La instalación se presenta como una prolongación —y a la vez una emancipación— del proceso creativo que dio lugar a Sirāt, película reconocida internacionalmente y culminación de un recorrido autoral profundamente singular. Para Laxe, el cine impone límites narrativos que el museo permite desbordar. Aquí, las imágenes no obedecen a una progresión dramática ni a una lógica de causa y efecto: flotan, se repiten, se encarnan en el espacio. El cuerpo del espectador deja de ser pasivo y se convierte en materia sensible, en superficie de resonancia.
El título condensa ya un sistema simbólico complejo. En la tradición islámica, el sirāt es el puente que separa el infierno del paraíso, un tránsito tan frágil como decisivo. Por su parte, HU/ ھُوَ, “Él”, es concebido como el primer soplo sonoro de lo divino, la vibración originaria que antecede a toda forma. A estos significados se suma el eco de un verso místico: Bailad como si nadie os viera, atribuido a Yalal ad-Din Rūmī, figura central del sufismo. La obra se construye sobre esa tensión entre movimiento y revelación, entre carne y trascendencia.
La experiencia comienza en una sala en penumbra dominada por una pirámide de altavoces, evocadora del universo rave. No hay melodía reconocible ni progresión musical: solo una vibración persistente que actúa sobre el cuerpo antes que sobre el oído. El espacio funciona como una antesala ritual, un umbral sensorial que prepara al visitante para lo que vendrá. No se trata de escuchar, sino de disponerse.
En la sala contigua, tres proyecciones simultáneas despliegan paisajes desérticos bajo una luz implacable. Sobre el horizonte aparecen siluetas de templos, estructuras sonoras y cuerpos que danzan. Las imágenes, filmadas en Irán hace más de una década, remiten a arquitecturas religiosas concebidas como traducciones materiales de una geometría sagrada. Construcciones pensadas no solo para albergar, sino para orientar espiritualmente. Aquí, esos vestigios dialogan con cuerpos contemporáneos, con altavoces, con el pulso del presente.
El trabajo sonoro, desarrollado por Kangding Ray, no acompaña a la imagen: la atraviesa. El sonido se despliega en capas, se filtra entre ambas salas, borra la frontera entre dentro y fuera. La pieza audiovisual, de unos quince minutos, se reproduce en bucle, reforzando la sensación de tiempo suspendido. No hay inicio ni desenlace. Solo permanencia.
Visualmente, la instalación rehúye lo explícito. Fundidos, superposiciones y ritmos lentos construyen un lenguaje casi espectral. La abstracción —tanto visual como sonora— permite abordar la experiencia espiritual sin recurrir a iconografías religiosas ni a relatos cerrados. Laxe no propone una fe ni una doctrina: propone una experiencia. La inmanencia, lo corporal y lo inmediato, se convierte en vía hacia lo trascendente.
Este desplazamiento hacia lo sensorial y lo contemplativo conecta de manera orgánica con la filmografía del cineasta, que el Museo revisita a través de un amplio programa cinematográfico. La retrospectiva recorre desde sus primeros cortometrajes hasta sus cuatro largometrajes, obras marcadas por una espiritualidad austera, una atención extrema al paisaje y una narrativa contenida. En ellas, el silencio pesa tanto como la palabra, y el tiempo se dilata hasta convertirse en materia expresiva.
A esta revisión se suma una carta blanca en la que Laxe dialoga con otras miradas afines: películas que exploran la relación entre el ser humano, el territorio y el tiempo desde una perspectiva casi antropológica. Obras donde la vida cotidiana, el trabajo físico y los rituales se convierten en gestos esenciales, despojados de artificio: Highway (1999), de Sergei Dvortsevoy, un documental por los páramos de Kazajistán a través de un pequeño circo ambulante; La isla desnuda (1960), de Kaneto Shindo, que muestra la lucha cotidiana de una familia de cuatro miembros en una pequeña isla; Las estaciones (1975), de Artavazd Peleshyan, una oda al transcurrir del tiempo a través del paisaje armenio; y Trás-osMontes (1976), de Antònio Reis y Margarida Cordeiro, una antropología del campesinado portugués en sus rituales y pureza vital.
La exposición se completa con una charla inaugural que pone el acento en los procesos, las referencias visuales y las derivas conceptuales del proyecto. Un espacio de pensamiento compartido que subraya algo esencial en la obra de Laxe: su rechazo a la imagen como consumo rápido y su apuesta por la imagen como experiencia transformadora. Respecto al programa de cine, en la retrospectiva podrán verse tanto los tempranos cortometrajes del cineasta como sus cuatro largometrajes: Todos vós sodes capitáns [Todos vosotros sois capitanes] (2010), Mimosas (2016), O que arde [Lo que arde] (2019) y Sirāt. Trance en el desierto (2025) un programa en el Cine del Museo.
Nacido en París e hijo de la emigración gallega, Oliver Laxe ha construido una trayectoria coherente y radical, ajena a modas y concesiones. Su cine —y ahora su trabajo expositivo— se sitúa en un territorio fronterizo donde conviven el misticismo, la materia y la comunidad. No es casual que su práctica artística dialogue con proyectos de revitalización rural y desarrollo comunitario: en ambos casos, se trata de volver a habitar el mundo con atención, con cuidado, con sentido.
“HU/ ھُوَ . Bailad como si nadie os viera” no ofrece respuestas ni consuelo inmediato. Propone, más bien, una suspensión: un tiempo otro donde el cuerpo escucha, la imagen respira y el espectador se reconoce vulnerable. En un presente saturado de estímulos y certezas prefabricadas, la obra de Laxe invita a algo radicalmente sencillo y profundamente político: detenerse, sentir y cruzar el puente.
Más información AQUÍ









