La comisaria Beatriz Alonso plantea esta exposición como una relectura del presente desde esas prácticas consolidadas que, a pesar del tiempo, se mantienen inquietas, permeables y críticas. Según sus palabras, tanto Mendizabal como Rom fueron protagonistas en la renovación de la escultura española en los años ochenta y noventa, cada uno en su contexto. Se conocieron solo a través de publicaciones como Lápiz, pero sus obras trazan relatos alternativos, minoritarios, que expanden la historia oficial del arte en nuestro país.
La materia como espejo del tiempo
“Oro tejido con paja” pone el acento en la materialidad: la vulnerabilidad, la resistencia, la plasticidad de los elementos con los que trabajan los artistas. El hierro, el barro, el plástico, el poliéster o la esparraguera salvaje se convierten en voces que hablan de la precariedad contemporánea, del peso de la memoria y de la fuerza de lo manual frente a la uniformidad tecnológica. La exposición funciona como un espejo de nuestro tiempo convulso, recordándonos que en la fragilidad hay una forma de resistencia.
Alonso contextualiza la muestra en un mundo en el que “orbita la muerte”: la pandemia, la violencia retransmitida en directo en redes sociales, la crudeza del neoliberalismo, el colapso ecológico, la distopía tecnológica y el aislamiento reciente. En medio de este escenario, el arte se vuelve urgente, casi vital. Para ella, ser artista —o estar artista— significa una manera de habitar, de dar sentido en medio del sinsentido, de seguir creando dentro y fuera del taller como gesto de supervivencia.
La invitación a Mendizabal y Rom responde a esa necesidad de reconectar con la obra de arte en su fisicidad, en su roce tangible. La comisaria busca contar otra historia de la escultura, más allá de la visión patriarcal que la asocia con fuerza bruta, dureza o resistencia física. Elena y Joan reivindican lo contrario: la capacidad de mostrar la herida, la duda, la vulnerabilidad, sin renunciar a la potencia.
El título de la muestra proviene de una cita de Ursula K. Le Guin, que en su ensayo En la frontera aboga por borrar las divisiones tajantes y habitar las zonas de indefinición. Ese “oro tejido con paja” es una metáfora de los territorios híbridos, del valor escondido en lo frágil, del esplendor que nace en lo aparentemente pobre. Así también funcionan las obras de Rom y Mendizabal: abren grietas en lo establecido para que aparezcan otras formas de conocimiento, más poéticas, imaginativas y políticas.
Trayectorias paralelas
Ambos artistas se formaron en Bellas Artes, con especialización en pintura, y han tenido en la docencia su principal sustento económico, lo que les permitió una independencia poco común respecto al mercado. Joan Rom decidió dejar de exponer en 1999, retomando en 2020 con nuevas energías. Elena Mendizabal, por el contrario, mantuvo una presencia continua, sobre todo en el País Vasco, vinculada a la llamada Nueva escultura vasca.
En esta ocasión, cada uno ocupa una sala distinta en La Casa Encendida: Mendizabal en la B y Rom en la C, construyendo un doble universo donde sus lenguajes confluyen sin confundirse.
Elena Mendizabal: el hierro y el color
Mendizabal, profesora en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco desde 1987, fue una figura clave en la renovación escultórica de los ochenta y noventa junto a artistas como Txomin Badiola, Pello Irazu o María Luisa Fernández. Su obra se alimenta del minimalismo y el arte povera, pero atravesados por ironía, pragmatismo y un uso metafórico de los objetos.
En la sala, el hierro articula todo el recorrido. Desde la pieza histórica Melena (1986), donde el metal funciona como un velo tras el que la artista se oculta, hasta la instalación monumental Sur le sol comme le débris (2023), que domina el espacio con tubos que parecen huesos, muros que dividen y un conjunto de esculturas en el suelo hechas con impresión 3D, alabastro, poliéster y plásticos. La tensión entre lo industrial y lo biomorfo late en cada fragmento.
La exposición se cierra con la inédita Ese quiebro (2025), donde varillas de hierro recubiertas de plastilina y pintadas al óleo se despliegan en un estallido cromático. La obra transmite la vitalidad del taller, la energía contagiosa de una práctica que oscila entre lo trágico y lo celebratorio.
Joan Rom: la huella del territorio
Rom, figura destacada de la escultura catalana de los ochenta y noventa, trabaja desde la recogida paciente de materiales en entornos rurales e industriales de Tarragona. Sus obras nacen de la observación del territorio y de un ejercicio de resignificación que borra las fronteras entre lo natural y lo artificial.
Entre las piezas presentes destaca Crosta (2023), donde experimenta con cúrcuma para teñir una superficie que parece herida cicatrizando en la pared. Su pasado pictórico se percibe en esa tendencia a trabajar sobre el muro, como dibujos tridimensionales. Otras obras como Idil·li (2020), Vedat (2021) o Festeig meridional (2023) incorporan ladrillos erosionados, hilos de cobre y barro, formando trazos que se deslizan por el espacio con un carácter orgánico.
Su instalación Erm (2024-2025), realizada con ramas de esparraguera afiladas hasta parecer espinas, dialoga con Redorta (1990), pieza temprana donde cepas y cobre conviven en frágil equilibrio. Ambas conectan también con la serie fotográfica Coses penjades dels arbres (2021), que documenta plásticos enredados en los árboles del Camp de Tarragona: imágenes de residuos convertidos en esculturas improvisadas por el viento.
Rom combina materiales industriales y naturales para generar un paisaje híbrido y frágil. Su obra más reciente, Jaeggy (2024), utiliza hueveras de cartón transformadas en flores, evocando tanto la infancia como el universo literario de Fleur Jaeggy.
Generaciones: 25 años de historia
La muestra se enmarca en el 25 aniversario de Generaciones, el programa expositivo de la Fundación Montemadrid que, desde el año 2000, ha apoyado a más de dieciocho mil artistas. A lo largo del año se sucedieron varias exposiciones: Veinticuatro años y un día, que repasó la colección; Generación 2025, dedicada a los premiados de esta edición; y Adónde irá el pájaro que no vuele, que reunió a participantes de ediciones anteriores.
El ciclo culmina con Oro tejido con paja, que reivindica a quienes quedaron fuera por la limitación de edad y que, sin embargo, siguen siendo fundamentales para comprender el arte contemporáneo en España. Por estas salas se reconoce el lugar de Mendizabal y Rom, pero también se cuestionan los criterios que durante años delimitaron quién podía —y quién no— ser considerado emergente.
Una invitación a habitar las grietas
Oro tejido con paja no es solo una exposición: es un manifiesto silencioso sobre la importancia del hacer manual, la escucha a la materia y la necesidad de habitar las grietas de un tiempo inestable. Mendizabal y Rom nos recuerdan que la escultura no se mide en toneladas ni en rigidez, sino en la capacidad de un objeto para hablar del mundo, de sus heridas y sus posibilidades.
En tiempos de uniformidad tecnológica y crisis planetaria, su obra nos invita a recuperar el contacto con lo tangible, con lo vulnerable, con aquello que se construye desde la atención y el cuidado. En el cruce entre hierro y barro, entre desecho y color, late un modo de estar en el mundo que, más que respuestas, propone preguntas. Y ese, quizá, sea el oro escondido en la paja de nuestra época.









