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Marthaler desembarca en Madrid con “The Summit”, una alegoría de la Europa fragmentada

La escena europea vuelve a mirarse en el espejo de sus propias fisuras, y lo hace desde una cima incierta, suspendida entre la ironía y el desconcierto. El director suizo Christoph Marthaler aterriza en Teatros del Canal con The Summit, una pieza que descompone los códigos de la convivencia contemporánea para revelar, bajo la apariencia de lo cotidiano, la persistente fractura del lenguaje en la Europa actual.

Programada para los días 4 y 5 de abril en la Sala Roja Concha Velasco,  The Summit —producida por Théâtre Vidy-Lausanne— articula una propuesta escénica donde música, humor y extrañamiento convergen en un dispositivo teatral que no busca tanto narrar como tensionar. Marthaler, fiel a su gramática escénica, no construye relatos cerrados: dispone situaciones, dilata los tiempos, y permite que el silencio —ese territorio donde el lenguaje fracasa— adquiera densidad política.

El montaje reúne a un elenco internacional —Liliana Benini, Charlotte Clamens, Raphael Clamer, Federica Fracassi, Lukas Metzenbauer y Graham F. Valentine— que habita un espacio ambiguo: un chalet de montaña elevado sobre una cima indeterminada. Refugio, búnker o escondite, el lugar se convierte en metáfora de una Europa replegada sobre sí misma, donde la proximidad física no garantiza el entendimiento simbólico.

El dramaturgo Eric Vautrin plantea una situación aparentemente simple: seis individuos de distintas nacionalidades conviven en ese enclave aislado, comunicándose en italiano, alemán, inglés y francés. Sin embargo, la multiplicidad lingüística no se traduce en riqueza comunicativa, sino en una coreografía del malentendido. Lo cómico emerge entonces como síntoma, no como alivio: la risa no disuelve la incomunicación, la subraya.

La noción de “cumbre” —eje semántico de la pieza— se despliega en varias capas. Es reunión política, es punto geográfico elevado, es también culminación de un proceso que, paradójicamente, no conduce a ninguna resolución. Los personajes parecen prepararse para un encuentro cuyo propósito nunca se explicita: podrían ser dirigentes, desplazados o figuras en fuga. Esa ambigüedad no es un vacío narrativo, sino una estrategia que obliga al espectador a confrontar la indeterminación como condición contemporánea.

En ese ascenso hacia ninguna parte, la obra formula una pregunta incómoda: ¿qué sucede después de alcanzar la cima? La respuesta, si existe, no se enuncia. Se insinúa en los gestos suspendidos, en los diálogos que no llegan a completarse, en la imposibilidad de construir un consenso. Europa aparece así como un cuerpo en permanente búsqueda de equilibrio, atrapado entre la necesidad de coexistir y la incapacidad de comprenderse plenamente.

Marthaler intensifica esta tensión mediante un lenguaje escénico que combina lo musical con lo absurdo, lo poético con lo irónico. La acción avanza con una lentitud deliberada que desactiva la expectativa narrativa convencional y obliga a una mirada más atenta, casi arqueológica, sobre los mecanismos de relación. Cada pausa, cada repetición, cada disonancia sonora se convierte en signo.

Formado en la escuela de Jacques Lecoq y con una trayectoria que lo ha situado en el centro de la renovación del teatro musical contemporáneo, Marthaler ha desarrollado un universo propio donde la influencia del dadaísmo convive con la música clásica y las estructuras escénicas fragmentadas. Su paso como director artístico del Schauspielhaus de Zúrich y piezas como King Size o Aucune idée consolidan una obra que no busca respuestas, sino fisuras.

The Summit se inscribe en esa misma lógica: una dramaturgia de la incertidumbre que convierte la incomunicación en materia escénica. Más que representar Europa, la expone. Más que narrar un conflicto, lo deja respirar en escena. En ese gesto —mínimo y radical— reside la potencia de una propuesta que no pretende reconciliar, sino mostrar, con una precisión casi quirúrgica, la dificultad de estar juntos.

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