En la Habana Vieja, los apagones no avisan. A veces llegan al atardecer, interrumpiendo el bullicio de una cena familiar o la música que escapa de un viejo tocadiscos. A veces los apagones se convierten en “alumbrones” dado que la luz dura fracciones de segundo. Otras veces cortan la luz de madrugada, dejando al insomne en conversación muda con su abanico manual siendo devorado por los mosquitos cuya picadura, podría en última instancia, acarrearle el dengue . La energía se va, sin promesas de regreso inmediato, y entonces empieza una suerte de coreografía colectiva: la vecina que saca una vela y se caga en Fidel Castro, y en toda su generación, el niño que pregunta preocupado que si es culpa suya que cada día se vaya la luz , el abuelo que calcula si aún queda carga en el transformador y la joya de la corona: la presidenta del CDR , una señora cuarentona de pelo rojo, altísima y con una tez morena que denotaba una simpatía acérrima con el sistema de Díaz Canel. Rebosaba satisfacción , sentía la revolución tan adentro que cuando encendió su quinqué alimentado con petróleo se dio cuenta que no estaba haciendo las cosas bien.
Sus vecinos, a los cuales vigilaba y delataba al Partido, disfrutaban de lámparas eléctricas, transformadores pequeños que generaban luz, cientos de velas olorosas, inciensos fluorecentes, café colombiano molido, carne de res y familia en el extranjero que dejaban de soslayo algunos dólares en efectivo para solventar contingencias. Ella, que un principio se le veía muy ilusionada después de participar en el IV Pleno de la Dirección Nacional de los CDR (donde se reconoció la necesidad de concretar estrategias para resolver las cuestiones pendientes en la organización), se dio cuenta de una manera lacerante y casual que lo único que tenía como patrimonio, era un quinqué alimentado por petróleo que llenaba, de paso, dada la combustión, toda la habitación de un humo negro y viscoso durante las interminables noches de los “apagones”.
Pero si hay apagones, también hay luces. Y no solo las físicas: las luces de la resiliencia, de la comunidad que se reagrupa en la penumbra, del chiste rápido que transforma la incomodidad en risa. En un país donde la escasez ha sido maestra de invención, los cubanos han hallado maneras de alumbrar incluso las horas más oscuras. Paneles solares caseros, lámparas recargables traídas por familiares del extranjero, linternas de teléfonos móviles, todo se convierte en herramienta para vencer la sombra.
Más allá del ingenio práctico, hay otra luz que persiste: la cultural. La Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es hogar de museos, galerías, teatros improvisados y músicos de esquina. A pesar de los apagones, las voces de trovadores siguen sonando en los portales. Cuando la luz se va, muchas veces surge el arte: una guitarra, una décima, un baile bajo las estrellas.
La belleza de La Habana Vieja está cimentada en su pasado colonial, pero ese mismo legado la hace vulnerable. Las redes eléctricas que serpentean por entre sus muros antiguos no siempre responden bien a la demanda actual. La falta de mantenimiento, la sobrecarga por electrodomésticos modernos y la ausencia de inversión estructural agravan la situación.
En algunos edificios, las instalaciones eléctricas datan de hace más de medio siglo. Cables improvisados, conexiones ilegales y transformadores sobreexigidos son parte del paisaje. Esto no solo hace más frecuentes los apagones, sino que convierte el sistema eléctrico en un riesgo para la seguridad de sus habitantes.
No hay calendario oficial para estos cortes, pero los habaneros han aprendido a leer las señales: una baja de voltaje, un parpadeo tenue, un silencio súbito en los refrigeradores. Algunas veces, con suerte, los apagones duran 12 horas . En otras ocasiones más dramáticas, pueden extenderse a las 20 horas sin que nadie pueda remediarlo, toca aguantar, aceptar, sobrevivir. Los cubanos ya llevan en su ADN dicho mantra: aguantar, aceptar y sobrevivir, todo, sin rechistar. Quien rechista ante el régimen saborea a la larga, tortura y cárcel sin un letrado honesto. La Habana Vieja, con su densidad poblacional, sus edificios vetustos y su infraestructura abandonada, sufre especialmente la inestabilidad del sistema eléctrico cubano.
También sufre falta de derechos, libertad de expresión, censura, atropellos, coacción, sometimiento, indiferencia, genocidio enmascarado, pobreza, abandono, humillaciones, ignorancia por parte de los perpetradores comunistas de turno que disfrutan de torturar a sus coetáneos y de destruir su propio patrimonio histórico y que además; abusan del mercantilismo vendiendo el mito de La Habana a extranjeros aunque fuera de la Habana Vieja, todo caiga a pedazos, pedazos de escombros y pedazos de tanto dolor, desperdiciado. La Habana Vieja es uno de los distritos mejor conservados de Cuba y fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982. El 11 de julio de 2021 los cubanos cogieron coraje y se lanzaron a las calles y fueron reprimidos de manera encarnizada.
En Cuba, hablar de luz también es hablar de política. Los apagones son parte de una realidad nacional vinculada a la crisis energética que se ha profundizado en los últimos años. Las dificultades para importar combustible, sumadas a un sistema eléctrico obsoleto y dependiente del petróleo, han llevado al gobierno a implementar “apagones programados”, aunque rara vez se informan con precisión o antelación.
En los barrios más turísticos de La Habana Vieja, donde se alojan visitantes extranjeros y funcionan hoteles estatales, la electricidad suele mantenerse con más estabilidad. Urban Beat fue testigo de este aspecto porque desde nuestro hotel percibimos que varios sectores o barrios se apagaban y encendían, alternativamente. Esta disparidad ha generado malestar entre los residentes, que ven cómo la luz se convierte en un privilegio, no en un derecho. A la sombra de una calle oscura, iluminada solo por el reflejo de un hotel boutique, surge una pregunta recurrente: ¿Quién tiene derecho a la luz?
En los últimos años, algunas iniciativas han intentado modernizar el sistema eléctrico de La Habana Vieja. Proyectos de energía renovable, micro redes urbanas y experimentos con paneles solares en edificios patrimoniales se han implementado de forma limitada. Aunque prometedoras, estas soluciones aún no llegan al grueso de la población. La mayoría de los vecinos sigue dependiendo de la red estatal, con todas sus fallas e incertidumbres.
Sin embargo, incluso en medio de esa precariedad, la esperanza no se apaga. En cada familia que instala una lámpara de bajo consumo, en cada joven que aprende a arreglar transformadores eléctricos, en cada vecino que comparte una batería portátil con otro, hay una chispa de futuro, una chispa de esperanza o de inmigrante malherido.
La Habana Vieja no es solo una postal congelada en el tiempo, sino un organismo vivo que pulsa entre la belleza y la necesidad. Sus apagones no son solo ausencia de luz, sino escenarios donde se pone a prueba la inventiva popular, la solidaridad barrial y el sentido del humor criollo. Y sus luces —esas que aparecen incluso cuando el sistema falla— hablan de una ciudad que, a pesar de todo, se niega a apagarse.
La penumbra en La Habana Vieja puede ser densa, pero también es un espacio donde renace lo humano. A falta de electricidad, se encienden las historias, se avivan las conversaciones, se desempolvan los juegos de mesa y los cuentos de la abuela. Así, mientras el país navega tiempos inciertos, La Habana Vieja resiste entre sombras, con una luz propia que ninguna crisis ha logrado extinguir, por ahora.









