La historia se construye alrededor de dos hermanos que crecieron en un escenario difícilmente ajeno a las contradicciones políticas y sociales de su tiempo. Hijos de un funcionario franquista, pasaron su infancia en un poblado levantado en pleno Valle de los Caídos para alojar a los empleados de Patrimonio. Desde ese entorno, dominado por una herencia ideológica y familiar particularmente significativa, comienza a tomar forma la trayectoria de Segis, un joven que encontrará en la música una expresión de su enfrentamiento con la autoridad.
Su evolución estará ligada al nacimiento de Verborrea, una banda punk cuyo recorrido, entre el reconocimiento y la decadencia, constituye el eje narrativo del montaje. Sin embargo, Remón evita reconstruir esa historia mediante una sucesión convencional de acontecimientos. Elige el territorio de la memoria oral, donde los recuerdos se contradicen, las interpretaciones personales modifican los hechos y las experiencias compartidas adquieren significados diferentes para cada protagonista.
La arquitectura dramática reproduce la estructura de una antigua cinta de casete. La cara A pertenece fundamentalmente a Kike, el hermano mayor y representante del grupo, que reconstruye la infancia de Segis y los acontecimientos que precedieron a su transformación en cantante. Su testimonio introduce al espectador en las tensiones familiares y en el proceso de formación de una personalidad definida por el rechazo a las estructuras de poder.
En la cara B, el relato cambia de perspectiva. Los integrantes de Verborrea recuperan los años de actividad musical y ofrecen sus propias versiones del ascenso y la caída del grupo. Segis aparece entonces bajo una identidad que parece haber desplazado progresivamente a la persona que la originó: Segismundo Tóxico, una figura marcada por la rebeldía, la autodestrucción y las contradicciones de su propia historia.
Esta disposición narrativa permite que los monólogos y las voces cruzadas funcionen como los testimonios de un documental musical. La trayectoria de la banda se reconstruye mediante recuerdos parciales que, al complementarse o contradecirse, ponen en cuestión la posibilidad de establecer una versión definitiva de los acontecimientos. La memoria colectiva del grupo convive así con las interpretaciones individuales de quienes participaron en su existencia. El montaje supone también el reencuentro de Pablo Remón con los cuatro intérpretes de ‘Vania x Vania’, un proyecto en el que coincidieron hace casi tres años. Aquella experiencia adquiere ahora continuidad mediante una propuesta dramatúrgica diferente, aunque mantiene una característica importante de su proceso creativo: la escritura concebida para un reparto determinado.
Remón reconoce que las voces y las particularidades interpretativas de los actores forman parte de su trabajo desde las primeras etapas de elaboración del texto. Esa relación entre dramaturgia e interpretación resulta especialmente pertinente en una obra cuya estructura depende de las perspectivas personales y de la manera en que cada personaje reconstruye los acontecimientos.
Javier Cámara interpreta a Kike, encargado de presentar la faceta más amable de Verborrea y de introducir al público en los antecedentes familiares del cantante. Israel Elejalde encarna a Segis, el personaje sobre el que confluyen la contestación política, la rebeldía individual y una relación conflictiva con la herencia paterna. Su posterior transformación en Segismundo Tóxico incorpora, además, las contradicciones que acompañan a la construcción de una identidad artística.
Marta Nieto interpreta a Lola Metralla, bajista y única mujer de la formación. Su testimonio, especialmente relevante durante la segunda parte de la obra, aporta una perspectiva marcada por la sensibilidad y el afecto hacia sus compañeros. Emilio Tomé, por su parte, asume dos personajes situados en extremos diferentes de la historia: Teodoro, el padre de los hermanos y representación de la autoridad familiar, y Johnny Casetes, batería del grupo y amigo de infancia de los protagonistas.
Esta disposición narrativa permite que los monólogos y las voces cruzadas funcionen como los testimonios de un documental musical. La trayectoria de la banda se reconstruye mediante recuerdos parciales que, al complementarse o contradecirse, ponen en cuestión la posibilidad de establecer una versión definitiva de los acontecimientos. La memoria colectiva del grupo convive así con las interpretaciones individuales de quienes participaron en su existencia. El montaje supone también el reencuentro de Pablo Remón con los cuatro intérpretes de ‘Vania x Vania’, un proyecto en el que coincidieron hace casi tres años. Aquella experiencia adquiere ahora continuidad mediante una propuesta dramatúrgica diferente, aunque mantiene una característica importante de su proceso creativo: la escritura concebida para un reparto determinado.
Remón reconoce que las voces y las particularidades interpretativas de los actores forman parte de su trabajo desde las primeras etapas de elaboración del texto. Esa relación entre dramaturgia e interpretación resulta especialmente pertinente en una obra cuya estructura depende de las perspectivas personales y de la manera en que cada personaje reconstruye los acontecimientos.
Javier Cámara interpreta a Kike, encargado de presentar la faceta más amable de Verborrea y de introducir al público en los antecedentes familiares del cantante. Israel Elejalde encarna a Segis, el personaje sobre el que confluyen la contestación política, la rebeldía individual y una relación conflictiva con la herencia paterna. Su posterior transformación en Segismundo Tóxico incorpora, además, las contradicciones que acompañan a la construcción de una identidad artística.
Marta Nieto interpreta a Lola Metralla, bajista y única mujer de la formación. Su testimonio, especialmente relevante durante la segunda parte de la obra, aporta una perspectiva marcada por la sensibilidad y el afecto hacia sus compañeros. Emilio Tomé, por su parte, asume dos personajes situados en extremos diferentes de la historia: Teodoro, el padre de los hermanos y representación de la autoridad familiar, y Johnny Casetes, batería del grupo y amigo de infancia de los protagonistas.
La duplicidad de este último papel introduce una correspondencia significativa entre el universo del que proceden los hermanos y aquel que posteriormente construyen mediante la música. Ambos personajes pertenecen a espacios distintos de su trayectoria vital, aunque participan en una narración donde las experiencias del pasado adquieren nuevos significados a través de quienes las recuerdan.
La puesta en escena renuncia a una reconstrucción visual exhaustiva del universo punk. Remón apuesta por una propuesta formal esencial, con los cuatro intérpretes presentes durante toda la representación. La palabra y el sonido asumen el protagonismo, mientras que los espectadores deben imaginar los escenarios y acontecimientos evocados mediante los distintos testimonios. La escenografía de Monica Boromello, la iluminación de David Picazo, el vestuario de Ana López Cóbos y el espacio sonoro de Sandra Vicente completan una propuesta concebida alrededor de esa economía expresiva.
En ‘Verborrea’, la historia de una banda musical proporciona el escenario para examinar cuestiones que desbordan su trayectoria artística. La relación entre dos hermanos, la influencia de la autoridad paterna y la transformación de un cantante en figura mítica conviven dentro de una narración que reconoce la naturaleza contradictoria de los recuerdos. Remón encuentra en el punk un territorio dramático donde la confrontación con el poder se relaciona inevitablemente con la historia personal de quienes la protagonizan. Porque reconstruir una rebeldía también exige regresar a aquello contra lo que se dirigía y reconocer que, con el paso del tiempo, hasta las experiencias compartidas pueden terminar contando historias diferentes.









