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Zambia

Zambia, el nuevo Viaje Sin Retorno de José M. Diéguez Millán.

Atravesando un país entero por carretera podemos aprender mucho acerca de su estilo de vida. Desde el interior de un vehículo, captamos estampas que, tras haber desaparecido de nuestro campo visual, mantenemos en el pensamiento y, durante unos instantes, imaginamos historias basadas en ellas. Veamos Zambia a través de este prisma.

Cruzo a pie la frontera, en Tunduma, proveniente de Tanzania. Hoy, ningún autobús tomará ya la polvorienta pista de color rojizo que se dirige hacia el Sur desde aquí. El sol está casi oculto, es demasiado tarde.

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Un individuo me ofrece compartir su coche con otros pasajeros zambianos hasta Mpika.

El vehículo arranca, y yo, desde mi asiento trasero, observo las cabañas construidas a la salida de este puesto fronterizo. A partir de ese momento, solo veo una nube de polvo anaranjado que nos rodea completamente. No sé cómo puede orientarse el taxista. Tumbos, saltos y traqueteos de todo tipo acompañan a nuestra privación visual. Ya de noche, la pista se interrumpe bruscamente y nuestro chófer, sin dudarlo, sigue conduciendo su deportivo a través de la sabana. Tras haber padecido esta pesadilla durante cinco horas, nos detenemos.

—Hemos llegado. Descanse. No salga de su alojamiento hasta mañana, es peligroso —me aconseja el conductor.

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Mi segundo día de road trip es más afortunado. Durante las tres primeras horas, continuamos circulando sobre una pista de tierra con abundantes baches y socavones, pero esta se convierte, repentinamente, en una carretera asfaltada.

Primera imagen de hoy: unas casetas de color amarillo, rojo o azul dispuestas en hileras de hasta diez seguidas. Todas ellas son puestos de venta de tarjetas SIM de diferentes compañías telefónicas. Muchas están cerradas o vacías. En el resto, su aburrido dependiente y su igualmente hastiado vecino, de la competencia, charlan relajados.

Más adelante, un adolescente circula en bicicleta por el arcén transportando un saco de incógnito contenido. No he divisado ningún poblado desde hace horas. ¿Dónde irá?

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Ya estamos llegando a Kapiri Mposhi. Lo sé porque comienzan a aparecer puestos de venta de fruta, principalmente de sandías, con sus mercancías simétricamente ordenadas en pequeños montones: el escaparatismo local.

Tercera etapa. Niños acudiendo al colegio en grupos, vestidos con uniformes de llamativos colores, alegran el monótono paisaje. Hacemos una parada. Varias vendedoras sosteniendo sobre sus cabezas baldes llenos de humeantes mazorcas de maíz recién cocidas, nos ofrecen este aperitivo local.

Continuamos. Veo caminar a una mujer cargando un hatillo colgado a su espalda del que asoma, bamboleando, la cabecita de una criatura dormida. Sostiene con un brazo otro bebé más pequeño amorrado a uno de sus pechos. El tercer crío va brincando delante de ella, que le reprende de vez en cuando, pues tiene miedo de que se lastime; a pesar de lo atareada que está, no quita sus ojos de encima de él. Mientras, ella avanza con paso firme, y asegura de vez en cuando, sobre la marcha, la enorme carga que transporta encima de su testa con la mano que le queda libre.

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Visito, en Lusaka, su gran mercado y algún centro comercial y prosigo en autocar hacia el Sur. Los puestos de venta de carbón y de caña de azúcar alternan a lo largo de este trayecto, mostrando sus productos en elaborados atados de diferente aspecto, según la cantidad de género que contengan.

La vegetación ha cambiado: enormes árboles llenos de flores anaranjadas adornan ambos lados de la carretera cuando ya estamos llegando a Livingstone, al atardecer. Un baño dentro de las cataratas Victoria alivia mis magullados músculos, tras estas palizas en las carreteras, y también llena de energía positiva mi mente.

Permanezco unos días aquí, junto al Zambeze. Pero la carretera no ha acabado aún: continúo, después, hasta cruzar el puente de Kazungula, que hace de frontera entre cuatro países…

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José M. Diéguez Millán

Autor de los libros ESTE y SUR

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