El grupo, articulado en torno a intérpretes de música tradicional coreana y voces femeninas de gran presencia, presenta un repertorio que transita entre la música sacra, chamánica y seglar, con especial atención al minyo, canción popular coreana vinculada a la región de Hwanghae-do, situada en el norte de la península. Esa procedencia no funciona como un simple dato geográfico. Hwanghae remite a un territorio histórico hoy integrado en Corea del Norte y permite comprender una parte esencial del proyecto artístico de ADG7: llevar al presente músicas nacidas en una zona atravesada por la fractura política de la península. Cada interpretación establece así un pequeño puente sobre una geografía fragmentada, donde la memoria cultural continúa circulando más allá de las fronteras.
Fundado en 2015, cuando Corea conmemoraba el 70.º aniversario del final del dominio colonial japonés, iniciado en 1910 y concluido en 1945, Ak Dan Gwang Chil inscribió desde su nombre una relación directa con esa efeméride. ‘Ak Dan’ significa banda, mientras que ‘Gwang Chil’ alude a las siete décadas transcurridas desde la liberación. Desde entonces, el grupo ha vinculado su identidad musical con una reflexión sobre la memoria compartida, la energía de la tradición y el deseo de superar la división coreana.
La propuesta recupera especialmente el gut, música asociada a los rituales chamánicos, y el minyo, canción popular tradicional, pero evita presentarlos como piezas de museo. Daegeum, piri, saenghwang, gayageum, ajaeng y diferentes percusiones conviven con voces de enorme presencia, coreografías, teatralidad y una puesta en escena cercana al lenguaje expansivo del pop contemporáneo. La tradición deja de operar como herencia detenida para recuperar su capacidad de movimiento, fricción y transformación.
Uno de los rasgos distintivos de ADG7 reside precisamente en esa dimensión visual. Sus vestimentas, de colorido vivo, derivan de trajes y accesorios usados por los chamanes. El travestismo escénico remite simbólicamente a la falta de género atribuida a estas figuras mediadoras, capaces de canalizar simbólicamente cielo y tierra. Las vocalistas, por su parte, suelen combinar el hanbok, vestimenta tradicional coreana femenina, con sombreros masculinos, en un gesto que desplaza las convenciones de género sin convertirlas en simple efecto decorativo.
La energía del grupo ha llamado la atención de la escena internacional. ADG7 ha pasado por citas relevantes como WOMEX, en 2019, y globalFEST, en 2020. También obtuvo el Sori Frontier Award en 2017 y fue reconocido como mejor grupo en los KBS Korean Traditional Music Awards de 2018, a lo que se suman otros reconocimientos institucionales surcoreanos en 2021 y 2023. The New York Times lo definió como una formación de espectáculo vertiginoso, capaz de enlazar la concisión de las melodías folclóricas con la repetición pegadiza del pop y una presencia escénica próxima al universo coreografiado del K-pop.
Sin embargo, reducir ADG7 a una fusión brillante sería empobrecer su alcance. Su música no suaviza el rito para volverlo exportable, ni convierte la tradición en una postal amable de Corea. Más bien la activa desde una alegría física, por momentos cómica, que no contradice la dimensión espiritual de su repertorio, sino que la devuelve al terreno de la celebración pública. Las bendiciones, la invocación y la energía positiva asociadas a la música tradicional aparecen filtradas por una gramática moderna, luminosa y deliberadamente expansiva.
En Condeduque, ADG7 propone una experiencia que va más allá del concierto como exhibición cultural. Su presencia permite observar cómo ciertas músicas tradicionales, cuando se trabajan sin condescendencia ni folclorismo ornamental, pueden convertirse en una forma de pensamiento escénico. Ak Dan Gwang Chil no trae a Madrid una imagen congelada de Corea, sino una tradición en movimiento: memoria, ritual y contemporaneidad articulados en un mismo pulso.









