El universo de Chamé Buendía es un territorio donde la nobleza y la bajeza humanas conviven en un mismo gesto. La moraleja de Shakespeare —esa cuerda floja entre virtud y corrupción— se despliega en escena a través del humor físico, la destreza acrobática y el gag poético, como si el peso de la tragedia necesitara ser contado con la levedad del juego.
Una obra en clave de humor
La historia central sigue al duque Vincentio de Viena, más atento a su propia espiritualidad que a los asuntos de Estado. Ante la decadencia moral de su pueblo, decide delegar el poder en un hombre de conducta aparentemente intachable y rígida. Para observar cómo gobierna, se disfraza y permanece en la sombra. El sustituto no tarda en aplicar las leyes más severas, entre ellas la que castiga con la muerte la lujuria.
El conflicto estalla cuando un joven es condenado a morir por haber dejado embarazada a su prometida. Su hermana suplica clemencia, pero el nuevo gobernante solo ofrece el perdón a cambio de sexo. La negativa de la joven desencadena la intervención del duque disfrazado, quien pondrá en evidencia la hipocresía de las instituciones y la corrupción del poder.
La versión de Chamé Buendía ilumina este dilema ético con un barniz contemporáneo. El humor no suaviza la tragedia, sino que la hace más visible: el abuso político y sexual resuena con fuerza en un presente donde la culpabilización del otro se ha convertido en una forma recurrente de relación social.
Shakespeare desde la nariz roja
No es la primera vez que Chamé Buendía transforma a Shakespeare en un territorio de bufones. Su montaje de Othelo (Termina mal) ya había explorado las posibilidades del humor como prisma de la tragedia, con el mismo equipo de actores que ahora da vida a Medida por medida. A esas experiencias se suman adaptaciones payasas de Los hidalgos de Verona, Trabajos de amor perdidos, Cuento de invierno y El rey Lear.
El director argentino insiste en que la comicidad no resta densidad al texto shakespeariano, sino que lo actualiza y lo aproxima al público. La risa funciona como espejo de nuestras contradicciones, un mecanismo que revela lo que la solemnidad a veces oculta: la arbitrariedad de las leyes, la fragilidad de la ética y la permanente tentación del poder.
Evangelios y contradicciones
Chamé Buendía reconoce en Medida por medida una dimensión casi bíblica. El montaje se enlaza con las palabras del Evangelio: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido”. La cita no funciona como moralina, sino como un eco que multiplica la complejidad del texto.
Shakespeare no dicta sentencia, simplemente coloca al espectador frente a lo trágico de sus propias contradicciones. Esa ausencia de juicio moral es lo que permite a Chamé Buendía desplegar su versión: un espacio lúdico donde la seriedad de las instituciones se desmorona ante la carcajada.
El director: un clown con memoria
La trayectoria de Gabriel Chamé Buendía está marcada por la resistencia, la docencia y la investigación teatral. Actor, adaptador, productor y maestro, ha trabajado en América Latina, Europa y Asia. En Argentina formó parte de la Compañía Argentina de Mimo, cuyos siete espectáculos fueron prohibidos por la dictadura militar. Esa experiencia temprana forjó un compromiso con el teatro como espacio de libertad y cuestionamiento.
Posteriormente fue uno de los fundadores del mítico Clú del Claun, compañía que renovó la estética del clown y la llevó por América Latina y España. Esa visión, a la vez irreverente y rigurosa, se trasladó después a su trabajo en Europa, donde ha ejercido como director, investigador y docente en instituciones como el RAW Berlin-Friedrichshain, el Instituto de Teatro de Sevilla, el Estudio de Juan Carlos Corazza, el Laboratorio Layton, la Escuela Cristina Rota y sus propios estudios teatrales en Madrid.
Humor como espejo del presente
En la versión de Medida por medida (La culpa es tuya), Chamé Buendía no se limita a jugar con el texto, sino que lo convierte en un reflejo de nuestra época. El presente aparece infantilizado, reducido a un juego cruel de culpas arrojadas sobre los demás. Esa mirada desvela la vigencia del Shakespeare más político: el que pone en duda las leyes y desnuda la fragilidad de los valores sociales.
El clown, con su torpeza entrañable y su honestidad brutal, se convierte aquí en el mejor traductor de esas contradicciones. Donde la solemnidad se quiebra, la risa revela verdades incómodas. Y en esa mezcla de acrobacia, poesía y humor físico, Gabriel Chamé Buendía construye un teatro que es, al mismo tiempo, celebración y denuncia.
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