Urban Beat Contenidos

La paradoja del género: ¿Por qué todos los trans masculinos que niegan el género, llevan barba?

La discusión en torno al género se ha convertido en uno de los debates más intensos y complejos del presente. En medio de avances legislativos, reivindicaciones prósperas de colectivos menospreciados y una creciente visibilidad mediática, emerge una paradoja llamativa: mientras ciertos discursos sostienen que el género como construcción social no existe —o que debería abolirse por completo—, al mismo tiempo se celebran públicamente los procesos de transición mediante gestos, símbolos y representaciones que refuerzan de forma muy clara códigos de género ultra- tradicionales. Por un lado los trans masculinos que ostentan barba asumen con ferviente convicción la abolición del género pero por otro, cuando les conviene, durante su transición, se enorgullecen de llevar los típicos arquetipos de género haciendo gala de una contradicción inaudita.

Odín Maldonado es un trans masculino partidario de este dilema o paradoja de género. Odín es un genial artista trans multidisciplinar  entrevistado por Urban Beat que aboga por la abolición del género pero sin embargo hace uso y abuso de imágenes que lo perpetúan.  Hay hombres  sin barba, Odín, se afana en demostrarla; hay hombres con pelo largo, Odín se rapa; hay incluso hombres afeminados pero Odín, y muchos como él asumen (el género que no aceptan) como bandera de manera inconsciente este hecho, demostrando a través de un discurso incoherente que mejor parecer que ser. Niego el género al cual no pertenezco para abrazar al mismo “género” que acepto al mismo tiempo,  denostar. No existen los géneros según ellos pero a su vez se  dejan pelos en el sobaco y emulan con gestos masculinizados y voz roca de testosterona, a cualquier hombre que se preste.  O existe el género o no existe, lo que no puede ser es quedarnos con un discurso ambiguo lleno de vanas elucubraciones.

Es necesario partir de la base de que el género no existe. El género como tal, es un constructo social y la diferencia entre tú y yo no pasa por el género. si tu mañana pierdes el pene en un accidente que doy por hecho que tienes pene, ¿Dejas de ser un hombre?, entonces: ¿Qué es lo que te define como hombre?. Si yo tengo más testosterona en el cuerpo por equis motivos ¿Soy más hombre que tú? Esto afirmaba Odín en una entrevista para Urban Beat  el 27 de mayo de 2024. En agosto de 2025 nos damos cuenta que su razón parte de una incoherencia preciosa que asumimos con el valor de su talento implícito. Negar el género para luego abrasarse a él es una cuestión que debemos dejar a especialistas de rango mayor.

Este dilema no es anecdótico. Se encuentra en el corazón de la actual disputa cultural: ¿Qué significa realmente “ser hombre” o “ser mujer”? ¿Es el género una ficción opresiva, una performance liberadora o un marco identitario indispensable? Desde hace décadas, parte de la teoría feminista radical y la filosofía queer han puesto en duda la existencia del género como esencia. Judith Butler, entre otras voces, señaló que lo que llamamos “género” no es más que un conjunto de actos performativos repetidos en la vida cotidiana: gestos, modos de vestir, maneras de hablar. Bajo esa lógica, el género no es innato ni inmutable, sino un guion cultural que se aprende y se reproduce.

De allí surge una de las consignas más sonadas en ciertos colectivos guiados por trans masculinos: “el género no existe”. Esta idea se sostiene en el rechazo a los estereotipos que han limitado históricamente a hombres y mujeres dentro de roles rígidos, jerárquicos y asimétricos. Quien sostiene esta posición busca disolver las categorías binarias y liberar al individuo de las etiquetas, en una apariencia ingenua de no caer, tarde o temprano en ellas. El género no existe, vale, entonces,  eliminamos todas las categorías obtusas, eliminamos todos los sujetos, eliminamos todos los significantes y significados, vamos, que volvemos a las cavernas de Altamira con sus pinturas rupestres para no ofender a los confusos, a los que creen que pueden reinventar la comunicación en aras de sus propios intereses mancillados. Los signos, las palabras, los significados para algo están, no son un adorno de quita y pon, lamentablemente, etiquetamos  y dilucidamos en aras de comunicarnos.  

Sin embargo, el terreno de la práctica revela una tensión. Muchos hombres trans, en sus redes sociales, comparten con orgullo inaudito  los efectos de la testosterona: la aparición de la barba, el cambio en la voz, la musculatura. Esos cambios se celebran con la misma intensidad con la que, en teoría, se critica la existencia del género.

¿Por qué ocurre esto? La transición no solo responde a un deseo de modificar el cuerpo; también implica una búsqueda de validación social. En una cultura donde “ser hombre” sigue asociado a determinados signos visibles —la barba, la voz grave, el cuerpo fuerte—, mostrar esos cambios se convierte en una manera de decir: ahora sí soy reconocido como hombre. La contradicción, entonces, está servida: si el género no existe, ¿Por qué se celebran justamente los elementos que históricamente lo han simbolizado?

Algunos colectivos responden que estas prácticas no son contradictorias, sino necesarias. Compartir públicamente los efectos de la testosterona cumple una doble función:

  1. Orgullo personal. Para muchos hombres trans, esos cambios representan una conquista íntima después de años de sufrimiento y disforia. Mostrar la barba no es tanto afirmar un canon masculino, sino compartir un triunfo existencial: habitar por fin un cuerpo que se siente propio.
  2. Pedagogía social. Al hacer visibles los efectos de la transición, se busca educar a la sociedad y normalizar experiencias trans. En un mundo que sigue patologizando, ridiculizando o negando estas identidades, las imágenes actúan como testimonios que validan su realidad.

Desde este punto de vista, la paradoja pierde fuerza: no se trata de reforzar el género, sino de visibilizar un proceso de afirmación individual frente a estructuras históricas de exclusión.

La trampa de los estereotipos                                            

No obstante, la crítica persiste. Cuando el orgullo trans se expresa casi exclusivamente a través de signos convencionales de masculinidad o feminidad, corre el riesgo de reforzar los mismos estereotipos que se querían desmantelar. ¿Qué ocurre con los hombres trans que no desarrollan barba o con las mujeres trans que no encajan en cánones de feminidad? La presión social por “pasar” como varón o mujer vuelve a instalarse, aunque bajo un ropaje progresista.

Este fenómeno revela hasta qué punto el género sigue operando como norma reguladora, incluso en los espacios que más lo cuestionan. Se busca abolirlo en el plano conceptual, pero en la práctica se lo reencarna constantemente como condición de legitimidad.

Más allá de la dicotomía

Tal vez la clave no esté en resolver la contradicción, sino en reconocer que vivimos en un territorio intermedio. El género, como categoría social, no existe en un sentido esencialista, pero sí existe en cuanto orden simbólico que organiza nuestras vidas, nuestros deseos y nuestros cuerpos. Negarlo por completo sería ingenuo; absolutizarlo sería opresivo.

Los procesos de transición ponen de manifiesto esa tensión: son a la vez un gesto de liberación frente a la biología impuesta y un anclaje en símbolos culturales que otorgan reconocimiento. La barba del hombre trans o el maquillaje de la mujer trans funcionan como pasaportes en una sociedad que aún se rige por el binarismo.

El debate, en el fondo, exige matices. No basta con afirmar o negar la existencia del género. Es necesario entenderlo como un campo de batalla: un dispositivo de poder, pero también un espacio de autoafirmación. La contradicción de quienes dicen que el género no existe mientras celebran signos de género no debe leerse como hipocresía, sino como el reflejo de una lucha en curso.

Los colectivos trans encarnan esa paradoja porque son quienes la viven en carne propia. En su experiencia se cruzan los discursos teóricos con las necesidades vitales de reconocimiento. Y quizá allí reside la mayor enseñanza: el género, aun cuando se declare inexistente, sigue teniendo efectos muy reales.

El dilema sobre si el género existe o no no se resolverá con consignas ni con fotos en Instagram. Se trata de un debate filosófico, político y vital que seguirá abierto mientras nuestras sociedades continúen organizándose en torno a categorías binarias. Lo que sí queda claro es que el cuerpo, la imagen y la visibilidad forman parte de un campo de disputa donde el orgullo y la contradicción coexisten.

La barba de un hombre trans no invalida el cuestionamiento al género; lo tensiona. Y en esa tensión reside, quizá, la posibilidad de pensar futuros más libres, donde ni la negación radical ni la reafirmación estereotipada sean la única salida.

Compartir:

Facebook
Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Descarga ahora el último número de nuestra revista!

¿Cuál es tu vocación?

La vocación remite al latín vocatio, -ōnis, «acción de llamar», pero esa llamada nunca ocurre en el vacío: se autogestiona entre los rescoldos de sus propios ecos. En “La muerte de Iván Ilich” (1886), León Tolstói llevó el problema hasta su consecuencia más perturbadora. Próximo a morir, su protagonista se pregunta: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?». Iván Ilich no descubre que haya traicionado una vocación identificable ni que eligiera la profesión equivocada en un sentido contemporáneo. La revelación resulta más radical: una persona puede cumplir impecablemente su función profesional y advertir que nunca examinó si la vida construida alrededor de ella le pertenecía realmente. Quizá confundió conveniencia con libertad, respetabilidad con bondad y éxito con sentido. Quizás la “vocación influencer” sea no solo un problema, sino un síntoma de fiebre convulsiva de una intelectualidad en estado vegetativo con cuidados paliativos. Quizás.

Ane Lindane, el crucifijo de Nietzsche y «Hil da Jainkoa!»

«Dios ha muerto», escribió Friedrich Nietzsche en «La gaya ciencia» en 1882, pero no para celebrar una victoria elemental del ateísmo, sino para anunciar el derrumbe del horizonte moral y metafísico sobre el que Europa había hábilmente organizado, siglos antes, su existencia colonizadora, corrupta, exterminadora y cruenta. El 29 de junio de 2025, más de un siglo después, la humorista vasca Ane Lindane trasladó aquella sentencia al interior de la iglesia de San Lorenzo, en Arberatze-Zilhekoa —Arbérats-Sillègue, en la Baja Navarra francesa—, donde actuaba ante unas 200 personas dentro del festival autogestionado Euskal Herria Zuzenean. Su monólogo artístico formaba parte de la programación y el templo había sido cedido para acoger actividades del festival. Durante la actuación, subió al altar mayor, tomó un crucifijo y simuló utilizarlo para masturbarse mientras gritaba como una loca: «Hil da Jainkoa!» —«¡Dios ha muerto!»—. Lindane explicaría después, que desconocía hasta su llegada que actuaría en una iglesia todavía no desacralizada y que el gesto con el crucifijo fue una improvisación. Luego difundió la grabación en sus redes sociales y escribió: «Mancillamos, blasfemamos y denunciamos los abusos sexuales de la Iglesia».

Federico García Lorca sigue desaparecido porque España buscó tarde y mal sobre un mapa trazado por el franquismo

Noventa años después de su asesinato, Federico García Lorca continúa sin cadáver, sin tumba y sin una certeza científica capaz de clausurar el último acto de una tragedia que España ha administrado mediante testimonios fragmentarios, búsquedas tardías, errores institucionales y una resistencia casi orgánica a mirar debajo de su propia tierra. El poeta más universal de la literatura española del siglo XX permanece atrapado en una paradoja intolerable: todos saben aproximadamente dónde lo mataron, abundan las teorías sobre quiénes participaron en el crimen y se han escrito bibliotecas enteras alrededor de sus últimas horas, pero nadie ha logrado determinar dónde depositaron su cuerpo. La desaparición no constituye un apéndice accidental del asesinato. Forma parte del crimen.

Yoani Sánchez desafía desde Instagram el cerco informativo cubano

Yoani Sánchez pulsa el botón de emisión en instagram y, durante unos segundos, en ese botón rojo, Cuba deja de ser una abstracción diplomática americana , una estadística económica fallida o una disputa ideológica administrada desde despachos extranjeros. Cuba vuelve a ser Cuba. Aparece una calle de La Habana sin luz, una conversación interrumpida, una cazuela golpeada, la respiración de quien sostiene el teléfono y la posibilidad de que la conexión desaparezca antes de que termine la frase. En sus frecuentes directos de Instagram, la periodista cubana no reconstruye el país cuando el acontecimiento ya ha sido domesticado por el sórdido lenguaje oficial. Lo transmite mientras sucede. Yoani Sánchez transmite desde una isla donde informar también significa exponerse a morir y ella es la única que puede hacerlo desde una voluntad de acero. Todos los cubanos de la diáspora deberían ponerse en su pellejo. Todos están esperando que otros como ella, lo hagan. Con lo machistas que son en Cuba y ha tenido que venir una mujer a darles lecciones de entendimiento a muchos hombres del exilio.

El Jardín de las Tullerías reúne patrimonio, diseño y memoria olímpica durante el verano parisino

El Jardín de las Tullerías reivindica este verano su condición de escenario privilegiado de la vida cultural parisina mediante una programación que reúne patrimonio, creación contemporánea y experiencias al aire libre. El regreso del pebetero de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de París 2024, una nueva colección de objetos para pícnic concebida por Luke Edward Hall, la primera tienda efímera del Palais des Thés y una nueva edición del festival de artes escénicas ‘Les Étés du Louvre’ proponen otra manera de recorrer uno de los espacios históricos más reconocibles de la capital francesa. La iniciativa transforma el jardín en algo más que una pausa vegetal dentro de la ciudad. Su paisaje, configurado a través de siglos de historia, funciona como punto de encuentro entre la memoria del Louvre, el diseño contemporáneo y una biodiversidad cuya riqueza suele quedar disimulada por la monumentalidad del conjunto.

Berlín reconstruye la memoria del Muro, 65 años después, para interrogar las fronteras del presente

Sesenta y cinco años después del inicio de la construcción del Muro, que alteró la geografía de Berlín y convirtió la división política en una experiencia física, la ciudad regresa a aquella herida con un programa que transforma la memoria histórica en experiencia urbana, creación artística y responsabilidad política. Del 13 al 16 de agosto de 2026, actos institucionales, exposiciones, testimonios, conciertos, lecturas, proyecciones y recorridos reconstruirán las consecuencias de una frontera que separó familias, modificó el transporte, condicionó hospitales y estaciones, e impuso al deseo de libertad la vigilancia de un Estado.

También te puede interesar

‘Ni agua ni tierra’, el pantano como archivo político del presente

Hay territorios cuya resistencia comienza precisamente en su incapacidad para obedecer nuestras divisiones. La turbera carece de la firmeza tranquilizadora de la tierra y tampoco pertenece completamente al agua. Retiene cuerpos, objetos y sedimentos; dificulta el tránsito, altera el tiempo de la descomposición y convierte aquello que debería desaparecer en una presencia obstinada. Sobre esa anomalía física construye ‘Ni agua ni tierra’ una reflexión donde geología, memoria y política terminan compartiendo el mismo suelo. El Centro de Arte Contemporáneo Castillo Ujazdowski de Varsovia reúne hasta el 27 de septiembre las obras de quince artistas y colectivos bajo el comisariado de Anna Czaban y Krzysztof Gutfrański. El punto de partida puede parecer estrictamente natural: los humedales. Sin embargo, la exposición pronto abandona cualquier aproximación paisajística convencional. Lo que interesa es aquello que esos ecosistemas conservan, ocultan, protegen y, en determinadas circunstancias, permiten utilizar.

‘Aqua Mater’ lleva a Madrid el planeta esencial de Sebastião Salgado

Sebastião Salgado pasó buena parte de su carrera fotografiando aquello que la historia económica y política deja sobre los cuerpos: trabajo, desplazamiento, pobreza, explotación. Con los años, esa mirada se desplazó hacia una escala anterior y más vasta, donde el ser humano dejó de ocupar necesariamente el centro. ‘Aqua Mater’ pertenece a ese movimiento. La exposición reúne en Madrid cerca de un centenar de imágenes tomadas durante más de veinticinco años en algunos de los territorios más remotos del planeta y sitúa el agua no como motivo paisajístico, sino como una materia que organiza ecosistemas, geografías y formas de vida. Tras la muerte del fotógrafo en 2025, la muestra adquiere además una condición inevitablemente retrospectiva: permite observar cómo la preocupación social de Salgado terminó desembocando en una reflexión sobre aquello que sostiene, y también limita, la presencia humana en la Tierra.

¿Cuál es tu vocación?

La vocación remite al latín vocatio, -ōnis, «acción de llamar», pero esa llamada nunca ocurre en el vacío: se autogestiona entre los rescoldos de sus propios ecos. En “La muerte de Iván Ilich” (1886), León Tolstói llevó el problema hasta su consecuencia más perturbadora. Próximo a morir, su protagonista se pregunta: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?». Iván Ilich no descubre que haya traicionado una vocación identificable ni que eligiera la profesión equivocada en un sentido contemporáneo. La revelación resulta más radical: una persona puede cumplir impecablemente su función profesional y advertir que nunca examinó si la vida construida alrededor de ella le pertenecía realmente. Quizá confundió conveniencia con libertad, respetabilidad con bondad y éxito con sentido. Quizás la “vocación influencer” sea no solo un problema, sino un síntoma de fiebre convulsiva de una intelectualidad en estado vegetativo con cuidados paliativos. Quizás.

‘Light & Magic’ desborda el canon occidental del pictorialismo en la Tate Modern

La fotografía necesitó apartarse de la obligación de reproducir fielmente el mundo para ser reconocida como una de las bellas artes. A partir de la década de 1880, el pictorialismo convirtió esa disputa en un lenguaje propio: frente al registro estrictamente documental de la realidad, manipuló procedimientos, incorporó recursos estéticos de la pintura y el dibujo y defendió cada imagen como resultado de una decisión artística, no como simple consecuencia de una máquina. La Tate Modern revisará ahora aquella transformación mediante ‘Light & Magic: The Birth of Art Photography’, la primera gran exposición dedicada a estudiar el movimiento desde una perspectiva verdaderamente internacional.

Scroll al inicio

¡Entérate de todo lo que hacemos

Regístrate en nuestro boletín semanal para recibir todas nuestras noticias