La premisa escénica y brillante de Claudia Castelluci parte de entender los juegos mentales cuando estás en situaciones extremas. Todo radica en ser creativos mentalmente aunque nos rodeen dunas de arena porque en esa desolación radica el crecimiento ya que el desierto es también un lugar en el que se extiende una larga sombra que parece nunca acabar, pues no es otra que la nuestra, siempre presente, por eso Claudia con esta obra llena el escenario con una excelencia dancística poco antes vista: cada gesto implica reflexión en una coreografía hilvanada desde la emoción del espectador en un in crescendo de imágenes y pensamientos imposibles de invalidar, pletóricos en un escenario vivo y cambiante.
El cuerpo físico y la mente extrañada en su metafísica no son lugares exclusivamente propios porque se intercambian los planos metafóricos y el desierto los transforma en refugios siempre alertas… El desierto contiene en sí todas las fantasías, su entorno está irónicamente vacío porque está poblado, como está, de imágenes mentales de todo tipo. Bien lo sabían los anacoretas de antaño, que precisamente acudían a él para combatir las imágenes del mundo o para sacarles partido exorcizándolas. En las anteriores danzas de Claudia Castellucci, la tensión mental de los intérpretes estaba implícita en la representación de un esquema coreográfico riguroso que debía ser despertado. Aquí, sin embargo, la danza está más inclinada a reafirmarse a sí misma como un arte de la descarada flagrancia, en el que gran parte del esfuerzo se expresa mediante una decisión inmediata de cada intérprete, muy a menudo abandonado consigo mismo, y despojado de cualquier modelo o etiqueta irrisoria.
Es una danza que busca una sencillez extrema a treves de un discurso opulento discurso implícito. El desierto como telón de fondo, por su parte, no facilita esta sencillez; es más, la perturba al máximo. La danza, así, prescinde de cualquier tipo de molde en el que apoyarse y se eleva rompiéndolos, haciendo con sus fragmentos piruetas torsionadas y melancólicas en un desierto, en una caverna, en el mar… son metáforas hiperbólicas de un simbolismo fragmentario de hechos silenciosos pero son las que mejor representan la condición de estos intérpretes que de una nada basal, dentro de una fragilidad que vemos fluir de lejos, con el miedo en el cuerpo crean una obra imprescindible … Lo que impone el Creador son imágenes magnéticas de seres espaciales que prescinden de la perturbación monótona de anacoretas henchidos de sus fantásticos impulsos implícitos. Sahara de Claudia Castelluci podrá apreciarse el 21 y 22 de febrero en la Sala Negra de Teatros del Canal, en el ámbito de las Artes Vivas.
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