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Antonio Ballester Moreno despliega en el CA2M una nueva lectura del paisaje desde la pedagogía y la creación compartida

El Museo Centro de Arte Dos de Mayo de la Comunidad de Madrid presenta “Antonio Ballester Moreno. El cielo y la tierra”, una exposición que propone una aproximación expandida al paisaje, no como género detenido en la contemplación formal, sino como territorio sensible donde confluyen memoria, educación, materia, comunidad y experiencia. La muestra, organizada por el CA2M, podrá visitarse hasta el 27 de septiembre de 2026.

Desde su apertura en 2008, el Museo Centro de Arte Dos de Mayo ha construido una colección propia vinculada a los distintos lenguajes del arte contemporáneo. Sus fondos reúnen más de tres mil obras y custodian tanto la Colección de Arte Contemporáneo de la Comunidad de Madrid como la Colección Fundación ARCO, depositada en el museo desde 2014. A lo largo de los años, numerosas exposiciones temporales han tomado esa colección como punto de partida para ampliar la comprensión pública de sus fondos, sus tensiones y sus posibilidades de lectura. En esa línea se inscribe ahora esta propuesta, que invita a un artista a dialogar con las obras del museo desde una posición doble: creador y comisario.
En “El cielo y la tierra”, Antonio Ballester Moreno —Madrid, 1977— no se limita a ocupar las salas con su obra. Construye una escena de pensamiento donde el museo deja de ser únicamente un contenedor de piezas para convertirse en un espacio de aprendizaje compartido. Su intervención activa una conversación entre su propia producción, realizada en colaboración con familias y con alumnado del CEIP Federico García Lorca de Móstoles, y una selección de obras pertenecientes a la colección del CA2M. El resultado no responde a una jerarquía convencional entre autor, institución y público, sino a una tentativa de desplazar el centro de la creación hacia un lugar más común, más poroso y más político.

El cartón adquiere en la exposición una presencia fundamental. Lejos de funcionar como un material secundario o pobre en sentido reductivo, aparece como soporte expresivo, herramienta pedagógica y declaración estética. Su fragilidad, su accesibilidad y su condición cotidiana permiten a Ballester Moreno articular una reflexión sobre la creación fuera de los circuitos de solemnidad que todavía acompañan a determinadas formas de legitimación artística. Las piezas elaboradas en talleres con escolares y familias conviven con obras de artistas consagrados, generando una fricción deliberada entre lo amateur y lo institucionalizado, entre la intuición colectiva y el capital simbólico del museo.
Ese diálogo se produce junto a trabajos de creadores como Godofredo Ortega Muñoz, June Crespo, Miriam Cahn o Elena Alonso, entre otros nombres presentes en la colección. La convivencia entre esas obras y las intervenciones impulsadas por Ballester Moreno permite pensar el paisaje como algo más que una imagen de la naturaleza. El paisaje aparece aquí como construcción cultural, como archivo de vínculos, como condensación de dimensiones geológicas, antropológicas y sociales. Introducir el exterior en el interior del museo no opera únicamente como recurso escenográfico. Actúa como metáfora de la forma en que el entorno moldea nuestra percepción física, afectiva y política del mundo.

La exposición invita a recorrer el espacio desde una serie de oposiciones que no se resuelven, sino que se mantienen en tensión: el día y la noche, lo alto y lo bajo, el cielo y la tierra, lo culto y lo popular, lo consagrado y lo anónimo. En esa oscilación se encuentra una de las claves del proyecto. Ballester Moreno no busca imponer una lectura cerrada de la colección, sino abrir una cartografía de miradas capaz de complementar las interpretaciones acumuladas durante años. Cada nueva aproximación a los fondos de un museo introduce otra manera de ordenar sus relatos, de interrogar sus silencios y de activar vínculos inesperados entre obras, públicos y contextos.
La trayectoria de Antonio Ballester Moreno se ha desarrollado de manera coherente alrededor de una idea central: el arte como gesto educativo. Su práctica se apoya en la sabiduría popular, en el aprendizaje a través de la experiencia y en formas de transmisión no regladas. Desde esa posición, cuestiona el papel de la institución cultural sin negarla; la tensiona para convertirla en lugar de encuentro, no en simple aparato de legitimación. En su trabajo, la creatividad no pertenece exclusivamente al artista profesional, sino que se reconoce como una capacidad compartida, una fuerza presente en la vida ordinaria y en los procesos colectivos de elaboración simbólica.

Esta preocupación ha atravesado distintos momentos de su carrera. En el Museo Patio Herreriano de Valladolid, Ballester Moreno trabajó con el archivo pedagógico del escultor Ángel Ferrant en relación con su propia obra. En Artium Museoa, en Vitoria, abordó la educación desde el juego y la motricidad. En la Fundación Cerezales Antonino y Cinia, en León, propuso un recorrido histórico vinculado a los artistas de los movimientos regeneracionistas hasta la Escuela de Vallecas. También su participación en la 33ª Bienal de São Paulo, como artista y comisario, permitió desplegar esa misma preocupación por aquello que conecta, por las formas de comunidad que atraviesan la experiencia artística más allá de la firma individual.
En el CA2M, esa línea de investigación encuentra una nueva formulación. “El cielo y la tierra” no plantea la educación como tema añadido, sino como estructura interna de la exposición. La colaboración con el alumnado y con las familias no aparece como programa paralelo, sino como parte constitutiva del proyecto. El museo, así, se abre a una producción que no procede únicamente del estudio del artista ni del archivo de la institución, sino también de talleres, procesos compartidos y ejercicios de imaginación colectiva.
Junto a la exposición se presenta una publicación concebida como acompañamiento imprescindible de la muestra. El libro revisa algunos de los principales proyectos de Ballester Moreno a lo largo de su trayectoria e incluye textos de Tania Pardo, Agustín Pérez Rubio y Gabriel Pérez-Barreiro, quienes profundizan en los intereses que atraviesan su obra. La educación, la historia, los ancestros y la democratización del arte reaparecen también en una conversación entre Ballester Moreno y Soledad Gutiérrez, ampliando el marco conceptual de una exposición que no se agota en su dimensión visual.

En última instancia, “El cielo y la tierra” propone una defensa radical de la continuidad entre arte y vida. La muestra cuestiona las divisiones que separan lo estético de lo práctico, el arte culto de las formas populares, la autoridad del artista de la creatividad común. Su potencia reside precisamente en esa capacidad para reunir materiales humildes, fondos museísticos, memoria pedagógica y experiencia colectiva en un mismo paisaje interior.

Antonio Ballester Moreno convierte el CA2M en un territorio donde mirar vuelve a ser una forma de aprender. La exposición no busca únicamente mostrar obras, sino ensayar una manera distinta de estar ante ellas: menos jerárquica, más compartida, más atenta a los vínculos invisibles que conectan la creación con la vida cotidiana. En ese gesto, el cielo y la tierra dejan de ser extremos opuestos para convertirse en las dos coordenadas de una misma experiencia: la de un arte que recupera su dimensión común sin renunciar a la complejidad del pensamiento.

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