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El encuentro entre danza contemporánea y flamenco redefine el lenguaje escénico en “Ri Te”

En el escenario no hay conciliación posible, solo fricción. Y, sin embargo, de esa tensión nace un idioma compartido. Contemporánea Condeduque, acogerá los próximos 20 y 21 de marzo el estreno en la capital de “Ri Te” una pieza que enfrenta —y a la vez entrelaza— a la coreógrafa Marlene Monteiro Freitas y al bailaor Israel Galván. Dos cuerpos, dos tradiciones, dos pulsiones escénicas que no buscan fundirse, sino dialogar desde la diferencia.

A un lado del escenario, Monteiro Freitas despliega una escritura corporal que oscila entre la exactitud quirúrgica y el desbordamiento. Su movimiento transita de lo mecánico a lo visceral, como si cada gesto estuviera a punto de romper su propia lógica. En el extremo opuesto, Galván irrumpe con un zapateado veloz, reconocible, casi incendiario, que de pronto se suspende en el silencio, en la pausa, en una quietud que también habla. Entre ambos no hay jerarquía ni acompañamiento: hay choque, hay réplica, hay escucha.

Lo que se construye frente al espectador es una gramática inédita, hecha de pasos, interrupciones, impulsos y cortes abruptos. Una conversación física donde el ritmo no es solo música, sino argumento. Se observan, se retan, se seducen. La escena adquiere por momentos una cadencia casi ritual, con ecos de un enfrentamiento coreografiado que recuerda —sin necesidad de subrayarlo— a ciertas liturgias del cuerpo, como si el movimiento fuese también una forma de lidia simbólica.

La improvisación actúa como un sistema nervioso que mantiene viva la pieza. Nada parece completamente fijado, y sin embargo todo está sostenido por una inteligencia compartida del tiempo escénico. Ri Te no es solo un encuentro: es una negociación constante entre dos formas de entender el cuerpo como territorio expresivo. Hay humor, hay extrañeza, hay momentos de una ligereza casi lúdica que irrumpen en medio de la tensión.

Este cruce no surge de la casualidad, sino de un deseo sostenido en el tiempo. Monteiro Freitas y Galván llevaban años orbitando la posibilidad de encontrarse sobre un mismo escenario. Sus universos, en apariencia lejanos, comparten sin embargo una obsesión común: el ritmo como fuerza estructural y la capacidad de tensar el gesto hasta llevarlo al límite de su expresividad.

Nacida en Cabo Verde, Marlene Monteiro Freitas se ha consolidado como una de las voces más singulares de la danza contemporánea europea. Sus creaciones —entre ellas Guintche, Bacchantes, D’ivoire et chair o Mal— se caracterizan por una intensidad física y una hibridación formal que desafía cualquier clasificación cómoda. Su trayectoria ha sido reconocida con galardones como el León de Plata de la Bienal de Venecia en 2018, el Premio Chanel Next y el Premio Evens Arts en 2021. En su trabajo, el cuerpo no ilustra: desborda.

Frente a ella, Israel Galván encarna una de las mutaciones más radicales del flamenco contemporáneo. El bailaor sevillano no ha reformado el género: lo ha tensionado hasta hacerlo irreconocible por momentos, sin romper nunca del todo con sus raíces. Su lenguaje se construye a partir de la fragmentación, la acumulación y la ruptura del gesto, en un equilibrio inestable entre tradición e invención. Su carrera, jalonada de reconocimientos —desde el Premio Nacional de Danza hasta el Bessie Award o la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes—, ha consolidado una figura que ya no pertenece únicamente al flamenco, sino a la escena internacional en su conjunto.

En 2025, Galván presentó Israel & Mohamed, una colaboración con Mohamed El Khatib estrenada en el Festival de Aviñón, donde ambos exploraban la dimensión documental de la danza bajo la mirada, casi perpleja, de sus propios padres. Ese mismo año, el Théâtre de la Ville de París le dedicó el programa especial Focus Israel Galván, celebrando quince años de vínculo entre el artista y la institución.

Ri Te se inscribe en esa misma lógica de búsqueda: no como síntesis, sino como fricción productiva. Lo que sucede en escena no pretende reconciliar lenguajes, sino exponerlos en su diferencia, obligarlos a convivir, a contaminarse. En ese espacio intermedio —incómodo, vibrante— es donde emerge algo parecido a una verdad escénica.

Madrid, durante dos noches, será testigo de ese diálogo. O, quizá, de ese pulso. Porque en Ri Te no hay un acuerdo final: hay un intercambio constante donde el cuerpo piensa, responde y se expone. Y en ese vaivén, el espectador no asiste a una coreografía cerrada, sino a un organismo vivo que se construye y se deshace en tiempo real.

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