Urban Beat Contenidos

Horizontes que flotan: cómo los Países Bajos transforman la vivienda en un refugio sobre el agua

Cuando el agua desborda sus bordes, cuando la lluvia se vuelve persistente y las infraestructuras crujen bajo el peso de un clima que ya no promete tregua, los Países Bajos reaccionan no con pánico, sino con una serenidad empírica heredada de siglos de convivencia con la incertidumbre. Allí, donde buena parte del territorio se encuentra por debajo del nivel del mar, los ciudadanos han aprendido a leer el agua como un código y no como un presagio. Y hoy, ante inundaciones cada vez más frecuentes y una crisis habitacional que estrecha las ciudades, el país despliega una respuesta inesperada y profundamente creativa: viviendas que flotan, comunidades anfibias, urbanismo líquido. Este giro no es una extravagancia ecológica ni una utopía arquitectónica; es, más bien, un nuevo capítulo de una larga relación entre el ser humano y el agua. En lugar de combatirla con murallas aún más altas, los neerlandeses están proponiendo un cambio de paradigma: habitar con el agua, no contra ella.

En este punto crucial destaca la vivienda diseñada por i29 architects que no es solo una casa flotante; es una pieza dentro de un organismo más vasto y ambicioso: Schoonschip, ese laboratorio de 46 hogares que aspira a convertirse en la comunidad flotante más sostenible de Europa. Allí, donde antaño dormía un canal industrial abandonado, más de un centenar de residentes han devuelto al agua su función primordial: ser lugar de vida, respiración y encuentro. El pasado fabril aún vibra bajo la superficie, como un rumor oxidado, pero hoy la zona se transforma con una velocidad que asombra, convirtiéndose en una suerte de sala de estar anfibia donde la ciudad se experimenta de otra manera.

En este vecindario, todo está pensado para que el agua no sea obstáculo, sino fuerza estructural. Schoonschip se concibe como ecosistema urbano capaz de integrarse en Ámsterdam sin borrar su memoria: aprovecha la energía del entorno, depura y reutiliza el agua, recicla nutrientes y abre grietas para que la biodiversidad recupere su espacio. No es un gesto cosmético: es un intento de reescribir cómo habitamos un planeta que se hunde y se recalienta.

La infraestructura es tan silenciosa como radical. El barrio funciona de manera autosuficiente, sosteniéndose en prácticas de economía circular y convirtiéndose, casi sin proclamarlo, en un escaparate de lo que podría ser la vida sostenible en las ciudades del futuro. Un muelle inteligente —pasarela y columna vertebral— enlaza las 46 casas flotantes entre sí. Arriba, es el lugar donde la comunidad se reconoce: un corredor de proximidades, saludos y rituales cotidianos. Debajo, laten las conexiones invisibles: líneas que distribuyen energía, gestionan residuos, reparten agua y hacen de lo flotante un sistema coherente.

Dentro del trazado urbano y los límites de cada parcela acuática, la uniformidad se disuelve. Cada casa puede ser distinta, nacida de un arquitecto elegido por sus habitantes. La de i29 surgió de un desafío concreto: maximizar el espacio dentro de un volumen limitado sin abandonar la silueta arquetípica de una casa, pero reinterpretándola con un giro sorprendente. Así nace un volumen que flota con un tejado inclinado, cuya coronación, sesgada en diagonal, no solo amplifica el espacio interior, sino que también produce un gesto arquitectónico limpio, casi meditativo, hacia el exterior.

Para i29, arquitectura e interior no son capas autónomas, sino respiraciones interdependientes. El exterior de esta casa es la consecuencia directa de un estudio hacia adentro, mientras que el interior se deja moldear por lo que ocurre afuera. El corazón del hogar es un atrio vertical de tres plantas que actúa como pulmón luminoso. Desde allí, los espacios se despliegan hacia una terraza con logia situada justo sobre el nivel del agua: un umbral íntimo donde el exterior se filtra de forma medida.

Las vistas no son un accidente, sino una coreografía. En el sótano, se observa el agua casi a la altura de los ojos: una experiencia que recuerda que la casa descansa —literalmente— sobre un elemento vivo. Desde la sala de estar, la panorámica aparece solo cuando uno se sienta, como si la arquitectura invitara al reposo para comprender el paisaje. La cocina, en el nivel superior, ofrece una apertura franca hacia el norte y el sur del canal, mientras que el último piso se abre mediante un corte en el techo que regala una logia y una terraza orientada al puerto. La casa no mira el paisaje: lo selecciona, lo edita, lo convierte en parte de su dramaturgia cotidiana.

A pesar de lo sofisticado del concepto, el proyecto se ejecutó con un presupuesto ajustado. Esa limitación se transformó en virtud: obligó a soluciones simples, precisas, capaces de sostener una identidad fuerte sin excesos formales. La casa respira eficiencia energética y respeto ecológico, no como consignas, sino como realidad medible. Y al integrarse en la red inteligente del barrio, su sostenibilidad adquiere otra dimensión: la energía no solo se ahorra, también se comparte, prolongando el alcance de cada panel solar, de cada metro cúbico recuperado, de cada decisión consciente.

En Schoonschip, nada existe de manera aislada: cada hogar es parte de un tejido que flota y se adapta. La casa de i29, con su geometría precisa y su interior líquido, no pretende ser un objeto icónico, sino un eslabón más de esa nueva forma de habitar el agua. Una forma que no renuncia a la belleza ni a la funcionalidad, que convierte las restricciones en posibilidades y que, sobre todo, propone algo que la arquitectura contemporánea había olvidado: vivir sin miedo al movimiento.

La filosofía del movimiento: vivir donde el agua respira

Este principio, conocido en los Países Bajos como meebewegen —moverse con el agua—, se expresa hoy en barrios flotantes donde la línea entre tierra firme y superficie líquida es un territorio de encuentro. Uno de los ejemplos más emblemáticos es Schoonschip, un barrio al norte de Ámsterdam donde decenas de casas flotantes se articulan mediante pasarelas, sistemas energéticos compartidos y conexiones flexibles que les permiten ascender o descender según varíe el nivel del agua. Las viviendas, construidas en plataformas huecas de hormigón y ancladas con pilotes metálicos, combinan lo técnico con lo íntimo, lo ecológico con lo comunitario.

Ese modelo se ha convertido en un laboratorio urbano: las casas se autoabastecen en buena parte, intercambian excedentes de energía solar y funcionan como células interdependientes de un organismo mayor. La sostenibilidad deja de ser un eslogan y se vuelve estructura física.

Esta aproximación se replica en otros espacios del país. Rotterdam, ciudad siempre en diálogo con el agua, alberga incluso una granja flotante, donde la producción lechera se mantiene sobre plataformas que suben y bajan con las mareas. Es una imagen que roza lo fantástico: vacas pastando sobre el agua, guiadas por la misma lógica hidráulica que sostiene casas, oficinas y escuelas flotantes.

El diseño que piensa como el agua

Detrás de estas soluciones se encuentra una generación de arquitectos neerlandeses que ha convertido la ingeniería flotante en un campo riguroso y escalable. Estudios como Waterstudio, liderado por Koen Olthuis, han impulsado la idea de que la vivienda del futuro no tiene por qué estar anclada a la tierra. Su filosofía es simple: si el agua sube, que la casa suba también. Si el agua baja, que descienda sin fracturas ni dramatismos.

La tecnología no es estridente ni futurista. Se basa en estructuras flotantes de gran estabilidad, conexiones flexibles para servicios esenciales y materiales pensados para minimizar el impacto ambiental. El resultado es una arquitectura pragmática, que rehuye del espectáculo pero aporta algo más valioso: resiliencia.

Exportar la experiencia: de los canales europeos a los archipiélagos amenazados

La audacia holandesa no se ha quedado dentro de sus fronteras. Su saber hacer se proyecta hacia regiones donde el mar no solo amenaza territorios, sino identidades completas. Países como las Maldivas o territorios de la Polinesia Francesa, cuyos horizontes podrían perderse bajo el aumento del nivel del mar, han encontrado en la ingeniería flotante neerlandesa una vía de supervivencia.

En las Maldivas, por ejemplo, el proyecto de ciudad flotante diseñado por Dutch Docklands, en colaboración con arquitectos holandeses, busca crear una urbe sobre módulos hexagonales inspirados en la formación del coral cerebral. Allí, donde el territorio se desdibuja año tras año, surge una propuesta que no pretende vencer al océano, sino coexistir con él. Se trata de una ciudad preparada para ascender cuando el mar lo exija, capaz de albergar decenas de miles de personas sin sacrificar la delicada ecología local.

Este tipo de iniciativas trasciende la ingeniería. Se convierten en herramientas diplomáticas, económicas y culturales. Invitan a imaginar cómo se redefine una nación cuando su base física —la tierra misma— comienza a desaparecer. Y es aquí donde el modelo holandés adquiere una dimensión ética: exportar tecnología flotante no puede convertirse en un gesto de imposición, sino en un diálogo respetuoso con las tradiciones y las memorias marítimas de las comunidades que la adoptan.

A pesar del entusiasmo internacional, el modelo no está libre de tensiones. La reivindicación de la vivienda flotante como solución accesible tropieza con realidades socioeconómicas: en algunos casos, estas casas siguen siendo costosas y orientadas a clases medias-altas. Además, su integración en los sistemas legales, fiscales y urbanísticos plantea fricciones que los gobiernos aún no han resuelto por completo.

Más allá del costo, persisten debates ambientales y culturales: ¿cómo garantizar que lo flotante no vuelva a reproducir desigualdades?, ¿cómo evitar que la arquitectura acuática se convierta en un privilegio estético y no en una política pública inclusiva? Estas preguntas resuenan tanto en los Países Bajos como en los archipiélagos que buscan replicar el modelo.

Con todo, hay algo profundamente evocador en esta apuesta por flotar. En un mundo marcado por la aceleración de tormentas, por la erosión de costas y por el cuestionamiento mismo de la permanencia, los Países Bajos ofrecen una lección que trasciende lo técnico: la adaptación puede ser bella, puede ser colectiva, puede desplazar el miedo sin negar la amenaza.

Las casas flotantes no prometen un mundo sin agua —nada puede hacerlo ya—, pero sí un modo de habitarla sin quedar hundidos. Es un gesto de humildad y, al mismo tiempo, de extraordinaria ambición: aceptar que la tierra se mueve, que el mar avanza, y que la arquitectura puede convertirse en un acto de supervivencia que no renuncie a la dignidad ni a la imaginación.

El desarrollo basado en el océano de la Ciudad Flotante de Maldivas es un ambicioso plan para aliviar la presión sobre la tierra y proporcionar viviendas.

Compartir:

Facebook
Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Descarga ahora el último número de nuestra revista!

Es Devlin, ‘Other Worlds’ y la monumentalidad de un boceto en el Design Museum de Londres

Es Devlin lleva tres décadas explorando hasta dónde puede llegar el diseño escénico cuando el espacio deja de funcionar como simple fondo y adquiere capacidad crítica. Su trayectoria profesional comenzó en el teatro de pequeño formato, con una temprana expansión hacia la ópera y otros territorios escénicos más ambiciosos. Con el tiempo, esa investigación abandonó los límites del escenario para encontrar nuevas dimensiones en museos, instalaciones y acontecimientos multitudinarios. La escala cambió, pero permaneció una misma inquietud: cómo conseguir que la luz, la materia y el movimiento transformen nuestra percepción de un lugar y generen estados anímicos aparentemente ajenos a la propia creación artística que los provoca. ‘Es Devlin: Other Worlds’, su primera retrospectiva europea, recorre ahora en el Design Museum de Londres esa evolución a través de obras, películas, maquetas, dibujos y bocetos que permiten observar tanto sus resultados como los mecanismos que los hicieron posibles. La muestra permanecerá abierta hasta el 4 de abril de 2027.

‘The Nue Black Aesthetic’ reivindica la diversidad creativa de los diseñadores negros en Londres

La identidad cultural puede alimentar la creatividad, preservar la memoria colectiva y fortalecer el sentimiento de pertenencia. Sin embargo, también puede convertirse en una etiqueta que condiciona la libertad de los artistas cuando se espera que su obra responda necesariamente a las tradiciones, los símbolos o los códigos estéticos asociados a su origen. Compartir una herencia cultural no significa compartir una misma manera de interpretarla ni, mucho menos, estar obligado a representarla. Esta contradicción constituye el punto de partida de ‘The Nue Black Aesthetic’, la exposición que el Design Museum de Londres presentará del 6 de noviembre de 2026 al 8 de agosto de 2027. La muestra plantea la necesidad de reivindicar una identidad históricamente relegada sin encasillar a sus creadores en aquello que precisamente los identifica. Porque reconocer la diversidad cultural también exige aceptar que cada artista tiene derecho a reinterpretar su herencia, transformarla o desarrollar un lenguaje propio que no necesite recurrir a ella.

El Premio Europeo del Espacio Público Urbano selecciona 25 proyectos que replantean la ciudad contemporánea

El Premio Europeo del Espacio Público Urbano alcanza en 2026 la participación más elevada de su historia, con 381 propuestas procedentes de 38 países. La cifra confirma la dimensión continental del certamen, pero también expone una urgencia menos celebratoria: la ciudad europea debe revisar cómo administra el territorio común cuando la emergencia climática, la desigualdad social y la transformación de la movilidad han dejado de pertenecer al futuro para condicionar la vida cotidiana.

Luke Edward Hall despliega el imaginario de las Tullerías sobre la hierba en un pícnic ilustrado

La segunda temporada de «From les Tuileries with Love», presentada el 15 de junio de 2026, devuelve a Luke Edward Hall al Jardín de las Tullerías para transformar el paisaje parisino en una colección de objetos destinados al pícnic, el descanso y la creación artística, y demostrar que el patrimonio también puede abandonar momentáneamente el pedestal, sentarse sobre la hierba y participar en los pequeños rituales del verano.

‘Architects of Liberation’: el modernismo africano que desafió al relato colonial

La arquitectura también puede ser una declaración de soberanía. A veces, un edificio no se limita a ordenar el espacio ni a resolver una función: levanta una idea de país, discute con el pasado, ensaya una nueva forma de ciudadanía y convierte el hormigón, el vidrio o la geometría en lenguaje político. Esa es la tesis que recorre ‘Architects of Liberation: Modernism in Western Africa’, la exposición con la que el Museum of Modern Art de Nueva York sitúa en el centro del debate una de las zonas menos atendidas por el relato canónico de la modernidad arquitectónica: África occidental durante los años de la independencia.
La muestra, que puede verse del 5 de julio de 2026 al 2 de enero de 2027 en las Robert B. Menschel Galleries, en la tercera planta del MoMA, examina la arquitectura moderna producida desde finales de los años cincuenta hasta comienzos de los ochenta en el contexto de la emancipación política africana. Su importancia no reside únicamente en la recuperación de edificios, planos, fotografías o maquetas olvidadas, sino en la corrección de una mirada histórica que durante demasiado tiempo leyó el modernismo como un relato casi exclusivamente europeo o norteamericano.

‘Residencia’, la arquitectura enterrada donde los científicos descansan antes de interrogar el universo

En el desierto de Atacama, donde la sequedad extrema y la oscuridad casi absoluta han convertido el paisaje en una de las grandes cámaras naturales de observación astronómica del planeta, existe un edificio que parece concebido desde una contradicción esencial: desaparecer para hacer posible la mirada. Se llama ‘Residencia’, aunque durante años también ha sido conocido como el hotel de Cerro Paranal. Pertenece al Observatorio Paranal, operado en Chile por el European Southern Observatory, ESO, y funciona como alojamiento para astrónomos, ingenieros y personal técnico vinculado al Very Large Telescope. Su naturaleza, sin embargo, no es la de un hotel convencional. ESO precisa que el alojamiento y las comidas están reservados a su personal, con excepciones puntuales para visitas autorizadas. Su razón de ser no pertenece al turismo, sino a la supervivencia científica en uno de los territorios más exigentes del mundo.

También te puede interesar

‘Los huesos’ reúne investigación forense, autoficción y música frente a la desaparición forzada

La desaparición forzada deja cuerpos pendientes de un nombre y biografías privadas de sus restos. En esa fractura se sitúa ‘Los huesos’, el montaje dirigido por Manuela Infante y protagonizado por Marcela Salinas que reúne investigación forense, autoficción y música de Matthew Herbert para interrogar las huellas de la violencia. La producción del Centro Dramático Nacional ofrece cuatro funciones en Madrid, hasta el 18 de octubre, en la Sala Grande del Teatro María Guerrero.

Louis Vuitton y Riot Games imaginan un día en la vida de K/DA en ‘Tempo Point’

Riot Games y la firma francesa amplían su colaboración con un volumen de la colección Travel Book que imagina veinticuatro horas en la vida de las cuatro integrantes del grupo virtual de ‘League of Legends’. La publicación reúne música, ilustración y moda en ediciones que van del libro de distribución comercial a la pieza de coleccionista.

Jaume Clotet: «El catalán es un paciente con una salud de hierro. Quien considere que Catalunya ha pasado página se equivoca»

La relación entre memoria histórica e identidad política ocupa el centro de esta conversación con Jaume Clotet i Planas (Barcelona, 1974), periodista, historiador y escritor cuya trayectoria reúne redacciones y responsabilidades de comunicación institucional. Coautor de ‘Lliures o morts’ y ganador del Premio Josep Pla con ‘La Germandat de l’Àngel Caigut’, ha culminado en 2026, con ‘L’espasa del rei’, la trilogía iniciada con esta novela. Desde la figura de Ermengol Amill y la derrota de 1714, Clotet examina la vigencia del catalanismo, el futuro del independentismo y la situación del catalán, mientras defiende la literatura como una vía para comprender el presente y cuestiona un periodismo que refuerza las trincheras ideológicas.

Scroll al inicio

¡Entérate de todo lo que hacemos

Regístrate en nuestro boletín semanal para recibir todas nuestras noticias