un frío día neblinoso en Mykines. Una sopa de pescado espesa maridada con sidra me reconforta en la única taberna de su único pueblo. En el sótano resuena una evocadora canción nórdica, acompañada por desgarrados acordes de dulzaina y violín. Mi mente se pierde a través de la ventana. El viento peina los tejados de hierba. Sonriendo, rememoro las leyendas feroesas. Sus huldras, troles, sirenas —e incluso sirenos— me despiertan una extraña nostalgia por tiempos que jamás viví.








