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Jordan Roth: el multimillonario maniquí queer neoyorquino que viste de alta costura

Jordan Roth es el “heredero” que reconvirtió Broadway en un espejo queer y clasista. Al menos lo intenta. Jordan Roth es uno de esos personajes heredero del tono insípido de Drácula, que el Nueva York más bizarro produce y reproduce con la misma naturalidad con la que genera rascacielos y contradicciones. Magnate del teatro, performer ocasional en el Museo del Louvre, donde bate sus alas, marido de Richie Jackson y heredero de una de las familias más influyentes de Broadway, Jordan Roth encarna al mismo tiempo la audacia estética y la comodidad de quien juega a ser transgresor con un colchón millonario donde saltar como un niño que cree que su espacio es pleno según sus infantiles elucubraciones de un infante ricachón, maquillado hasta las cejas. Su figura resulta fascinante no solo por lo que produce en la escena cultural, sino por lo que revela del capitalismo artístico: que la rebeldía queer también puede ser súper rentable, elitista, clasista, y visto lo visto , también vista de manera aérea desde el museo del Louvre.

La trayectoria de Jordan  Roth es inseparable de su herencia, que emerge del tono de piel de Drácula. Al frente de Jujamcyn Theaters, Jordan Roth heredó no solo teatros, sino un ecosistema que le garantizó visibilidad y poder en la cartelera de Manhattan. Roth ha ganado siete premios Tony. Desde allí impulsó  espectáculos celebrados por su diversidad y frescura, pero siempre dentro de un circuito donde las entradas cuestan más que el alquiler de muchos neoyorquinos que aunque tuviesen el dinero, no se lo gastarían en ir a verlo. Jordan Roth ha insistido en que el teatro es una herramienta de transformación social, pero esa transformación sucede dentro de recintos que, paradójicamente, excluyen a la mayoría. Roth se dedica a cambiarse de modelitos de “alta costura “en su coche de alta gama, y pretende que los maricones de barrio lo tomemos como referente.  Roth piensa en su mundo de yupi que si se viste de esas marcas tan universales y prestigiosas puede sentirse realizado como persona pálida y enajenada. No vamos a pinchar su globo, vamos a darle todo el aire posible para que sobrevuele sobre su propia mezquindad clasista, bochornosa y apretada entre vericuetos baldíos de figura poco comprometida con una realidad acuciante. Su Instagram es una telenovela burda e irrisoria cuyo protagonista solo se maquilla y se viste de diseñadores carísimos sin subtexto, eso le alienta a sentirse y codearse en la cercanía con la ex- de Vogue, la señora Anna Wintour.

No es que sus producciones carezcan de valor; al contrario, tienen mérito y sensibilidad exquisita . Lo que genera incomodidad es el contraste entre el discurso de democratización cultural y nosotros, los pobres maricones de barrio que solo podemos reutilizar los modelitos de nuestras abuelas, en paz estén todas ellas, y por cierto, menos lobos caperucita, señor  Jordan Roth.

Performance en el Louvre: lo queer en la vitrina del poder de un Jordan Roth en estado de gracia

Su aparición en el Museo del Louvre, convertida en performance de moda y manifiesto queer, es otro ejemplo de su habilidad tendenciosa  para ocupar espacios que históricamente han servido a  altar a una élite cultural distinta. Roth jugó con vestimentas teatrales poniéndose unas alas blancas, referencias históricas y una estética gender-fluid que, en un museo acostumbrado a exhibir cuerpos petrificados en mármol, se percibió como un acto de tácita irreverencia. En serio, su aparición en el Louvre viene más de influencias antiguas que de algo notorio que cualquier artista hubiese hecho con mayor valor que este señor que va de una elocuencia artística que carece de manera palmaria de valor artístico intrínseco a costas de talonario de millonario cultureta queer,  sin talento.

La ironía, claro, está en que la irreverencia se produce bajo el amparo de las instituciones más poderosas. No es lo mismo desafiar el orden desde la calle que desde un salón iluminado por los focos del Louvre. Allí, lo queer aparece empaquetado, elevado a espectáculo estético para quienes ya poseen el privilegio de asistir.

Jordan Roth insiste con sus continuos y aburridos reels de instagram  en que su labor es más que negocio. Y, en parte, tiene razón: no todos los empresarios culturales se arriesgan con obras incómodas o con lecturas abiertamente queer. Pero el relato de Roth como visionario se enfrenta a una contradicción difícil de disimular: sus gestos de ruptura se sostienen sobre estructuras de exclusión. Mucho lujo, poca solvencia intelectual.

Su visión empresarial se resume en algo sencillo: ser disruptivo, pero no demasiado. Que la diversidad sea visible, sí, pero siempre dentro de un circuito capaz de vender entradas a precios que filtran automáticamente quién tiene acceso. En otras palabras, Roth es el ejemplo perfecto de cómo el capitalismo cultural ha domesticado la rebeldía para convertirla en una experiencia premium.

Casado con Richie Jackson —productor y ensayista que ha escrito sobre la paternidad queer en un mundo hostil—, Roth presenta su vida privada como extensión de su discurso público. Su matrimonio funciona como metáfora de la posibilidad de encarnar, en carne y biografía, aquello que se predica en escena.

Pero incluso aquí aparece la sombra del privilegio: vivir una identidad queer en una mansión neoyorquina, con acceso ultra-privilegiado  a medios de comunicación y alfombras rojas, es muy distinto de hacerlo en los márgenes de la sociedad, donde la discriminación sigue siendo una amenaza diaria. El relato de Jordan Roth como referente queer resulta inspirador, sí, pero también parcial, porque se enmarca en un confort inaccesible para la mayoría. Además,  maquillado como una puerta.  Con cientos de capas. No hace nada para acercar su discurso a los maricones de barrio, que, por cierto, también existimos.

Jordan Roth es, en última instancia, un espejo que refleja las tensiones de nuestro tiempo. Representa cómo el arte puede convertirse en herramienta de visibilidad y, al mismo tiempo, en mercancía. Cómo lo queer puede ser celebrado en un museo europeo y seguir siendo perseguido en las calles de cualquier ciudad. Cómo la diversidad se vende como producto de lujo mientras millones de espectadores quedan fuera de la conversación.

Jordan Roth es revolucionario, pero a la medida del sistema: desafiante, aunque siempre fotogénico; incómodo, pero nunca lo suficiente para arruinar el negocio. Su estética de ruptura y su discurso de inclusión resultan brillantes en la superficie, pero vistos con ironía también son la prueba de que incluso lo más alternativo puede volverse aspiracional y exclusivo cuando pasa por el filtro del capital.

Jordan Roth no es un fraude que podamos ostentar: sus aportes son reales, su talento es indiscutible y su estilo desafía normas obsoletas. Pero su figura nos recuerda que la vanguardia, cuando se practica desde los palcos dorados del privilegio, corre el riesgo de convertirse en un lujo más. En su espejo se refleja una sociedad que quiere parecer inclusiva sin dejar de ser clasista. Y quizás ahí radique su mayor performance: mostrarnos, sin quererlo, que el verdadero escenario de la desigualdad no está en Broadway ni en el Louvre, sino en la contradicción misma de quienes aplauden la rebeldía mientras compran butacas en primera fila.

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7 comentarios en “Jordan Roth: el multimillonario maniquí queer neoyorquino que viste de alta costura”

    1. Es interesante cuando uno puede leer la otra cara de la moneda, desde otro enfoque, con una mirada aparentemente más realista de lo que parece detrás de las luces, cámara y acción… Pero creo que nació allí no por gusto, sino porque le tocaba, y a los demás nos tocó nacer en el barrio. Sus intenciones reales sobre sus presentaciones de alta etiqueta, las desconozco aunque lo hayas explicado ampliamente y con una criticidad que a mi manera de ver, raya más en la envidia que en el aporte positivo que puede tener para los Queens. Es tu forma de ver el lado oscuro de una industria que según tu análisis, excluye a los menos privilegiados, a los del barrio… Pueda que tengas mucha razón, pero pasa lo mismo con grandes imágenes icónicas de la gran pantalla, que llevan una vida de príncipes, mientras se crecen con los aplausos de quienes vemos sus películas detrás de las pantallas en una vitrina de tienda, y aún así, no dejan de ser legendarios, admirados y amados.

  1. Me encantó el artículo, definitivamente no dejaste nada más que decir, barrido, trapeado, pero luego le diste su aliño, hahaha, excelente muy completo!

  2. Se lee entre líneas cierto resentimiento. Está un poco manoseado el tema del cola pobre que es artista y busca surgir desde ese espacio que habita diaria y mentalmente. Se entiende que la vida es difícil, pero a veces te toca y a veces no. Lamentablemente no se puede tener a todo el mundo feliz. Esto lo digo viniendo del barrio no más, sin “privilegios” ni puesto acomodado. La mayoría de los colas, en relación al “arte” aspira al glamour, estar a la moda, ser tendencia e inalcanzable, entre otras tantas cosas claramente. Es por eso que cuando uno realmente lo logra y está inserto en ese “mundillo”, no falta quien salte a recalcar que esa forma de vivir es banal, superficial y egoísta. Dejemos la hipocresía por favor.

  3. Excelente columna. Me gusto mucho la reflexion sobre el capitalismo cultural, de pronto no comparto todo pero creo que es una reflexion y critica muy necesaria la tuya. Gracias por este trabajo.

  4. Me gustó mucho el artículo… y abre varios puntos de discusión.
    Cuando buscaba información de este señor, estas solo mostraban celebraciones… vacías para mi y la verdad no me cerraba el personaje, este reportaje si lo logro… gracias

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