La exposición, que reunirá más de ochenta piezas magistrales procedentes de instituciones internacionales, abrirá sus puertas en el Rijksmuseum del 6 de febrero al 25 de mayo de 2026, antes de viajar a Roma, donde adoptará una configuración distinta entre el 22 de junio y el 20 de septiembre del mismo año. El proyecto cuenta con el soporte de la Fundación Bennink, el Círculo Internacional del Rijksmuseum y un conjunto de patronos comprometidos con la divulgación del patrimonio.
El recorrido es un despliegue de asombro. Allí espera la Dánae de Tiziano, aquella figura bañada por la lluvia dorada que Felipe II quiso para sí. En otro extremo, Minerva y Aracne de Tintoretto reavivan el duelo entre el genio humano y la furia divina. Desfilan igualmente los lienzos que Correggio dedicó al duque de Mantua —Júpiter e Ío, Ganimedes raptado, otra Dánae— y el célebre Narciso de Caravaggio, cuyo reflejo detenido continúa perturbando al visitante.
La escultura adquiere su propio protagonismo con el mármol Pigmalión y Galatea de Rodin, acompañado por la interpretación pictórica de Gérôme, y con la sorprendente presencia del Perseo con la cabeza de Medusa realizado por Hubert Gerhardt para el duque de Baviera, que por primera vez dialoga físicamente con el modelo que inspiró la obra homónima de Cellini. A esta constelación se suman tres rostros híbridos y delirantes de Arcimboldo, siempre dispuestos a convertir lo humano en enigmas vegetales.
Lo notable no es solo el calibre de las piezas, sino la mezcla de soportes: pintura, orfebrería, cerámica, escultura, fotografía contemporánea y videoarte. Todo respira la misma pregunta esencial: ¿por qué la humanidad no ha dejado de reescribir las metamorfosis durante dos milenios?
Desde el siglo XVII, los tratadistas ya lo sabían —Karel van Mander lo dijo sin pudor—: las Metamorfosis eran una “Biblia para artistas”. Y no era un exceso. Tras las Sagradas Escrituras, ningún otro texto ha actuado como cantera simbólica tan fértil para pintores, grabadores, músicos, narradores o escultores. En sus hexámetros desfilan criaturas que cambian de piel, cuerpos que se disuelven en vegetación, dioses que adoptan máscaras para ocultar sus ardientes impulsos. En ese territorio fluido, nada permanece fijo y todo está al borde de convertirse en otra cosa.
La exposición subraya la modernidad brutal de ese mensaje: “todo cambia, pero nada perece”. A través de episodios célebres —la creación del mundo a partir del caos primigenio, la condena de Aracne, los engaños sucesivos de Júpiter transformado en toro, cisne, neblina o resplandor—, la muestra revisita un universo en el que el consentimiento es frágil, la violencia acecha bajo la superficie de las caricias y el amor rara vez es un pacto equilibrado.
Como prolongación de la muestra, se publicará un catálogo elaborado en conjunto con la Galleria Borghese, disponible en neerlandés, inglés e italiano. El volumen analiza de forma minuciosa cada pieza y reúne ensayos de especialistas de ambos países, con un diseño editorial firmado por Irma Boom Office.









