«La vergüenza debe cambiar de bando». Con estas palabras, así como con su decisión de hacer público su juicio, Gisèle Pelicot se ha convertido en un símbolo de la lucha contra la violencia hacia las mujeres. Servane Dècle y Milo Rau colaboran con los abogados de la familia Pelicot, el tribunal, psicólogos, taquígrafos judiciales, testigos y asociaciones feministas para relatar el juicio a un sistema: el patriarcado.
El punto de partida del montaje es la biografía de Gisèle Pelicot, militante feminista, enfermera y sobreviviente de una violación grupal ocurrida en 1983 en la ciudad de Metz. Lo que podría haberse convertido en una mera dramatización biográfica o en un panfleto didáctico se transforma, bajo la batuta de Rau y Dècle, en un ritual de reencarnación simbólica. Rau, conocido por su implicación ética en proyectos como The Congo Tribunal, aporta aquí su característico enfoque documental performativo. Pero es Dècle quien aporta el dispositivo poético que evita que el dolor quede fijado en lo literal. Pelicot no es representada por una actriz, sino por tres: Riane Ascaride, Marie-Christine Barrault y Marie Vialle , la interpretación de su ahora exmarido estuvo en manos de Philippe Torreton. Esta desdoblación polifónica rompe la lógica del tiempo judicial —lineal, archivístico— para proponer un tiempo afectivo, rizomático, donde el trauma no “pasa” sino que “insiste”.
El homenaje, en términos formales, subvierte la convención teatral desde el inicio. No hay telón. El público entra en una sala desnuda, emulando una sala de un tribunal real, donde los personajes se desdoblan y respiran la densidad dramática de una obra potente, que atraviesa conciencias.
Este inicio es uno de los momentos más estremecedores de la obra: no porque “pase algo”, sino porque el espectador es forzado a mirar —y a sostener la mirada— sobre lo que normalmente se evade.
A mitad del primer acto, se proyecta el juicio original de 1985: declaraciones judiciales, fragmentos del sumario, intervenciones del abogado defensor de los agresores que culpabilizaban a Pelicot por “provocar con su ropa de enfermera”. Estas escenas, reinterpretadas palabra por palabra, no apelan al morbo sino al estupor histórico: la violencia estructural está ahí, documentada y expuesta, sin necesidad de sobreactuación.
La escena más audaz —y también la más polémica— ocurre en el segundo acto: las tres intérpretes de Gisèle repiten una coreografía ritual en la que simulan limpiar el suelo con sus cabellos. Esta imagen —de una plasticidad hipnótica— remite al deseo imposible de borrar la violencia, pero también a la inutilidad de la penitencia. Aquí el cuerpo no es ya víctima ni símbolo, sino campo de resistencia y archivo vivo.
Desde un punto de vista literario, el texto de Dècle se sitúa en la intersección entre la poesía testimonial y la dramaturgia política. El lenguaje rehúye la ornamentación para centrarse en frases fragmentadas, casi escandidas, que devuelven al habla su precariedad inicial. Esta poética quebrada se convierte en un contrapunto a los registros judiciales que aparecen con frialdad técnica.
La inclusión de cartas reales de Gisèle Pelicot, leídas por mujeres del público que voluntariamente acceden a formar parte de la obra, desdibuja la frontera entre actores y espectadores. Aquí no se trata de identificación emocional, sino de responsabilidad colectiva. La obra, en ese momento, se convierte en espacio de escucha activa.
Representar esta pieza en la misma ciudad donde se juzgó —o, mejor dicho, se absolvió socialmente— a los agresores de Gisèle, constituye un acto sociopolítico con implicaciones profundas. El teatro se transforma en una forma de contrajusticia, una suerte de segunda instancia emocional. El hecho de que muchos asistentes fueran familiares de jueces, abogados o incluso antiguos miembros del jurado del caso, dota al espectáculo de una dimensión ritual de enfrentamiento con el pasado institucional.
Lo que Rau y Dècle parecen plantear no es solo la revisión de un caso olvidado, sino una denuncia feroz contra el modo en que la justicia patriarcal transforma la violencia en espectáculo burocrático. El teatro, en este contexto, invierte el mecanismo: transforma el archivo muerto en cuerpo vivo, el protocolo en grito, la sentencia en interpelación.
Este homenaje a Gisèle Pelicot no busca glorificar su figura ni canonizarla como mártir, sino devolverle la potencia de la vida que le quisieron arrebatar. No es una elegía, sino una venganza simbólica. En una época donde la memoria es convertida en efeméride y la justicia en algoritmo, Rau y Dècle reafirman el teatro como espacio insustituible para volver a sentir lo que la historia quiso adormecer.
En el temblor de esas tres mujeres encarnando a Gisèle —en sus danzas, sus silencios y sus cuerpos extenuados— no vemos una representación, sino una restitución. Y en esa restitución, no hay consuelo, pero sí posibilidad. Posibilidad de que la violencia no sea el final del relato. Posibilidad de que el teatro sea todavía, como en sus orígenes, un espacio para el dolor colectivo… y su transformación.









