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Bewis de la Rosa, referente del rap rural, conversa con Urban Beat en pleno tránsito creativo hacia «El hogar en la linde»

Bewis de la Rosa ha convertido el rap rural en algo más que una etiqueta sonora: lo ha transformado en un territorio poético, político y corporal desde el que pensar la pertenencia, la memoria y la posibilidad de levantar una casa propia en los márgenes. Artista interdisciplinar formada en la danza, atravesada por el teatro físico, la performance, la música y las artes plásticas, su obra no responde a la acumulación de disciplinas, sino a una forma orgánica de hacerlas dialogar. En su universo, el cuerpo dice aquello que la palabra no alcanza, la melodía abre zonas de intimidad y los objetos rurales cotidianos —el botijo, la cuchara, el puchero, el mandil, el caracol o la bolsa de pan— adquieren una densidad simbólica cercana al rito.

En esta conversación con Urban Beat, Bewis de la Rosa plantea su discurso desde la memoria rural y los símbolos de la infancia hacia cuestiones decisivas del presente: la identidad, la diversidad, el liderazgo femenino, el papel de las instituciones culturales o la maternidad como experiencia vital y artística. Lo hace sin convertir esas ideas en consignas, sino desde una conciencia crítica que entiende el arte como un territorio de mediación entre lo visible y lo invisible, entre la intimidad y lo colectivo, entre la herencia recibida y la posibilidad de construir un lenguaje propio. En esa linde —entre el campo y la ciudad, entre el duelo y la celebración, entre la raíz y el movimiento— aparece una artista que no solo canta un territorio, sino que lo piensa, lo habita y lo transforma en una poética contemporánea.

¿Cuándo comprendiste que la cultura y el arte eran tu camino?

Creo que desde pequeña siempre lo viví como un medio de expresión necesario. El arte me aportaba aprendizaje, orden y un lugar desde el que poder expresarme. Sobre todo, ese primer vínculo llegó a través de la danza. La danza fue la primera piedra de mi lenguaje artístico.

Después me interesó ir saltando de una disciplina a otra. Fui encontrando el teatro físico, la performance, la música, que siempre estuvo ahí, y también las artes plásticas. Siempre ha existido en mí una mirada poliédrica e interdisciplinar. Creo que todo nació de una necesidad de expresión muy genuina durante la infancia, pero luego esa necesidad se fue desarrollando y abrió diferentes puertas a lo largo de mi vida.

Eres una artista multidisciplinar. ¿Cómo se relacionan esas distintas facetas a la hora de construir tu relato interior?

Me gusta más la palabra interdisciplinar que multidisciplinar. A veces, lo multidisciplinar parece sugerir que sabes hacer muchas cosas, y yo no sé si sé hacer muchas. Lo que sí me interesa, y creo que he ido trabajando desde un lugar de artesanía, es la interdisciplinariedad: la posibilidad de conectar esos lenguajes.

Lo que me mueve es entender el cuerpo como algo muy amplio, como un contenedor de muchas cosas que no están separadas en compartimentos cerrados. Una empieza donde termina la otra. A veces, la palabra puede contar y comunicar algo que el cuerpo no puede decir. Otras veces, el cuerpo realiza un acto comunicativo que da más en el clavo, que resulta más apropiado. Y, en otras ocasiones, es una melodía la que te atraviesa.

Depende de lo que quiera comunicar. Para mí, lo artístico es un acto comunicativo y también una forma de comprensión del individuo: de cómo ese individuo se conecta con los demás, con el colectivo y con lo que le rodea. A veces puedo hacerlo desde un soporte y otras veces desde otro. Por eso me gusta definirme desde esa forma de interconectar los lenguajes.

El pistoletazo de salida fue «Amor más que nunca», en 2023, y ahora estás en pleno apogeo con «El hogar en la linde». ¿Qué conexiones hay entre ambos trabajos?

Me está gustando decir que en el otro disco estaba buscando la tierra y en este parece que la encontré. El disco anterior empezaba con una pregunta: dónde está mi tierra, dónde está mi territorio. Este nuevo trabajo parte de otra declaración de intenciones: levanta tu casa donde quieras. Es decir, ármate de valor y hazlo. En la tierra que sea, pero hazlo. De alguna manera, ese puede ser el viaje entre 2023 y 2027, que es cuando saldrá el disco.

Lo que vais a encontrar en él es una música algo más orgánica. Esa parte del rap rural que empecé a desarrollar con «Amor más que nunca», y que luego pasó por «Puchero de recena», llega ahora a «El hogar en la linde». Tirando del hilo del rap rural he llegado a un sonido más cercano al folclore, más próximo a grabar elementos de mi entorno para incorporarlos después como atmósferas dentro del disco.

También hay una dimensión muy experimental en muchas canciones. Aparece una voz más melódica que en el trabajo anterior porque, a nivel conceptual, este disco tiene un lugar más íntimo, un espacio donde me muestro de otra manera. Ese lugar íntimo me hace sacar una voz más cantada, más melódica.

Es fascinante  el concepto de rap rural. Solemos pensar que el rap pertenece de manera casi natural al entorno urbano, pero tú lo has redimensionado creando una especie de experimento fantástico. ¿Cómo nace ese concepto y cómo lo llevas a cabo en tu quehacer musical?

Me gusta que lo llames experimento fantástico, porque este nuevo disco tiene mucho de realismo mágico en la parte audiovisual. El nacimiento de llamar rap rural a lo que hago llegó de una manera muy natural, muy orgánica. Estaba en el estudio con mi compañero Ramiro Gómez, productor de toda mi música, que firma como G.Rams. Ya teníamos varias canciones de «Amor más que nunca» y yo también estaba empezando a trabajar la parte audiovisual. Había comenzado el videoclip de «A sal», que fue el primero que saqué y que codirigí con Laura Cortés.

Hablando con ellos, un poco entre broma y broma, dijimos: “Es que esto es rap rural”. Empezábamos a grabar en el pueblo y yo estaba rapeando, pero aquello sobre lo que cantaba eran alegorías a la naturaleza, a la tradición, a las cosas que mi abuela me contaba, a las conversaciones con ella, a la búsqueda de autosuficiencia en la alimentación, a tener tu propia huerta, tu propio espacio en contacto con la tierra y a vincular todo eso con la manera en la que te relacionas con el mundo.

Toda esa amalgama de búsquedas, muy vinculada a la problemática de las áreas rurales convivía con sonoridades procedentes del dembow, el dancehall, el hip hop y el latin hip hop. Eran sonidos que, de pronto, no tenían una correlación directa con ese imaginario. Ahí, entre broma y broma, dijimos que aquello era rap rural. Me gustó esa forma de nombrarlo y empecé a asumirla.

Después tiré del hilo y encontré otros referentes que habían hecho cosas nombrándolas así. Por ejemplo, Swing i Valtonyc hicieron hace años un disco en mallorquín llamado «Rap Rural». A partir de ahí fui encontrando compañeros y compañeras que estaban en una idea parecida, aunque no siempre la hubiesen nombrado como rap rural. Tesa, rapera valenciana, también tiene una canción que se llama así.

En mi trabajo, nombrarlo de esa manera me permitió ubicarlo mejor y acercarme más al sonido de «Puchero de recena» y de este segundo álbum, donde creo que estoy encontrando una sonoridad que sí se define bastante por ese concepto.

Rozalén y Bewis de la Rosa durante la colaboración de "Manojo de Flores"

Tu colaboración con Rozalén en «Manojo de flores» tiene una cadencia muy especial. ¿Cómo se gestó esa colaboración?

La colaboración surgió cuando yo estaba terminando el disco. Me apetecía que en algunas canciones entrara algún artista como invitado. Esa canción la escribí para las personas que ya no están. A nivel conceptual, es un rezo. Parte de un rezo que mi abuela Ángeles me enseñó y que yo transformé en letra. Ella me hablaba desde un lugar más religioso y yo lo llevé hacia la naturaleza y hacia las ancestras.

La canción ya estaba bastante hecha, aunque quedaban un par de espacios por completar. Pensé en María, en Rozalén, porque ella y yo hemos tenido una conexión muy bonita en estos últimos años. Ella tuvo una pérdida importante en su vida y yo también he tenido varias pérdidas importantes recientemente. Conectamos mucho desde ese lugar de sostener el duelo. Esta canción tiene mucho que ver con eso.

Creí que ese canto podía estar muy apoyado por la voz de Rozalén. Se lo propuse y enseguida accedió. Fue muy generosa conmigo. De hecho, estaba en un momento en el que iba a parar para darse un descanso, y una de las últimas cosas que hizo fue venir a mi pueblo, grabar conmigo en mi casa y hacer también el vídeo.

Fue muy bonito. Creo que la canción tiene un tono entre fúnebre y ritual. De alguna manera, es casi un rezo contemporáneo. Parte del rezo de mi abuela, pero entre las dos lo llevamos hacia un canto a quienes ya no están y hacia una forma de conectar con ellos desde la música.

En tu trabajo aparecen objetos cotidianos como la cuchara, el botijo, el delantal o el puchero, que adquieren una fuerza casi ceremonial. ¿Cómo insertas esos elementos simbólicos en tu creación?

Me agarro mucho al imaginario de mi infancia y de mi adolescencia. Creo que a cualquier artista le sucede algo parecido: esas primeras etapas de descubrimiento se convierten después en lugares a los que volver para comprenderse y comprender qué quiere contar y desde dónde quiere hacerlo. Yo lo vivo así.

Todos esos elementos son objetos que he visto siempre en mi casa, en casa de mi abuela o en mis casas familiares: el puchero, el botijo, el mandil, ese imaginario tan cercano a la cultura manchega, de donde vienen mis raíces y también las de Rozalén en esta canción.

En todo mi trabajo utilizo estos elementos simbólicos porque creo que el objeto también nos conecta con algo trascendente . Igual que la palabra, la música o el cuerpo en movimiento nos conectan con diferentes zonas comunicativas, a veces basta con ver un objeto para que te traslade directamente a un lugar concreto. Cuando son objetos antiguos, contienen su propia memoria.

Trato de buscar qué elementos definen aquello que quiero contar. En «Amor más que nunca» estuvieron la cuchara, los tomates, la tomatera y el botijo. En «Puchero de recena» se sumaron el puchero y el mandil, ese mandil que han llevado tantas abuelas. Ahora, en «El hogar en la linde», aparece el columpio, esa casa de árboles, esa primera casa que una se construye de niña casi sin saberlo: una cabaña, un columpio en un árbol de las afueras del pueblo o en un jardín, si tienes esa suerte. También aparece el caracol, como esa casa a cuestas, esa idea de llevar la casa contigo constantemente. Y están las flores, como elemento ritual hacia la vida y hacia la muerte.

¿Qué papel juega, o debería jugar, la música como motor transformador a la hora de hablar de salud mental o de crecimiento espiritual?

Ahora ya no me defino tanto desde los “ismos”. Estoy en un punto más cercano a buscar una transformación desde lo humano, sin politizarlo tanto. Quizá creo que la música y lo artístico sirven precisamente para eso: para ser vehículos, como lo eran los rapsodas o los trovadores, figuras situadas entre la vida terrenal y una dimensión más espiritual.

Creo que la labor de una artista, al menos para mí, consiste en ser un vehículo intermediario entre lo que no se ve, lo invisible, y aquello que está aquí, a la mano, en nuestros ojos, en nuestra problemática más terrenal. La música, el arte pictórico, la danza y cualquier expresión artística tienen la capacidad de conectarnos con un lenguaje menos racional, con otras áreas de nuestro cuerpo y de nuestro ser. Los artistas tenemos que estar en ese punto crítico de revisar constantemente nuestro propio discurso, de preguntarnos qué es eso que creíamos ser y qué somos ahora.

El poder de la duda

Sí, el poder de la duda. Sembrar la duda constante para poder llegar a certezas más grandes. Para mí, estar en la duda no significa estar en el relativismo, sino investigar y saber que todo está en constante cambio. Nosotras también deberíamos estar en ese cambio para acercarnos a una mirada más amplia de la realidad y sembrarla con nuestro proceso artístico.

Lo entiendo como un proceso de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro. Igual que el territorio es un viaje de ida y vuelta, de la urbe al campo y del campo a la urbe, en lo emocional, simbólico o político también hay un viaje de dentro hacia fuera. Yo me busco a mí misma para poder comunicarlo y eso conecta con otros seres humanos que colectivizan aquello que nos pasa. Pero también sucede lo contrario: lo que nos pasa a todos revierte en mí como individuo y me permite revisarme.

Te voy a hacer una pregunta que quizá no debería ser necesaria, porque el liderazgo femenino debería estar ya naturalizado. ¿Qué es para ti el liderazgo femenino, tanto en la música como en el mundo actual?

Creo que las mujeres tenemos una manera de hacer las cosas y los hombres tienen otra. Las personas que no se ubican dentro del binomio hombre-mujer también tienen otras formas de hacer. Para mí, lo interesante es generar un tejido donde estén todas las voces.

En lo que nosotras podemos aportar como mujeres, creo que hay una sensibilidad en la manera de ver el mundo que puede ser distinta a la de otros artistas con una mirada más masculinizada. En lo artístico, las energías femeninas y masculinas pueden estar combinadas. No creo que una mujer haga necesariamente un tipo de arte distinto al que hace un hombre, salvo que decida situarse explícitamente en esa diferencia. Creo que hay una mezcla.

Pero sí noto diferencias, por ejemplo, en la manera de organizar grupos, de cocrear o de coordinar equipos de trabajo. Ahí sí percibo bastantes diferencias. Creo que nosotras tenemos mucha luz que aportar, mucha conciliación y mucha mediación. Cuando un grupo o un equipo de trabajo está liderado por una mujer, creo que hay diferencias respecto a cuando está liderado por un hombre o por una persona no binaria. Cada lugar de enunciación aporta algo distinto.

¿Qué valoración haces de las nuevas generaciones en cuestiones como identidad, arraigo emocional o respeto por el diferente?

A diferencia de lo que se comunica constantemente a nivel mediático, esa idea de que estamos fatal o de que crecen pensamientos radicales contra el respeto al diferente, yo creo que somos una generación muy consciente de que dentro de lo humano hay muchísima diversidad.

Me gusta poner la lupa en lo positivo. Creo que hoy existe mucha libertad para construir la propia identidad. Evidentemente hay que seguir viviéndola y ensanchándola para que las personas que vienen después se sientan con naturalidad para ser quienes quieran ser y quiénes son. Pero creo que estamos en una generación bastante abierta a la diferencia y a entendernos iguales desde nuestras diferencias.

No se trata de igualarnos, porque somos diferentes, sino de aceptar. Creo que eso es lo que falta muchas veces: aceptar. En los entornos donde me muevo, que por suerte son muy diferentes e incluso con pensamientos distintos, observo bastante tolerancia hacia quien quiere ser de otra manera. Mucho más que en otros momentos de la vida, donde había más chiste, más burla o más rigidez. Sí veo bastante naturalizado que alguien lleve el pelo de una manera, que otra persona sea de otra forma o que cada cual se exprese desde su diferencia. Creo que hemos llegado a un lugar bello en esta generación de aceptación de lo diverso.

¿Qué papel deberían jugar las instituciones públicas a la hora de sustentar y promover el desarrollo de nuevos artistas emergentes? ¿Cómo te has sentido tú en ese proceso?

Mi relación con las instituciones, tal y como está ahora mismo el panorama, no es un lugar al que recurra mucho, salvo cuando me contratan. Muchos de mis conciertos existen gracias a contrataciones institucionales. En ese sentido, no tengo ninguna queja, porque he sentido que mi proyecto puede ser apoyado en muchos lugares. En otros quizá no lo será, y eso forma parte de cualquier camino. En general, me siento bastante bien recibida.

Pero creo que a nivel institucional debería haber una democratización mayor. Vivimos en un espacio donde podemos opinar y, por tanto, las programaciones culturales no deberían estar supeditadas al partido que gobierne en cada momento. Debería haber equipos de programación cultural abiertos, con miras amplias, capaces de funcionar como vehículo entre todos los mundos, y con independencia respecto al pensamiento ideológico partidista.

Cuando la cultura se programa desde un lado o desde otro, se corre el riesgo de reproducir dinámicas, temáticas y patrones que se alejan de ese mundo diverso del que realmente queremos hablar. Las instituciones culturales deberían estar menos supeditadas a los gobiernos y más popularizadas. El propio pueblo donde se programa un teatro debería poder decidir qué cosas quiere ver, qué grupos quiere traer y qué voces desea escuchar.

No debería ser solo un ayuntamiento quien decida qué grupo va a tocar en las fiestas de un pueblo. Debería poder participar el pueblo, como siempre se ha hecho en muchos lugares. Los barrios y los pueblos organizaban sus fiestas, montaban cantinas, se agrupaban para coordinar conciertos. En muchos sitios se sigue haciendo, pero esa implicación colectiva en la celebración se ha perdido bastante.

Ahora vamos a lo que nos pongan, y eso lo pone el ayuntamiento. El ayuntamiento decide con un dinero que también has puesto tú en el bote, pero tú no siempre decides. Por eso diría a las instituciones que se popularicen y que estén lideradas por personas que no estén insertas en grupos partidistas. La cultura no debería ser partidista; debería ser abierta y crítica con todo y con todos.

Cuando se programa desde un lateral u otro, se contamina todo. Ahí perdemos pensamiento crítico, riqueza cultural y utilizamos el arte como instrumento, en lugar de entenderlo como un lugar donde encontrarnos y mejorar como seres humanos. Para mí, lo artístico debería ser eso.

En este último tiempo he reflexionado mucho sobre la necesidad de desmarcarme de algunas cosas que estaban siendo apropiadas por ciertas ideologías. Creo en el pensamiento crítico venga de donde venga. Ese debería ser el eje de toda creación.

Tu carrera ya ha despegado, aunque todo proceso siga siempre en marcha. ¿Qué recomendarías a quienes todavía están en la terminal y quieren montarse en el avión de la creación?

Por mi experiencia, lo que me ha permitido tener ahora un proyecto más sólido ha sido hacer, hacer y seguir haciendo. Aunque nadie venga a verlo, aunque vengan tres personas al teatro: hacer, hacer  y seguir haciendo. Lo primero es mantenerse activa y en búsqueda propia.

También creo que no hay que querer llegar antes de tiempo. Hay que tener paciencia. Tú me dices que mi carrera ha despegado, pero depende de con quién me compares. Para otras personas quizá estoy despegando y para otras todavía estoy en la terminal. Creo que es un viaje eterno en el que siempre sientes que estás en la terminal. Y eso también es bonito, porque nunca das por hecho que ya te montaste en el avión. El avión te lleva donde te lleve, pero luego tienes que preguntarte adónde quieres ir.

Recomendaría estar siempre en búsqueda y ser fiel al propio proceso vital, porque ese proceso es el más universal que existe. Cuando conectas con tu verdad, esa verdad es universal. Eso me lo dijo una profesora, Claudia Facci, que tuve en el Conservatorio de Danza: hacer de lo personal algo universal. Me pareció un gran consejo.

Creo que se trata de eso: estar en una búsqueda personal y artística que conecte también con las búsquedas de otras personas. Y, sobre todo, juntarse con gente con la que una se sienta cómoda trabajando, personas que aporten aquello que tú no alcanzas a tener. Saber que hay cosas que nunca vas a poder hacer tan bien como otra persona es muy bonito. Saber delegarlas y construir un equipo que sume a lo que quieres hacer ha sido muy importante para mí.

Para concluir, aunque estás en pleno apogeo con «El hogar en la linde», ¿qué proyectos futuros tienes en mente?

Pues ahora tengo el futuro presente, digamos, el presente-futuro de la gira del Caracol, que es una gira que estoy haciendo mientras va saliendo el disco de «El Hogar en la Linde», y en la que quienes vengan al directo van a poder escuchar canciones que todavía no han salido. A la vez, estoy creando el acto creativo más grande de mi vida, que es que voy a ser mamá. Entonces, quien me venga a ver a los conciertos me verá en una doble gestación: por un lado, la gestación de la propia vida, que se abre paso; y, por otro, la gestación del disco. Luego haré un paroncito necesario para vivir un proceso de crianza temprana, de maternidad. La idea es que el disco salga en febrero del año que viene y que, ya para la primavera y el verano, pueda hacer las presentaciones oficiales de «El Hogar en la Linde», con todo el disco ya a la venta.

Sí que es verdad que ya está abierta la preventa del disco, del álbum físico. Hemos hecho una cosa muy curiosa para que la gente pueda dar un poco más de valor al soporte físico, artesanal. De hecho, este año es una bolsa de pan. El año de «Amor Más Que Nunca» fue un no vinilo, una tomatera. Luego estuvo «Puchero de Recena», que era un mandil. Y ahora, en este nuevo proyecto, el artefacto —que lo llamo yo así, el artefacto físico— no es un disco, no es un vinilo, sino una bolsa de pan, una panera, que están cosiendo las mujeres de mi pueblo. Dentro va el libreto y, en el libreto, hay un QR. A través de ese QR puedes escuchar el disco; pero, en lugar de escucharlo completo, como está saliendo poco a poco, puedes escuchar las canciones una vez que salgan. El patrón, un poco, es cada día 26 desde 2026. Por ejemplo, el 26 de febrero salió «Levanta Tu Casa»; el 26 de abril salió «Muchas Casas»; el 26 de mayo salió «Manojo de Flores»; el 26 de junio saldrá otra canción nueva, y así irán saliendo canciones, no todos los meses, pero casi todos, hasta que se publique el disco completo.

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