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ISRAEL SOLÁ

Israel Solá comparte con Urban Beat los entresijos de la creación de su última obra “Un buen colchón”.

Israel Solá tiene una trayectoria como director teatral que lo convierte en uno de los creadores más solventes y disruptivos del panorama contemporáneo. "Un buen colchón" estará sobre las tablas del teatro Quique San Francisco hasta el 31 de marzo.
ISRAEL SOLÁ

Muchas veces disecciono las escenas, elijo dos variables con las que voy jugando hasta encontrar el tono justo, en el marco de un proceso dramático de ensayo y error. De esta manera, voy investigando las perspectivas más idóneas a la hora de construir con el texto y los actores, un proyecto más profundo, con un subtexto mucho más potente”.

ISRAEL SOLÁ

Israel Solá se formó en Física y es valedor de dos Premios Max y se encuentra pletórico de un discurso humanista repleto de personajes complejos, llenos de contradicciones que habitan un universo creativo que se reinventa en busca de nuevos interrogantes.

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¿Cómo surgió tu vocación por la dirección?

Mi primera aproximación al arte fue a través de la interpretación en mi temprana juventud. Cuando estábamos en la escuela realizando diferentes montajes nunca nos sentíamos del todo motivados con las obras que nos planteaban y llegó un momento dado que mis compañeros y yo, tuvimos la iniciativa de montar nuestras propias obras. Me resultaba muy interesante el papel de dirección así que siempre me postulaba a dirigirlas. Fue entonces que entendí que me sentía más cómodo percibiendo de manera global todos los elementos escénicos, desde la escenografía, la dirección de actores, la dramaturgia e incluso la música. Me resultó fascinante la labor del director debido al nivel polifacético que se puede conseguir durante el proceso de creación de un montaje teatral.

Eres formado en Física  ¿Qué relación hay entre una ciencia cómo la física con la dramaturgia y viceversa?

Es cierto que estudié Física antes que teatro porque cuando era más joven no tenía tan clara mi auténtica profesión. Al salir del instituto pensé en elegir una carrera y lo que más me gustaba era la Física. Durante el transcurso de los años he extraído cierta conclusión; no sé si nunca llegué a pensar en esto, pero de alguna manera he concluido que la física entendida como se entendía en la antigua Grecia, es decir, no como ciencia aplicada sino apreciada como la capacidad de observar y comprender; tiene que ver mucho con la dramaturgia. El estudio de una ciencia como la física está relacionado con el teatro porque en ambos casos se estudia el comportamiento de lo humanos en un determinado entorno; se nos plantean interrogantes tales como: ¿quiénes somos? ¿de qué estamos hechos? ¿cómo influyen las circunstancias de nuestro medio ambiente en nuestra manera particular de apreciar los fenómenos?. Mis compañeros de profesión me han comentado en varias ocasiones que se nota en mi quehacer escénico mis conocimientos científicos. Es cierto, pues muchas veces disecciono las escenas y elijo dos variables con las que voy jugando hasta encontrar el tono justo en el marco de un proceso dramático de ensayo y error. De esta manera, voy investigando las perspectivas más idóneas a la hora de construir con el texto y los actores un proyecto más profundo, con un subtexto mucho más potente.

ISRAEL SOLÁ

¿Cuáles son tus referentes en la historia del arte que de cierta manera han guiado tu quehacer artístico?

Los pintores españoles Goya y Velázquez siempre me han inspirado fundamentalmente en lo referente a las cuestiones plásticas en el montaje de los elementos escénicos. Hopper también me fascina ya que, es uno de los máximos representantes del realismo estadounidense, y no hay nada más americano que su obra, que muestra escenas contemporáneas rurales o urbanas, personajes solitarios, aún rodeados de gente, figuras en silencio que retratan a la perfección este occidente cada vez más deshumanizado. También me gusta mucho la copla y los boleros. Hay artistas imprescindibles para mí como Antonia Johnson o Mina. La realidad es que soy muy ecléctico a la hora de delimitar mis referentes en la historia del arte. En estos momentos estoy trabajando en un proyecto sobre Ennio Morricone y eso me permite estudiarlo, sumergirme en su historia y seguir aprendiendo nuevas vías de expresión. También tengo muy presente a Almodóvar. Su manera de dirigir a las mujeres me ha marcado mucho, ya que en mi teatro hay cierta teatralidad excéntrica dentro un realismo humanista y desnudo. Para mí lo excéntrico se define como la ausencia de minimalismo en aras de crear nuevas lecturas dramáticas de un mismo tema. Por suerte, gracias a mi trabajo he tenido la oportunidad de viajar a países nórdicos donde se hace un teatro menos rebuscado y donde hay un gusto por el diseño que se escapa de nuestros parámetros. En el norte de Europa saben ser más esencialistas y es algo que valoro pero a la vez me doy cuenta que mi forma de sentir es distinta y que tiene otros referentes mucho más complejos no en esencia sino en las formas. Mi idiosincrasia artística se mueve en otros mundos creativos. Es mejor entender tu estilo sin juzgarlo dentro de un proceso analítico que te permita afinar cada vez más tu propia voz. Me interesa explicar las cosas con pasión: mis personajes siempre juegan con la exacerbación de las emociones y se mueven en ambientes psicológicos donde las contradicciones les hacen crecer en un escenario de humanismo y verdad.

Tu último montaje teatral Un buen colchón, está estos días en pleno apogeo en el teatro Quique San Francisco de Madrid ¿Cómo fue el proceso de gestación dicha obra?

El buen colchón es una obra a la llego en la fase final de su gestación. Es un montaje de la productora Once Varas prácticamente cerrado que necesitaba un director que la llevase a escena. Contactan conmigo porque ellos siempre han valorado mi trabajo con la compañía La Calórica que es donde normalmente ejerzo como director estable con propuestas disímiles enmarcadas en el arte contemporáneo. Me interesó mucho el texto y la propuesta me permitía poder estar en Madrid, así que me uní al carro y a partir de ahí comencé a trabajar con los actores para explicar con mi propia voz la historia sobre este colchón maravilloso que te puede cambiar la vida. El buen colchón se inicia con un narrador que nos  explica un pequeño cuento sobre una parejita que es feliz viviendo en un piso muy pequeño, trabajando duro para poder llegar a fin de mes. Por azar del destino, llega a sus oídos que hay un colchón que vale 45.000 euros que ha cambiado la vida de grandes triunfadores del mundo actual. La metáfora del buen colchón explica la magia de tener la posibilidad de dormir de una manera distinta que hace que te vuelvas más productivo y eso es, a la larga, una garantía de éxito. Los personajes comienzan a obsesionarse con poseer dicho objeto porque sueñan que tal hecho, les va cambiar la vida de manera drástica y revolucionaria. Es la historia de la espiral destructiva en la que caen estos seres que buscan externamente una vía para alcanzar la felicidad. Es, en definitiva, la historia de la sociedad actual que busca la satisfacción inmediata, sin filtrar, aquí se me cocurren, por ejemplo, las andanzas de los llamados influencer o tiktokers que pululan en las redes con contenidos que redundan en la monotonía de las tendencias que ellos mismos  se han inventado.

Cosifican su felicidad a través de un objeto de deseo

Así es, al final se dejan seducir por la metáfora del talismán. Buscan atajos psicológicos que les llevan a un círculo vicioso existencial, donde la felicidad depende unilateralmente de la obtención de un objeto que su vez se convierte en el objetivo de sus vidas.

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¿Cómo ha sido el trabajo con los actores?

El trabajo con los actores ha sido fructífero. El equipo está integrado por actores de comedia que saben llevar muy bien el ritmo y el tono adecuado para este tipo de montajes. Tengo mucha experiencia en dirección y dramaturgia así que siempre inicio el proceso con una semana en la cual el elenco se conoce en profundidad propiciando que surja una alianza que permita que confíen en mi criterio. A partir de ese momento, los actores se entregan y abren sus brazos en un clima deliberado de creación e investigación, donde sus aportaciones particulares avanzan hacia una construcción sólida de la obra, permeada por mis valoraciones como director.

Tienes una exitosa trayectoria como director de teatro ¿Te gustaría dar el salto al cine algún día?

Me encantaría dar el salto y de hecho ahora estamos con mi compañía realizando un pequeño proyecto audiovisual en Cataluña y sobretodo generando posibilidades de creación que puedan traducirse al lenguaje del séptimo arte. En realidad es un mundo que me atrae pero desde otras perspectivas. No es una prioridad sino una camino más de exploración creativa que me permite ir construyendo una carrera más polifacética.

¿Que es para ti el éxito?

El éxito es un concepto para mí que no tiene demasiado significado porque es algo externo, quiero decir, es una especie de valoración ajena de tu trabajo que en definitiva no va a cambiar mi manera de hacer las cosas. No puedo dejar que las críticas me afecten demasiado y por tanto no puedo dejar que los halagos me afecten demasiado. Necesito indagar en mi interior y pensar con sentido crítico si me siento satisfecho con mi trabajo realizado. Es un ejercicio de introspección casi inconsciente que me ayuda a mantener un equilibrio con la realidad. Es desarrollar una autoexigencia constructiva que me ayude a obtener un feedback de mí mismo que a su vez me ayude a mejorar. Sin fustigarme. Sólo siendo consciente de mis potencialidades y estando alerta para corregir lo que se aleja de mi esencia o de mi misión como director teatral. La pasión por mi profesión me lleva a querer mejorar cada día, me mueve a empatizar desde las tablas con mi público a través de un trabajo bien hecho. Cuando consigo que mis espectadores conecten, rían o reflexionen, ya me siento un hombre de éxito. La industria artística es muy voluble y a veces necesita nutrirse de su propio autorrelato premiando figuras que estén acordes a determinado perfil o notoriedad, y eso es un éxito efímero, donde el ego interfiere y mi trabajo creativo se aleja de tales pretensiones.

¿Cuál debería ser el cuaderno de bitácora de los nuevos creadores a la hora de iniciar el viaje en el complejo mundo del arte contemporáneo?

Hay un libro muy interesante que se titula Arte y miedo de David Bayles que dice que no podemos obsesionarnos con triunfar; lo único que podemos hacer es crear desde nuestro propio lenguaje y compartirlo con nuestra comunidad artística. De esta manera, poco a poco, se crea una ola expansiva o maremoto de mayor alcance a tu alrededor. Es decir, no hay que obsesionarse con el resultado sino con la pulsión o necesidad de crear y compartirlo con tu público.

¿Qué nuevos proyectos tienes en mente?

Estoy desarrollando un nuevo espectáculo de danza y seguimos en Barcelona con mi compañía la Calórica presentando la obra Fairfly con la cual, hemos obtenido dos Premios Max en el año 2018. Mi futuro es seguir creando en nuevos proyectos que enriquezcan mi labor como profesional.

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