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El Prado ilumina la huella de Mengs, el pintor que quiso restaurar las artes desde la raíz

El Museo Nacional del Prado, acompañado por la Fundación BBVA, recupera la figura de Antonio Rafael Mengs (1728–1779), considerado uno de los pilares en el nacimiento del Neoclasicismo y una presencia determinante en la pintura europea del siglo XVIII. La institución madrileña dedica una exposición monumental que revisa, con rigor y amplitud, su producción, su pensamiento estético y la huella que dejó en generaciones posteriores, estableciendo un diálogo constante con los grandes referentes del pasado.

La muestra reúne 159 piezas, entre ellas 64 lienzos, 14 objetos de artes decorativas y 81 dibujos, grabados y estudios en papel, permitiendo recorrer tanto su trayectoria como retratista de corte y pintor mural, como su faceta especulativa y teórica. Las obras proceden de 25 entidades internacionales, 9 españolas y 10 colecciones privadas, evidencia del alcance continental de su influencia y de la dispersión de su legado.
Levantada en diez bloques temáticos, la exposición traza su recorrido desde la formación inicial en Dresde y Roma hasta su consagración como artista de la corte de Carlos III. Se subrayan sus conexiones con Rafael, Correggio y Winckelmann, además de su responsabilidad en la transformación del gusto artístico del continente. Entre las piezas más destacadas figuran la Lamentación sobre Cristo muerto, llegada de la Galería de las Colecciones Reales; Júpiter y Ganimedes del Palazzo Barberini (Roma); y Octavio y Cleopatra, custodiado por la National Trust en el Reino Unido.

Federico Cristián, príncipe elector de Sajonia Antonio Raphael Mengs Óleo sobre lienzo, 155,7 x 110,8 cm 1751 Los Ángeles, The J. Paul Getty Museum

Presentada a partir del 24 de noviembre de 2025, la exposición —patrocinada en exclusiva por la Fundación BBVA y comisariada por Andrés Úbeda de los Cobos, responsable de la colección de pintura del XVIII y Goya, junto a Javier Jordán de Urríes y de la Colina, conservador de Patrimonio Nacional— ofrece una visión integral del artista, considerado uno de los grandes reformadores del arte europeo de su siglo y principal motor de un movimiento entendido en su tiempo como un verdadero “restablecimiento de las artes”.
Las diez áreas combinan el itinerario vital de un creador cosmopolita con apartados dedicados a problemas específicos de su obra y pensamiento. El visitante puede adentrarse en sus años bajo la disciplina férrea de su padre, el pintor de corte sajón Ismael Mengs, y comprender hasta qué punto Rafael y Correggio marcaron sus aspiraciones y estilo. La sección El permanente reto a Rafael analiza la emulación deliberada del maestro de Urbino, reflejada en la Lamentación sobre Cristo muerto, concebida como un desafío frente al Pasmo de Sicilia.

La apoteosis de Trajano: boceto parcial del ángulo noroeste Antonio Raphael Mengs Óleo sobre papel pegado a lienzo, con cuadrícula a lápiz, 61,5 x 48,5 cm h. 1774 Madrid, Galería de las Colecciones Reales, Patrimonio Nacional

Los bloques dedicados a Roma —Roma, caput mundi y Roma, la fascinación del mundo antiguo— muestran la influencia decisiva de la Ciudad Eterna, tanto como centro espiritual como depósito de la civilización clásica. Retratos del papa Clemente XIII y del cardenal Zelada, así como copias de esculturas antiguas, ilustran su búsqueda de un ideal de belleza. La sección El final de su relación con Winckelmann narra la ruptura entre ambos tras la falsificación del fresco Júpiter y Ganimedes, una traición cuya motivación continúa sin explicación definitiva.
En Mengs, pintor filósofo se examina su dimensión teórica y cómo, tras su fallecimiento, José Nicolás de Azara difundió sus escritos —algunos de ellos ampliados o reinterpretados— consolidando su fama intelectual. El patrocinio de Carlos III ocupa otro lugar esencial: la sección Pintor de Su Majestad Católica y de la corte de Madrid reúne retratos de la familia real y figuras de la España ilustrada, mientras Las grandes obras: la pintura mural resalta su maestría decorativa, especialmente en el Palacio Real de Madrid y en Aranjuez. Mengs, intérprete de la nueva devoción ilustrada revisa su aportación a la pintura religiosa, marcada por Rafael, Correggio, Guido Reni y Velázquez.

Octavio y Cleopatra Antonio Raphael Mengs Óleo sobre lienzo, 299,7 x 212 cm 1760 Stourton, Wiltshire, Stourhead House, The National Trust

Por último, El legado de Mengs analiza cómo su figura proyectó una sombra decisiva sobre artistas como Antonio Canova y Francisco de Goya, situándolo como uno de los grandes renovadores del arte moderno.
Nacido en Aussig (Ústí nad Labem) en 1728 y fallecido en Roma en 1779, recibió sus nombres en homenaje a Correggio y Rafael. Desde la infancia fue sometido a una formación estricta bajo la vigilancia de Ismael Mengs, pintor de la corte sajona en Dresde. Sus años formativos transcurrieron entre esta ciudad alemana y Roma, donde pudo estudiar las colecciones sajonas, la estatuaria antigua y los grandes maestros del Renacimiento y el Barroco. Tras primeros encargos vinculados a Dresde, en 1761 fue convocado al servicio de Carlos III, alternando estancias en España e Italia.
Reclamado por distintas cortes europeas, dejó en España la parte más importante de su obra gracias al apoyo del monarca. Tras su muerte, José Nicolás de Azara publicó sus textos, presentándolo como “pintor filósofo”. Su apuesta clasicista, asociada a la de Winckelmann y sustentada en la admiración por la Antigüedad grecorromana y por Rafael, Correggio y Tiziano, marcó el camino de artistas posteriores como Jacques-Louis David y Antonio Canova.
La exposición aborda su educación familiar, su progresión profesional en Dresde y Roma, la obtención del título de primer pintor de corte en 1751, su matrimonio con Margherita Guazzi y su salto definitivo a la escena europea. Se explica igualmente su intención de superar a Rafael, visible en su versión de la Lamentación, así como la vitalidad artística de Roma en la década de 1740, donde confluyeron tres estímulos decisivos: las ruinas antiguas y los maestros admirados, la presencia de clientes como el papa y los viajeros británicos, y el encuentro en 1755 con Winckelmann.

La gloria de san Eusebio Antonio Raphael Mengs Óleo sobre lienzo, 153,4 x 70 cm 1757 Ottawa, National Gallery of Canada, 42295

La formulación conjunta de un ideal de belleza basado en esculturas clásicas —especialmente masculinas y adultas— inauguró uno de los periodos más influyentes de la historia de la pintura. El dibujo, ya fuera del natural o a partir de estatuas, se convirtió en la base de la enseñanza artística, funcionando como canon emocional y formal. La amistad entre ambos concluyó tras el falso fresco publicado por Winckelmann en 1760, un engaño que rompió definitivamente la relación.

La muestra recorre sus escritos, las biografías tempranas de Ratti y Bianconi, y el manuscrito de Riminaldi, presentado aquí por primera vez. También profundiza en su llegada a España para decorar el Palacio Real Nuevo, su retrato de miembros de la realeza y figuras como Isabel Parreño, y la evolución de su actividad mural, donde consideraba el fresco superior al óleo, aunque su técnica —destinada a imitar la luminosidad del óleo— resultó frágil y muchas obras se deterioraron.

Su producción religiosa para Carlos III —incluidas las tablas de la Pasión, versiones de la Adoración de los pastores y la Anunciación— acompañó la vida devota del monarca, marcada por la muerte prematura de María Amalia de Sajonia y la guía espiritual de fray Joaquín de Eleta.

Finalmente, el recorrido concluye mostrando cómo, desde la década de 1740, sus propuestas y las de Winckelmann impulsaron una renovación que culminaría en el Neoclasicismo, expandido por Europa y América, e imposible sin la fuerza artística de Antonio Rafael Mengs.

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