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‘Bloody Moon’ traza un viaje visceral donde la danza celebra vida, deseo y transgresión

La irrupción de “Bloody Moon” en el Centro Danza Matadero desborda la lógica de la programación de abril y abre un territorio de fricción donde el cuerpo se afirma como lenguaje en expansión. La Danish Dance Theatre, bajo la dirección de Marina Mascarell, articula en la Nave 11 un dispositivo coreográfico orientado a la intensificación: energía, sensualidad y color como vectores de una experiencia que tensiona y amplía los límites de la percepción estética. Entre el 9 y el 11 de abril, este montaje inaugura el denominado mes de la danza del espacio madrileño, una programación que culminará el 29 de abril —Día Internacional de la Danza— con Celebra26. Pero reducir “Bloody Moon” a una pieza inaugural sería un error de escala: lo que propone es una inmersión en el exceso, en la fisicidad llevada al límite, en una concepción del movimiento como acto casi ritual.

La obra, primera creación de Mascarell para la compañía danesa desde que asumiera su dirección en 2023, se articula a partir del pensamiento de Georges Bataille, concretamente de su ensayo Eroticism. No se trata de una cita decorativa, sino de una apropiación estructural: el erotismo del cuerpo, del afecto y de lo sagrado se traducen aquí en una dramaturgia del movimiento que oscila entre la celebración y el desbordamiento. La danza no ilustra, encarna. Y en esa encarnación emergen conceptos que rara vez conviven sin conflicto: placer, caos, juego, locura, fiesta, éxtasis.

Sobre el escenario, diez intérpretes configuran una masa orgánica en constante mutación. No hay jerarquías visibles, sino una coreografía que privilegia lo colectivo frente al virtuosismo individual. Este gesto no es inocente: responde a un proceso de creación compartida en el que la propia compañía participa activamente en la construcción del lenguaje escénico. El resultado es una pieza donde la autoría se diluye en favor de una experiencia común, casi comunitaria, donde el cuerpo se convierte en territorio de negociación y de riesgo.

El dispositivo visual refuerza esta lógica expansiva. La música original de Yamila Rios no acompaña: tensiona, empuja, genera atmósferas que oscilan entre lo envolvente y lo inquietante. A ello se suma el trabajo de vestuario de Nina Botkay, que introduce una dimensión cromática radical, alejándose de la neutralidad habitual de la danza contemporánea para abrazar una estética vibrante, casi excesiva, que subraya el carácter dionisíaco de la propuesta.

Bloody Moon no nace en Madrid. Su primera aparición tuvo lugar en agosto de 2024, en el Copenhagen Summer Dance Festival, en un entorno al aire libre frente a la Ópera de Copenhague. Aquella versión, abierta al paisaje, dialogaba con la monumentalidad del espacio urbano. Posteriormente, en junio de 2025, la pieza fue adaptada a sala e incorporada al escenario principal del Royal Danish Theatre. Su llegada a Centro Danza Matadero implica, por tanto, una nueva mutación: la obra se reconfigura en un espacio que potencia la proximidad, la intensidad y la percepción directa del cuerpo en movimiento.

Hablar de Mascarell exige, además, situarla en un mapa más amplio. Su trayectoria no responde a una lógica lineal, sino a un desplazamiento constante entre geografías y disciplinas. Antes de asumir la dirección del Danish Dance Theatre, desarrolló una década de trabajo como coreógrafa residente en el Korzo Theatre de La Haya y como artista asociada en el Mercat de les Flors de Barcelona. Su pasado como intérprete en el Nederlands Dans Theater y en el Cedar Lake Contemporary Ballet de Nueva York no es anecdótico: atraviesa su escritura coreográfica, dotándola de una precisión técnica que convive con una voluntad explícita de ruptura.

A ello se suman encargos para algunas de las instituciones más relevantes de la danza internacional —desde el propio Nederlands Dans Theater hasta el Ballet de la Ópera de Lyon o la Sydney Dance Company— y reconocimientos como el BNG Excellent Dance Award en 2015. Sin embargo, reducir su perfil a una acumulación de hitos sería simplificar una práctica que se define, sobre todo, por su vocación interdisciplinar. Mascarell no entiende la danza como un campo autónomo, sino como un espacio de intersección con las artes visuales, el cine, la música o el teatro.

Desde su nombramiento en 2023 como directora artística del Danish Dance Theatre, su proyecto se articula en torno a tres ejes: creación colectiva, exigencia estética y sostenibilidad. Bloody Moon puede leerse como una primera materialización de ese programa: una obra que no solo exhibe un lenguaje, sino que plantea una forma de producción y de relación entre los cuerpos.

La inclusión de Mascarell en la temporada 2026 de Centro Danza Matadero responde, además, a una estrategia más amplia: visibilizar a creadores españoles cuya proyección se ha consolidado fuera del país. En ese mismo marco se inscriben nombres como Jone San Martin o Goyo Montero, vinculados a estructuras internacionales como el Staatsballett Hannover.

En última instancia, Bloody Moon no propone una respuesta, sino una pregunta insistente: ¿qué puede un cuerpo cuando se libera de su función representativa? La pieza responde con una acumulación de intensidades, con una coreografía que no teme el exceso y que entiende la danza no como forma, sino como experiencia límite. En ese desplazamiento, Centro Danza Matadero deja de ser un contenedor cultural para convertirse —al menos durante tres noches— en un espacio donde el movimiento recupera su dimensión más primaria: la de un impulso que desborda cualquier intento de contención.

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