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«Humo» de Rafaela Carrasco convierte el legado obrero femenino en tensión escénica

El flamenco no recuerda: reaparece. Y en ese regreso —que no es arqueología, sino fricción con el presente— es donde «Humo» la nueva pieza de Rafaela Carrasco, encuentra su lugar. El Centro Danza Matadero acoge su estreno absoluto hasta el 19 de abril, dentro de una programación que convierte el mes en un campo de intensidad coreográfica y que culminará el 29 con el Día Internacional de la Danza. Pero lo que aquí se pone en juego no es una efeméride: es una memoria que se niega a quedarse quieta.

Carrasco, Premio Nacional de Danza 2023, construye junto a Álvaro Tato un dispositivo escénico que toma como eje a las cigarreras del siglo XIX. No como estampa folclórica, sino como estructura viva. Mujeres atravesadas por el trabajo, por la precariedad, por una forma de organización interna que oscilaba entre la disciplina y la autonomía. El espectáculo no las ilustra: las convoca.

El taller, la cadena de producción, las jerarquías —de la aprendiz a la capataz— aparecen no como reconstrucción, sino como pulsión. También lo clandestino: los ritos, las fisuras, el estraperlo como economía paralela. Todo ello filtrado a través de un flamenco que se desplaza hacia lo colectivo sin perder la tensión de lo individual. No hay aquí una voz única. Hay un coro que no armoniza, que sostiene su fuerza precisamente en la diferencia.

Ese desplazamiento resulta clave. Humo no se limita a celebrar una genealogía femenina; la somete a presión. Las cigarreras, convertidas en arquetipo por la literatura —de Mérimée a Bizet, de Pardo Bazán—, regresan aquí despojadas de su fijación romántica. Lo que queda no es el mito, sino la huella de un cuerpo social que sostuvo economías domésticas, que negoció su lugar en estructuras hostiles y que anticipó, sin nombrarlas todavía, formas de emancipación que llegarían décadas después.

El flamenco funciona entonces como medio, pero también como lenguaje en disputa. Cante y baile articulan una lectura donde las cuestiones históricas —sufragio, igualdad, conciliación, resistencia frente al abuso— dejan de ser referencias para convertirse en materia escénica. No se enuncian: atraviesan.

La coreografía insiste en esa doble dirección. Por un lado, el grupo como organismo compacto, casi político, donde la energía se acumula y se proyecta. Por otro, la irrupción de la solista, que no aparece como excepción sino como afirmación radical de presencia. No hay fragilidad en esa exposición. Hay una forma de ocupación del espacio que desactiva cualquier lectura complaciente.

El dispositivo sonoro refuerza esa lógica. Las voces femeninas no acompañan: sostienen. Organizan el ritmo, marcan el pulso, desplazan el centro de gravedad de la escena. El resultado no es un equilibrio, sino una tensión constante entre lo que se comparte y lo que se afirma en soledad.

La pieza se expande más allá del escenario con un taller de secuencias rítmicas impartido por la propia Carrasco el 17 de abril. No como actividad paralela, sino como prolongación del propio gesto coreográfico: descomponer el lenguaje, volver a construirlo, entender su arquitectura desde dentro.

La trayectoria de Carrasco explica en parte este movimiento. Desde la creación de su compañía en 2002, tras su paso por la Compañía de Mario Maya y la Compañía Andaluza de Danza, su trabajo ha insistido en una relectura del flamenco que no renuncia a su raíz, pero tampoco se somete a ella. Dirección del Ballet Flamenco de Andalucía entre 2013 y 2016, labor pedagógica consolidada y una serie de reconocimientos —entre ellos el Premio Nacional de Danza o el Premio de la Crítica del Festival de Jerez por Nocturna. Arquitectura del insomnio y Nacida sombra— que no funcionan como cierre, sino como continuidad.

Humo se sitúa en esa línea. No como síntesis, sino como insistencia. Una pieza que no busca fijar un relato, sino mantenerlo en combustión. Porque hay memorias que no se conservan: se reactivan. Y en ese proceso, inevitablemente, algo arde.

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