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El Museo del Prado y la reinterpretación del desnudo clásico en la escultura del siglo XIX

El Museo del Prado reúne en el Claustro de los Jerónimos de forma permanente una selección de esculturas del siglo XIX, obras labradas en mármol de gran calidad y de artistas nacionales e internacionales que conforman un paseo por el tema del desnudo en una exploración artística que no te puedes perder.
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Nueva museografía en el Claustro de los Jerónimos con la instalación de esculturas del siglo XIX. Foto © Museo Nacional del Prado.

El siglo XIX fue un período de transformación en el arte, marcado por el neoclasicismo, el romanticismo y el realismo. En este contexto, el desnudo en la escultura emergió como un tema central, reflejando no solo la evolución estética, sino también los cambios sociales y culturales de la época. La representación del cuerpo humano desnudo se convirtió en un medio para explorar la belleza, la moralidad y la identidad. Además, el desnudo en la escultura del siglo XIX también estuvo marcado por un creciente interés en la anatomía y la ciencia.

La exploración del cuerpo humano desde una perspectiva científica llevó a los artistas a estudiar la forma y el movimiento de manera más detallada. Esto se tradujo en esculturas que no solo eran estéticamente agradables, sino que también mostraban un profundo entendimiento de la anatomía humana.
El neoclasicismo, que dominó las primeras décadas del siglo, se inspiró en la antigüedad clásica. Escultores como Antonio Canova y Jean-Baptiste Carpeaux buscaron emular la perfección de las formas griegas y romanas. Canova, por ejemplo, es conocido por sus obras como “Psique reanimada por el beso de Cupido”, donde el desnudo se presenta con una delicadeza y un idealismo que evocan la pureza y la belleza. En estas esculturas, el cuerpo humano se convierte en un símbolo de virtudes clásicas, como la razón y la armonía.

A medida que el siglo avanzaba, el romanticismo comenzó a desafiar las normas establecidas. Los artistas románticos, como François Rude y Auguste Rodin, exploraron el desnudo desde una perspectiva más emocional y subjetiva. Rodin, en particular, rompió con las convenciones del pasado al representar el cuerpo humano de manera más expresiva y dinámica. Su obra “El Pensador” es un claro ejemplo de cómo el desnudo puede transmitir una profunda carga emocional, reflejando la lucha interna del ser humano. La forma del cuerpo se convierte en un vehículo para expresar sentimientos complejos, como la angustia, la pasión y la introspección.

El realismo, que surgió a mediados del siglo XIX, también influyó en la representación del desnudo. Artistas como Gustave Courbet desafiaron las idealizaciones del pasado y optaron por representar la figura humana de manera más cruda y auténtica. En su obra “El origen del mundo”, Courbet presenta un desnudo femenino que escandalizó a la sociedad de su tiempo. Esta obra no solo desafió las normas estéticas, sino que también planteó preguntas sobre la sexualidad y la representación del cuerpo femenino en el arte. El realismo buscaba retratar la vida tal como era, y el desnudo se convirtió en una forma de explorar la realidad social y las experiencias humanas.

A lo largo del siglo XIX, el desnudo en la escultura también estuvo influenciado por el contexto social y político. La Revolución Industrial trajo consigo cambios significativos en la vida cotidiana, y los artistas comenzaron a reflexionar sobre la condición humana en un mundo en transformación. La figura del trabajador, el campesino y la mujer se convirtió en un tema recurrente. Escultores como Jules Dalou y Henri Chapu representaron el desnudo en contextos que celebraban la dignidad del trabajo y la lucha por la justicia social.

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Charles Bennet Lawes como atleta victorioso en reposo John Henry Foley (1818-1874) h. 1872. Mármol Madrid, Museo Nacional del Prado

A través de obras de José Gines, José Álvarez Cubero, Bertel Thorvaldsen, Scipione Tadolini y John Henry Foley, el Museo del Prado invita a sus visitantes a descubrir cómo estos artistas combinaron la herencia clásica con la innovación de su tiempo, dejando un legado artístico que trasciende las épocas.

En 1807 José Gines realizó el grupo Venus y Cupido en una estética neoclásica, modelado con extrema delicadeza, a partir del estudio de los vaciados de esculturas clásicas que conoció en España.

José Álvarez Cubero trabajó en Roma en una clave similar, y en 1808 modeló el Joven con cisne, inspirado en las obras de su maestro Antonio Canova.

En ese mismo entorno, el danés Bertel Thorvaldsen, instalado durante prácticamente toda su vida en Roma, inició la talla de una figura de Hermes en reposo. Una fortuita caída de la escultura, que ya no permitía esculpir el pétaso, junto con la aparición de vetas en el vientre de la figura, hizo que dejara que fueran sus colaboradores quienes la concluyeran en 1824.

Avanzado el siglo, y con una visión idealizada, de gran éxito entonces entre los temas orientalizantes, Scipione Tadolini, perteneciente a una amplia saga familiar que ocupó todo el siglo XIX hasta los años 1960, talló en 1862 La Esclava con un tratamiento de gran minuciosidad y perfecto acabado. Finalmente, el irlandés John Henry Foley concluyó hacia 1872 el retrato de Charles Bennet Lawes como atleta victorioso en reposo, quién a pesar de sus grandes éxitos deportivos juveniles en Eton y Cambridge, ya tenía casi treinta años, por lo que su estudio anatómico, que partía de modelos clásicos, combinó la exquisita factura con el realismo fidedigno.

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Hermes Taller de Bertel Thorvaldsen 1818-20. Mármol Madrid, Museo Nacional del Prado

Acerca del Museo del Prado: https://www.museodelprado.es/

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