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“Ese ruido es un animal” propone una historia generacional atravesada por la música, la pandemia y el encierro

El teatro, cuando decide interrogar su propia función, deja de ser un espacio de representación para convertirse en un dispositivo de intensidad que trasciende el tiempo y el espacio porque se intuye su propia significancia cultural. Con Ese ruido es un animal, María Velasco escribe y dirige una nueva producción de Cuarta Pared que, tras aplazar su estreno inicial, podrá verse finalmente del 7 al 23 de mayo. Lejos de limitarse a una propuesta escénica convencional, la pieza articula una hipótesis que atraviesa todo el montaje: que la vida, en su forma más radical, necesita una banda sonora capaz de intensificar la experiencia, de activar el cuerpo y de devolverle una conciencia que el entorno digital tiende a diluir.

La obra no se construye desde la afirmación, sino desde la pregunta. Velasco sitúa al espectador frente a un conjunto de interrogantes que operan como motor conceptual: en un contexto donde las relaciones están mediadas por pantallas y algoritmos, ¿existen todavía espacios donde los cuerpos puedan perder su contorno individual y fundirse en una experiencia compartida? ¿Puede el teatro asumir hoy una función catártica real? ¿Sigue siendo un arte potencialmente político o ha quedado absorbido por la lógica del entretenimiento? Estas cuestiones no se formulan como discurso, sino como tensión escénica, como una vibración que recorre el montaje.

El reparto, integrado por intérpretes formados en distintas etapas de la escuela de Cuarta Pared, encarna esa idea de comunidad heterogénea. Procedentes de generaciones y trayectorias diversas, los actores comparten una misma ética del trabajo escénico, una forma de entender el teatro como espacio de riesgo y de exposición. A este núcleo se suman colaboraciones que amplían el alcance del proyecto: la dramaturga y directora Ruth Rubio, la coreógrafa chilena Javiera Paz y la creadora argentina Marina Otero, cuya presencia introduce una dimensión transnacional en el proceso creativo.

Uno de los ejes conceptuales más sugerentes de la pieza se encuentra en su diálogo con un episodio histórico: la llamada “peste de la danza”. Documentada en Europa entre la Edad Media y el Renacimiento, esta anomalía colectiva llevó a grupos enteros de personas a bailar de forma incontrolada hasta el agotamiento extremo. Velasco recupera este fenómeno no como curiosidad histórica, sino como síntoma de una necesidad persistente: la de desbordar el cuerpo, la de buscar en el movimiento una forma de liberación o de pertenencia. La obra establece un paralelismo con la cultura rave contemporánea, preguntándose si esos espacios de música y trance comparten un mismo origen irracional y comunitario.

En este cruce entre pasado y presente, la pandemia de la COVID-19 aparece como un punto de inflexión. El confinamiento y la digitalización acelerada de las relaciones han reducido los espacios de contacto físico, pero al mismo tiempo han intensificado el deseo de encuentro. Ese ruido es un animal no reproduce una rave ni pretende reconstruir ese tipo de experiencia, sino que propone una genealogía abreviada de la música como forma de cohesión social, como lenguaje que articula identidades y que permite a los individuos reconocerse en un colectivo.

La trama sitúa a un grupo de jóvenes que acuden a un festival de música con la intención de desconectar y habitar el presente. Sin embargo, lo que debía ser un episodio efímero se transforma en un encierro prolongado cuando estalla la pandemia y quedan aislados durante semanas. La música, lejos de desaparecer, se convierte en una presencia constante, en una especie de latido que acompaña la convivencia forzada. En ese espacio cerrado emergen vínculos inesperados, tensiones emocionales y preguntas sobre un futuro que deja de ser previsible. La obra se configura así como un relato sobre el crecimiento en un tiempo inestable, donde la identidad se construye en medio de la incertidumbre.

La relación de Velasco con Cuarta Pared no es circunstancial. Desde 2008, cuando fue becada en los laboratorios ETC para desarrollar Günter, un destripador en Viena, la autora ha mantenido un diálogo sostenido con la compañía. Proyectos como Gen.Esix, Destino o Lo real han ido consolidando una trayectoria marcada por la exploración formal y la inquietud conceptual. Esta continuidad permite entender Ese ruido es un animal no como un gesto aislado, sino como una nueva variación dentro de un proceso de investigación prolongado.

Reconocida con el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2024, Velasco se ha situado como una de las voces más relevantes del panorama escénico contemporáneo. Sus textos han sido premiados y representados en circuitos públicos y alternativos, y han transitado por festivales que funcionan como espacios de legitimación cultural. Sin embargo, más allá de los reconocimientos, su trabajo se caracteriza por una voluntad constante de cuestionar los límites del lenguaje teatral, de desplazar sus convenciones y de explorar nuevas formas de relación con el espectador.

Ese ruido es un animal se inscribe en esa línea de búsqueda. La obra no ofrece respuestas cerradas ni pretende resolver las preguntas que plantea. Su apuesta consiste en generar una experiencia donde el cuerpo vuelva a ocupar un lugar central, donde la música no sea un acompañamiento, sino una fuerza que atraviesa la escena y al espectador. En un momento en el que la cultura tiende a la fragmentación y a la mediación tecnológica, Velasco propone un retorno a lo físico, a lo compartido, a esa dimensión del teatro que solo puede existir en presencia. No como nostalgia, sino como necesidad. Porque quizás, como sugiere la pieza, el verdadero ruido no está fuera, sino en la dificultad de volver a escucharnos colectivamente.

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