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Las buenas voluntades, los malos enfoques. Por Farid Bentria Ramos.

Farid Bentria Ramos
A menudo cometemos el error de acercarnos a otras realidades sin tener en cuenta que son tan válidas y respetables como la nuestra. Pasa incluso cuando queremos realmente ser solidarios, tener empatía, ser mejores. El humanismo real no se ejerce desde un diálogo que no sea horizontal, de tú a tú, sin paternalismos identitarios ni prevalencias culturales.

“Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho.
Todo lo que vemos es una perspectiva, no la realidad”, Marco Aurelio.

Para caminar en los zapatos del otro no debemos caer en la autocomplacencia ciega, tampoco en el triunfalismo que hace que nos aplaudamos por evacuar a miles de afganos mientras se proyectan refuerzos a los muros que les levantamos desde Europa a esos mismos refugiados, como en Grecia, donde el muro existente pasará de 13 a 40 km. Afirmo que por muy buena que sea la intención, si el enfoque no es el adecuado  la solución tampoco puede llegar a serlo.

Está claro que con la salida de las tropas internacionales de Afganistán (un territorio inestable más que no nace de su propia historia y contexto sino de los acuerdos Selky-Picot, y lo hace para cumplir la función de tapón entre imperios), y con el fracaso que ha supuesto el fácil y rápido ascenso al poder de los talibán, quienes más van a sufrir las consecuencias son las mujeres y la comunidad LGTBI.

Debemos ser conscientes y no mirar hacia otro lado. Ahora bien, debemos aprender del movimiento feminista que el primer error al querer ayudar  es partir del privilegio que nos hace ver a quien queremos ayudar como un menor de edad permanente, alguien a quien convertir en un eterno tutelado que no tiene capacidad para decir cuáles son sus prioridades, prioridades que nosotros elegimos pues, de manera finalista, por ellos (en este caso, sobre todo, por ellas) y lo hacemos basándonos en nuestro imaginario, experiencia y patrones propios. Hay una rémora de colonialismo, occidental y oriental, que pervive en esa actitud, la misma con la que se han vestido o desvestido a mujeres a lo largo de la historia, a unas por mostrar los senos según su cultura, a otras por no hacerlo. Si imponemos un patrón cultural como si fuese un modelo superior estamos dando alas a los discursos supremacistas, hay otra manera de hacer las cosas, maneras que no imponen, maneras que acompañan y escuchan, que aprenden, convencen y enseñan, que no buscan multiculturalidad sino interculturalidad, y la encuentran.

Maneras que serán acusadas de ser utópicas por los mismos que nos prefieren víctimas de una inocencia tan nutrida de buenas voluntades como de malos enfoques.  Los mismos que desatan la alarma ante el previsible aumento de humanos solicitando refugio a las puertas de la Unión Europea, acusan a las víctimas de ser el terror del que escapan, y consiguen que hagamos virales las fotos de propaganda soviética de la Universidad de Kabul en los años 70, contraponiendo mujeres con falda y sonrientes a la cárcel en vida tras el burka que les espera ahora. He aquí la inocencia a la que hacía referencia y que nos caracteriza, no sólo porque cuando hablamos de exportar valores occidentales obviamos que quisimos imponerlos con un arma tan devastadora como fue el colonialismo, sino porque no es casualidad que esas fotos se lancen desde ámbitos de ultraderecha  que omiten que el índice de analfabetización del Afganistán de los 70 era superior al 95% y que esas fotos no representaban la realidad de aquel entonces, o que, hasta hace unos días, en la Universidad de Herat más del 60% del alumnado eran mujeres, o que había, ahora, diputadas, presentadoras, etc., luchando por sus derechos e identidad,  cosas que en ese ficticio “antes” no existían y que nos llevan al fin real, que es contraponer un modelo occidental a uno islámico, provocando en última instancia islamofobia. No debemos ser cómplices, críticos sí, feministas siempre.

Dicen las mujeres afganas que quieren democracia, no bikinis, y la lectura paternalista es creer que no están empoderadas cuando son ellas las que han salido a manifestarse, con y sin hijab, por sus derechos, frente a hombres armados y terriblemente misóginos. Hay que tener la buena costumbre de escuchar los discursos como si fuesen audiciones a ciegas en vez de elegir a quién se escucha dependiendo de cómo vaya vestida.  Ellas nos dicen que lo importante es qué se dice y asegurar, a las mujeres del mundo, que puedan tener libertad para ocupar el espacio público, así podrán ir en el traje de baño que elija cada una de ellas, o desnudas si les apetece,  a la playa, cuando se pueda y, si se puede, con vosotras, juntas, en sororidad, entre iguales, en la mejor compañía.

“Girls just want to have fun.”

Farid Bentria Ramos.

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Mujeres en las calles de Afganistán.

A propósito de Afganistán.

Más allá de las imágenes de minifaldas que se han compartido masivamente en las RRSS del Afganistán de los 70, hay que detenerse en la cuestión de fondo: la imposición (y no la libre elección) para las mujeres no blancas de vestirse o desvestirse está ligada históricamente a la empresa colonial.

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