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El MoMA revisita el arte popular estadounidense a través de la mirada fundacional de Abby Aldrich Rockefeller

El Museo de Arte Moderno de Nueva York vuelve sobre uno de los capítulos decisivos de su propia historia con ‘Arte popular estadounidense: Una revisión de la colección de Abby Aldrich Rockefeller’, una exposición que podrá verse del 13 de junio al 9 de agosto de 2026 y que sitúa en el centro una pregunta mayor: cómo ciertas formas de creación nacidas fuera del canon académico llegaron a ocupar un lugar esencial en la construcción del arte moderno estadounidense. La muestra celebra la colección reunida por Abby Aldrich Rockefeller, cofundadora del MoMA en 1929 junto con Lillie P. Bliss y Mary Quinn Sullivan, y recupera la dimensión fundacional de un conjunto de obras que, durante las primeras décadas del museo, ayudó a pensar el arte popular como antecedente, contrapunto y energía secreta del modernismo.
Montón de trigo. 1825-1850. Óleo sobre vidrio, 30 x 24,1 cm. Fundación Colonial Williamsburg. Donación del Museo de Arte Moderno.

La exposición reúne cerca de cincuenta piezas procedentes del Abby Aldrich Rockefeller Folk Art Museum, en Williamsburg, Virginia, una institución vinculada a los Art Museums of Colonial Williamsburg. Su regreso al MoMA adquiere un valor simbólico especial: muchas de estas obras llevaban décadas lejos del museo neoyorquino y vuelven ahora al espacio donde participaron, en los años treinta, de una transformación decisiva del gusto y de la historiografía artística estadounidense. Entre ellas destaca ‘The Peaceable Kingdom’, de Edward Hicks, pintada entre 1832 y 1834, una de las imágenes más reconocibles de esa tradición visual donde lo religioso, lo comunitario, lo moral y lo decorativo dialogan con una fuerza difícil de encerrar en categorías convencionales.

El arte popular estadounidense al que se refiere la muestra pertenece, en buena medida, al siglo XIX y a un universo anterior a la industrialización plena. Sus piezas fueron creadas por artistas profesionales, artesanos, estudiantes y autores autodidactas. Proceden de contextos culturales diversos, aunque comparten una raíz común en los oficios, la transmisión local de técnicas, la artesanía preindustrial y las prácticas comunitarias. Retratos conmemorativos, certificados de nacimiento ilustrados, veletas, juguetes tallados en madera, esculturas decorativas, pinturas de teoremas y cuadros de duelo forman parte de ese repertorio donde la belleza no aparece separada de la vida cotidiana. Muchas de estas obras fueron concebidas para cumplir una función práctica, ritual o memorial. Su potencia reside precisamente ahí: en una relación directa con la comunidad, el hogar, la memoria familiar, la celebración, la pérdida y la identidad.

El término arte popular se consolidó en Estados Unidos durante la década de 1920, impulsado por artistas, conservadores y marchantes interesados en nombrar un conjunto heterogéneo de obras producidas durante el siglo y medio anterior. Aquella denominación no fue inocente. Permitió rescatar objetos que habían sido leídos como simples artefactos históricos y convertirlos en modelos visuales con una relevancia artística propia. En un momento en que muchos creadores estadounidenses buscaban alejarse de las normas del academicismo europeo, el arte popular ofrecía una respuesta inesperada: formas planas, color directo, perspectiva intuitiva, frontalidad, síntesis, libertad compositiva y una relación menos jerárquica entre función y expresión.

La exposición del MoMA analiza precisamente esa operación cultural. Las obras reunidas por Rockefeller pertenecían sobre todo al nordeste de Estados Unidos, la zona hacia la que dirigió su mirada la primera generación de aficionados al arte popular. Muchas estaban vinculadas a comunidades colonizadoras angloamericanas o a tradiciones llevadas por inmigrantes europeos a lo largo del siglo XIX. Esa delimitación resulta importante porque permite comprender tanto el valor del conjunto como sus límites históricos. La exposición celebra una colección esencial, pero también muestra cómo el gusto de los años veinte y treinta seleccionó ciertas formas de arte vernáculo y las convirtió en representación privilegiada de lo estadounidense.

En ese proceso resultó decisiva la red artística e intelectual formada en torno a Nueva York. Charles Sheeler estudió con atención los objetos históricos y la arquitectura regional de su entorno inmediato. Yasuo Kuniyoshi desarrolló su interés por estas formas dentro de comunidades creativas como la Summer School for Graphic Arts de Ogunquit, en Maine, donde los artistas convivían con retratos antiguos y antigüedades de la primera etapa estadounidense. Espacios experimentales como el Whitney Studio Club incorporaron el arte popular a exposiciones cada vez más abiertas, mientras la apertura, en 1924, del American Wing del Metropolitan Museum of Art confirmó la creciente legitimidad institucional de la cultura material estadounidense.

Abby Aldrich Rockefeller llegó a este universo a través de Edith Halpert, una de las marchantes más influyentes y renovadoras de su tiempo. En 1928, Rockefeller empezó a frecuentar la Downtown Gallery de Halpert y a adquirir obras de artistas estadounidenses vivos defendidos por aquella galería. Muchos de ellos llevaban años estudiando el arte popular como fuente de renovación estética. Halpert, a través de su relación con esos artistas y de sus estancias en Ogunquit, donde conoció al conservador Holger Cahill, fue elaborando una visión plural del arte estadounidense. Para ella, el arte popular no pertenecía a una periferia menor, sino a una genealogía capaz de dialogar con el presente.

Esa convicción cristalizó en 1931, cuando Halpert, Cahill y Berthe Kroll Goldsmith abrieron la American Folk Art Gallery en el espacio situado sobre la Downtown Gallery. La cercanía física entre ambos lugares reforzaba una idea curatorial de gran alcance: el arte popular del siglo XIX y el arte estadounidense contemporáneo podían leerse juntos. Rockefeller asumió esa lectura y comenzó a coleccionar con decisión, entendiendo estas obras como parte integral de la historia artística de Estados Unidos y como una clave para comprender a muchos de los creadores vivos que también apoyaba.

Edward Hicks. El reino pacífico . Condado de Bucks, Pensilvania, 1832-1834. Óleo sobre lienzo, 43,8 × 59,1 cm. Fundación Colonial Williamsburg. Donación de David Rockefeller.
Veleta: Serpiente . Posiblemente de Connecticut, c. 1850. Chapa de hierro, 22,2 × 75,6 cm (8 3/4 × 29 3/4 pulgadas). Fundación Colonial Williamsburg. Donación de Abby Aldrich Rockefeller.

El momento decisivo llegó en 1932, cuando el MoMA presentó ‘American Folk Art: The Art of the Common Man in America, 1750–1900’, organizada por Holger Cahill. La exposición reunió 175 obras, todas salvo dos prestadas anónimamente por Rockefeller, y viajó después a seis ciudades estadounidenses. Aquella muestra consolidó una nueva apreciación estética del arte popular y lo situó en el debate moderno. Tras su clausura, Rockefeller continuó prestando piezas al MoMA y, en 1939, donó muchas de ellas con motivo del décimo aniversario del museo. Esas obras sirvieron de base para varias exposiciones de las décadas de 1930 y 1940 dedicadas a artistas populares del siglo XIX, a menudo presentados junto a creadores autodidactas del siglo XX como John Kane o Morris Hirshfield.

Señuelo: Cuervo . Probablemente Detroit, Michigan, 1900. Cedro blanco atlántico tallado y monocromo, 12,3 x 8,2 x 34,9 cm. Fundación Colonial Williamsburg. Donación del Museo de Arte Moderno.
Dos niños . c. 1810. Óleo sobre tabla de pino blanco, 47,3 x 55,9 cm (18 5/8 x 22 pulgadas). Fundación Colonial Williamsburg. Donación del Museo de Arte Moderno.

La historia posterior desplazó buena parte de la colección hacia Williamsburg. Desde 1926, Abby Aldrich Rockefeller y su marido, John D. Rockefeller Jr., habían financiado la restauración de la ciudad colonial de Williamsburg, y a finales de los años treinta ella prestó y donó muchas piezas para su exhibición en la histórica Ludwell-Paradise House. Tras su muerte, en 1948, su familia creó el Abby Aldrich Rockefeller Folk Art Museum, y su hijo David organizó el traslado permanente de las obras conservadas en el MoMA. La diferencia entre ambos contextos resulta reveladora: mientras el MoMA subrayó la afinidad del arte popular con el arte del siglo XX, Williamsburg lo insertó en la historia amplia de la cultura y la vida estadounidenses.

Charles Sheeler. Granero del condado de Bucks . 1932. Óleo sobre tabla, 60,6 x 75,9 cm. Museo de Arte Moderno de Nueva York. Donación de Abby Aldrich Rockefeller.
Atribuido a Abraham Huth. Certificado de nacimiento de Nancy Loeffler . Probablemente del condado de Lancaster, Pensilvania, c. 1805. Acuarela y tinta sobre papel verjurado, 31,1 x 38,6 cm (12 1/4 x 15 3/16 pulgadas). Fundación Colonial Williamsburg. Donación del Museo de Arte Moderno.

La nueva exposición revisita ese cruce de caminos. Comisariada por Starr Figura y Lydia Mullin, con la colaboración de Rachel Rosin y la participación de la Fundación Colonial Williamsburg, la muestra presenta las piezas de Rockefeller junto a obras modernas de artistas relacionados con el arte popular o inspirados por él, entre ellos Elie Nadelman, Charles Sheeler, John Kane y William Edmondson. El resultado permite leer el arte popular como memoria material, lenguaje visual y campo de experimentación. También invita a reconocer que la modernidad estadounidense se construyó, en parte, mirando hacia objetos que nacieron lejos de los salones académicos, pero muy cerca de la vida real.

Elie Nadelman. Mujer al piano . c. 1917. Madera teñida y pintada, 89,2 x 59,1 x 22,9 cm (35 1/8 x 23 1/4 x 9 pulgadas). Museo de Arte Moderno de Nueva York. Colección Philip L. Goodwin. © Herederos de Elie Nadelman.

Acompañada por un catálogo ilustrado de 72 páginas, la exposición cuenta con el apoyo de Sue y Edgar Wachenheim III y de la Fundación Alice L. Walton, dentro de la programación presentada con motivo del 250 aniversario de la nación. En ese marco, el regreso de estas obras al MoMA adquiere una resonancia mayor: el museo vuelve a mirar sus propios comienzos para preguntarse qué relatos sostienen una tradición artística. Abby Aldrich Rockefeller aparece entonces como una figura decisiva, capaz de comprender que la historia del arte estadounidense no podía escribirse únicamente desde la innovación de vanguardia, sino también desde la memoria artesanal, los oficios anónimos y las formas populares que dieron imagen a una comunidad antes de convertirse en patrimonio.

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