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Crónica de Ramadán en Egipto. Un viaje de no retorno.

En el camino de regreso a mi pensión en Suez, tras haber pasado el día explorando las inmediaciones de su famoso canal, me encontré con calles adornadas con guirnaldas, telas de vivos colores y unos curiosos faroles cuya presencia no había percibido anteriormente. Me resultó agradable tal ornamentación, aún bajo la luz del día, pero no imaginaba lo que iba a vivir a partir de ese 12 de abril, primer día de ramadán.

Por José M. Diéguez Millán

Desde mi habitación oí música y mayor barullo en el exterior de lo habitual. Tras ducharme, al anochecer, salí a cenar. 

Encontré Suez abarrotado de gente y alumbrado con llamativos colores procedentes de los faroles, ahora encendidos, que hacían que las guirnaldas produjeran destellos al ser movidas por la brisa.

Tenía por costumbre acercarme cada noche a un horno donde, tras cenar, compraba algún dulce. El dependiente me conocía y me saludó de una manera más afectuosa aún que las veces anteriores. En esta ocasión elegí una galleta rellena de pasta de dátiles y, al preguntarle por su precio, me sorprendió respondiéndome: «Hallás» (ya está). Insistí en pagar, pero otro cliente me dijo: 

—Quiere regalártela: celebramos este mes intentando ser generosos y caritativos.

El día siguiente, ya digerido aquel postre, me encaminé a El Cairo. La capital lucía sus mejores galas y celebraba conciertos al acabar el ayuno, a la hora de la primera ingesta (iftar), tras ponerse el sol.

Al dirigirme en metro hacia Maadi – el barrio donde residía–, viví otra conmovedora experiencia: un joven militar, sentado a mi derecha, portaba en una de sus manos dos dátiles esperando con impaciencia la hora en la que podría comerlos. Durante el trayecto el sol se ocultó e inmediatamente el muchacho me ofreció uno de sus dos dátiles. El gesto me emocionó pero rechacé su entrañable oferta explicándole que quien necesitaba comerlos era él, que probablemente llevaba en ayunas alrededor de trece horas, y no yo (puesto que en Maadi, una de las zonas más gentrificadas de la capital, es fácil encontrar comida en ramadán durante todo el día). 

Sin embargo, tras cruzar a pie las vías del  metro desde donde se ubicaba mi piso, uno puede encontrar gente egipcia y un gran mercado donde me dirigí para hacer unas fotos durante el iftar. Observé cómo todos los comercios se habían cerrado por una o dos horas y sus trabajadores comían juntos ante las puertas de los negocios en mesas improvisadas. De repente, se me acercó un hombre ofreciéndome con insistencia un plátano a la vez que decía: «Ramadán Kareem!» (el mes es generoso). Esta vez acepté el regalo respondiendo: «Shokran» (gracias). 

Los veinte últimos días de ramadán los pasé en Alejandría: gente leyendo el Corán en el autobús, cafés y restaurantes cerrados hasta la puesta de sol, lugareños dando limosna y comida a los pobres y mendigos…

Me propuse hacer yo también el ayuno para vivirlo en primera persona. Recuerdo que las calles de Alejandría se quedaban desiertas a las 18:30. Mientras, absolutamente todos realizábamos nuestra primera ingesta: los caballos de los carros de tiro, los gatos callejeros…, y yo. 

Uno de aquellos días fui salvado de desfallecer gracias a que unos chicos me ofrecieron uno de los vasos de jugo de tamarindo que regalaban a los conductores que se detenían junto a un semáforo, y a que unos trabajadores me invitaron a la mesa delante de sus tiendas y compartieron conmigo unas empanadas calientes. Había olvidado comprar comida antes de que los comercios cerraran. A pesar de todo, recuerdo aquellos momentos con densos tintes de felicidad.

Tras narrar todo esto que os he contado a mi amiga alejandrina Nouran, ella me contestó:

—Cuando te digan «Ramadan kareem», responde: «Alah akram» (Alá es más generoso).

José M. Diéguez Millán es autor del libro ESTE

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5 comentarios en “Crónica de Ramadán en Egipto. Un viaje de no retorno.”

  1. Purificación Higueras Ruiz

    Que agradable y fácil de leer, todo insinúa cómo si fuera un sueño.
    Me ha dado paz la lectura , imaginando gente tan amable y encima he empezado a salivar…todo debía de estar delicioso.
    Gracias

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