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Estrómboli, la isla de ceniza y lava.

Al norte de Sicilia se hallan las islas Eolias, un archipiélago de nombre evocador tras su denominación por el dios del viento, Eolo. Tierra, agua, viento y fuego, todos los elementos confluyen en este lugar de playas, volcanes y aldeas apartadas.

Por José M. Diéguez Millán.

Si estás llegando a Estrómboli en el alíscafo proveniente de Nápoles, tu primera imagen de la isla será la de un cono casi perfecto junto a sus dos inseparables: la casi eterna nube en su cumbre, y un escarpado islote, a medio kilómetro de su costa, llamado Strombolicchio. El mar, cuyo color añil siempre recordarás, casi plano, permitirá a la nave avanzar ligera hacia el escueto puerto.

Si tienes la inmensa suerte de haber contactado a Mario y Eliana para quedarte en su casa ayudándoles en su huerto, te deleitarán con su deliciosa cocina y descansarás en una cama digna a cambio de tu colaboración. Mario te recibirá al desembarcar e iréis caminando juntos hacia lo que será tu hogar en Estrómboli: una casita con huerta delante, y más adelante la playa, y más adelante el mar. Detrás de ella tampoco habrá edificaciones: solo vegetación que arropa al volcán hasta media altura, dejándolo desnudo desde ahí hasta su cúspide. Tendrás en este palacio isleño un porche con dos tumbonas y una hamaca frente al mar. Y más de una vez te embelesarás contemplando ese paisaje. También dos gatos (Cicio y Franco) te harán compañía, así como te velará el aroma del fresal plantado junto a la puerta de tu cuarto, al dormir. Y te despertará el olor a pan recién hecho cada mañana. La máquina panificadora estará siempre programada para acabar a las 7:00 de la mañana su producto. El calor de las rebanadas, aún tibias a la hora del desayuno, potenciará el sabor de las mermeladas confeccionadas en esta casa que extenderás sobre ellas (adorarás la de kumquat).

Si trabajas en el huerto pasarás harto calor. Pero aprenderás curiosidades locales como que la tierra, negra, quema a mediodía y las plantas necesitan estar protegidas. Cubrirás el suelo que las circunda con paja para evitar la evaporación. El agua llega a Estrómboli en barco, desde Nápoles, cada cuatro días. El sacrificio de cuidar los vegetales dará deliciosos resultados: calabacines para vender, y tomates, frutas de la pasión, melones… Pararás de trabajar sobre las 11:30 y te irás a conocer la isla. Caminarás por sus callejuelas, conocerás sus calas de arena oscura, sus iglesias, sus tiendas e incluso un cementerio antiguo, oculto entre la maleza, junto al que recolectarás alcaparras. Te sentarás ante la casa de Ingrid y Roberto. Tras unos minutos, te parecerá verles llegar: Bergman y Rossellini asidos de la mano, paseando felices su criticado amor adúltero. Remando en el kayak que te preste Mario, llegarás a playas más alejadas de casa. O a Strombolicchio, y lo conquistarás.

Si subes al volcán, iniciarás la caminata a medianoche el día que Mario decida que es apropiado en función de la actividad de Estrómboli y del viento. Alcanzaréis la cumbre a las 3:00 de la madrugada y no podrás nunca explicar a nadie lo que sentirás viendo a solas con tu anfitrión una explosión tras otra: estremecedores rugidos y explosiones de luces incandescentes… Bajarás del volcán por la ladera opuesta para observar el sol emergiendo del mar.

Si te quedas en casa los fines de semana, conocerás a los amigos de Eliana y Mario. Un domingo, la mujer de Antonio hará un tiramisú utilizando ingredientes de cosecha propia. Y comerás un trozo… Y repetirás. María (la amiga dependienta de la tienda de suvenires) te regalará una camiseta y, al entregártela, te dirá:

—Eres la persona perfecta para Estrómboli.

La prenda será de color granate y su estampado representará un individuo caminando hacia la cima del volcán en erupción. La incluirás en tu equipaje y seguirás poniéndotela periódicamente, como hoy. 

Si, años después, la vida te lleva a rebuscar entre recuerdos y fotos de esta isla, al repasarlos, comprenderás que, en realidad, jamás dejaste Estrómboli.

José M. Diéguez Millán es autor del libro “ESTE”.

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