Gabriel, me gustaría comenzar con una frase de Antonio Gades: «Al baile, como a todo, hay que quitarle lo superfluo». ¿Qué significa hoy para ti esa idea? ¿Y de qué sentiste que debías desprenderte para encontrar la esencia de Quitar lo superfluo?
Antonio Gades es para mí un referente muy importante, no solo por su forma de bailar, con la que me identifico mucho y porque me fascina lo que hace, sino también por su filosofía, por su forma de entender la danza y el flamenco. Es un hombre que ha abierto mucho camino en el flamenco, tenía una visión muy particular y me parece que también era muy generoso, porque pensaba que todo el mundo tiene la posibilidad de danzar y de bailar. Solo por eso ya me parecen fantásticas su filosofía y su forma de pensar. Esta frase la escuché en una entrevista y creo que tiene mucho que ver con lo que vivimos actualmente.
Hay mucha saturación de información; muchas veces, los valores están invertidos respecto de lo que realmente constituye la esencia de las cosas, de lo que importa en la vida. Vivimos una vida de apariencias, básicamente. Vivimos muchas veces para aparentar, sobre todo con el tema de las redes sociales.
La semana pasada estrenamos un espectáculo que se llama Bailar, que presentamos en el Canal, dentro del ciclo Canal Baila, y que es una coproducción con los Teatros del Canal. En ese espectáculo hay una dramaturgia, una escenografía, una historia que contar. Utilizamos el flamenco como medio de expresión.
Con Quitar lo superfluo, en cambio, lo que queremos es hacer flamenco. No hay nada que contar y hay todo que contar, pero a través del flamenco, del flamenco sin más, que es cante, baile y toque. Somos tres personas en escena, tres artistas, y nos ceñimos al flamenco tradicional.
Vienes de Brasil y llevas más de una década formándote y trabajando en Madrid. ¿Cómo ha transformado el flamenco tu identidad artística y qué permanece de Brasil en tu manera de bailar? ¿Cómo se hibridan ambas tradiciones en tu lenguaje escénico?
Nací en Porto Alegre, en el estado de Rio Grande do Sul, al sur de Brasil. Es una región cuya historia estuvo marcada durante siglos por las disputas territoriales entre las coronas española y portuguesa. El Tratado de Tordesillas estableció inicialmente una división de las áreas de expansión de ambas coronas, pero las fronteras reales del sur de Brasil fueron mucho más complejas y cambiaron posteriormente con otros acuerdos, como el Tratado de Madrid de 1750. Esa historia dejó una relación cultural muy estrecha con Argentina y Uruguay. Somos gauchos, y eso implica una vinculación muy fuerte con el campo, con determinadas músicas y con ciertas tradiciones.
En el folclore gaucho se zapatea, se canta la milonga y se canta el fandango. Quieras que no, crecí rodeado de todo eso. No sabría medir hasta qué punto, pero creo que ha influido mucho en mi manera de asimilar el flamenco. Por supuesto, en España he aprendido muchísimo y sigo aprendiendo. Pero también es innegable que llevo conmigo influencias brasileñas. Es que soy de allí.
En Quitar lo superfluo reivindicas el flamenco tradicional desde una mirada propia. ¿Cómo se puede preservar esa raíz sin convertirla en algo estático o museístico? ¿Dónde sitúas, dentro de ese equilibrio, la hibridación y la fusión?
Hay una frase de Eva Yerbabuena, una gran bailaora: «Unirse a la raíz no es enterrarse». Para mí, eso resume lo que deseo hacer, no solo en este espectáculo, sino con el flamenco. Me fascina la tradición y creo que muchas veces se subestima la capacidad de transmisión que tiene el flamenco tradicional.
Es lo que me atrajo desde que empecé y lo que me sigue gustando hacer. Intento ser lo más sincero posible conmigo mismo y, por supuesto, con el público. Pero, antes que nada, tengo que creer en lo que hago. Cuando voy al estudio de baile, paso muchas horas trabajando. Soy muy lento haciendo las cosas, porque, hasta que no siento que un movimiento, una vuelta o un marcaje me convence de verdad, no puedo darlo por válido. Si no me sale desde dentro, si no lo siento, no puedo hacerlo.
A eso me refiero cuando hablo de evitar lo impostado. Quiero que todo surja de una manera natural, no solo para mí, sino también para los artistas que me acompañan, que son grandes artistas y de los que aprendo muchísimo. Te digo: son mejores que yo, muchísimo mejores que yo, pero lo que hacemos nos tiene que salir, aunque suene a cliché, desde el corazón.
El espectáculo se articula en torno a tres elementos esenciales del flamenco: el cante, el baile y el toque. ¿Qué diálogo quieres establecer entre ellos y qué sucede cuando alcanzan un verdadero equilibrio sobre el escenario?
La relación que quiero mantener con ellos es de escucha y de respeto. Cuando escuchas de verdad el cante, el toque y respetas la voz de cada uno, puede surgir algo mágico. No se puede forzar, pero sí crear las condiciones para que aparezca. Y eso es, al final, lo que llamamos duende: ese momento que todos buscamos y que no se puede controlar. Se puede preparar el terreno para que ocurra. Eso es lo que quiero hacer: disfrutar del cante y del toque, dejar que me lleven, soltarme en sus manos, que me inspiren y que establezcamos una conversación sobre el escenario.
En tu trayectoria has compartido trabajo con figuras como Antonio Canales, Javier Latorre, Rafael Carrasco, Paco Peña o Shoji Kojima. ¿Qué enseñanza de esos maestros sigue acompañándote, consciente o inconscientemente, cuando bailas?
De todos los que has nombrado he aprendido muchísimo. Sobre todo, el respeto por la profesión, por el escenario, por el flamenco y por el público. Creo que lo que tienen en común es el compromiso con lo que hacen. No es algo liviano ni algo que se tomen como si fuera fácil o como si no importara. No se lo tienen creído. Aunque sean grandes nombres dentro del flamenco, afrontan su trabajo con muchísimo respeto. Y eso es lo que yo he aprendido de ellos.
Has recibido importantes reconocimientos tanto en Brasil como en España. Entre los más recientes figuran el Premio al Mejor Bailarín y el Premio a la Mejor Coreografía en el I Certamen de Danza del Distrito de Tetuán. ¿Qué lugar ocupan los premios en tu trayectoria y cómo convives con ellos?
Yo creo que, a veces, te mereces un premio y te lo llevas, y otras veces no. Es algo circunstancial. Pero sí creo que los reconocimientos son importantes porque te motivan a continuar y te hacen sentir que están pendientes de ti, de tu trabajo. Dedicarse a la danza y al flamenco no es fácil. Tienes que invertir mucha ilusión y muchos recursos económicos, y muchas veces es un círculo muy cerrado. Estos empujoncitos ayudan a seguir. Hay que tomarlos como una fuerza para continuar, pero no quedarse en ellos, porque al final no dejan de ser la opinión de un grupo de personas.
Volvamos a Quitar lo superfluo, que se presenta en los Teatros del Canal dentro del XXI Suma Flamenca de la Comunidad de Madrid. ¿Qué supone para ti esta presentación?
Pues una grandísima oportunidad. Soy muy consciente de que estoy empezando mi camino profesional con la compañía. Soy todavía joven y sé que es un espacio privilegiado que me están dando. Me lo tomo con mucho cariño y con mucho respeto. Porque, justo en esta sala en la que vamos a estar, van a actuar otros artistas que admiro muchísimo, que son referentes. Entonces, imagínate el chute de alegría y también de responsabilidad que tengo. Estoy muy agradecido de estar en esta programación.
Más allá de la puesta en escena, del cruce de músicas y ritmos y del homenaje al flamenco, ¿hay cuestiones sociales que quieras abordar a través de tu lenguaje escénico? ¿Qué preocupa a Gabriel y qué hace que se rebele?
Sinceramente, con este espectáculo no tanto. Con el anterior que hicimos, Bailar, sí había un mensaje. Hablábamos de la inmigración y de los sacrificios que implica dedicarse al flamenco, al baile y a la danza. En mi caso, como inmigrante, ese tema estaba muy presente y lo abordábamos en profundidad.
La escenografía, la puesta en escena y la dirección exigieron un proceso muy exhaustivo, con mucho trabajo previo sobre lo que queríamos contar antes de llevarlo al escenario. Pero con Quitar lo superfluo vamos directamente a la esencia. Quiero bailar, quieren cantar, quieren tocar. Queremos vivir el ahora, el presente. Queremos cante, baile y toque. Los mensajes que puedan surgir los dejamos abiertos para que el público los interprete. En escena siempre aparecen cosas inesperadas, pero nuestro objetivo es vivir el flamenco tal y como ocurra en ese instante.
Y para Gabriel Matías, más allá del bailaor y del artista, ¿qué significa lo superfluo en la vida?
Yo creo que lo superfluo tiene mucho que ver con la cantidad de inseguridades que arrastramos y que, muchas veces, no tienen sentido. Se nos olvida que nos morimos. Y, cuando pierdes de vista eso, acabas dando demasiada importancia a cosas que en realidad no la tienen. Tenemos que aprovechar que estamos aquí, que podemos hacer cosas y estar juntos. Para mí, lo importante es estar con gente que te quiere, con personas de las que puedas aprender. Todo lo demás acaba quedando en segundo plano. No hay que perderse en las pamplinas ni en los pajaritos en la cabeza. Da igual lo que digan o lo que piensen. Al final, la vida se acaba. Sé que puede sonar a cliché, pero es lo que pienso.
¿Qué te gustaría que sintiera el público cuando se levante el telón? ¿Qué esperas que se lleve consigo después de ver Quitar lo superfluo?
Lo que espero siempre cuando salgo al escenario es emocionar a la gente, que no se nos olvide que lo que estamos haciendo es arte. Y emocionar no es llorar. Es conmover a la gente. Quiero que el público sienta lo que yo siento cuando veo flamenco.
¿Y qué sientes?
Yo siento emoción. No sé explicarlo con palabras, te lo juro, pero me conmueve profundamente. Por eso me dedico a esto, por eso me fui de casa a los 20 años y después me mudé de país. El flamenco me emociona y tiene algo adictivo: cada vez quieres más, cada vez quieres volver a vivir esa experiencia. Y eso es lo que me gustaría provocar en el público. Que se conmueva, ya no conmigo, sino con el flamenco.









